Columna de Luis Mora Obregón: El fuego que no debe volver
Nada justifica la violencia. Quemar asientos, poner en riesgo a otras personas y dañar un bien común es inaceptable. Pero mirar solo el fuego y no escuchar el mensaje sería igual de irresponsable.
El partido entre la U y Audax terminó sin goles, pero nadie que haya visto la transmisión podrá decir que fue una noche sin historia. El 0-0 quedó rápidamente eclipsado por otro marcador, mucho más incómodo: el de una protesta que se volvió incendio en una de las galerías del Estadio Nacional Julio Martínez Prádanos.
No fue una pelea entre barras ni un clásico marcado por la rivalidad. Fue la expresión (equivocada en su forma, pero reveladora en su origen) de un malestar que viene creciendo: el del hincha que siente que el fútbol se le está yendo de las manos.
Los asientos quemados no son solo plástico derretido. Son una herida simbólica en un recinto que pertenece a todos los chilenos. El Estadio Nacional no es la casa privada de ningún club: es patrimonio público, memoria viva del país, escenario de deporte, cultura y también de nuestra historia más dura. Que allí se produzcan destrozos en el marco de un espectáculo privado es una señal de alerta que no puede ignorarse.
La causa inmediata fue conocida: el precio de las entradas. Para muchos hinchas -sobre todo los de galería- ir al estadio dejó de ser un acto popular y se volvió un lujo. La protesta, entonces, estalló donde siempre lo hacen las frustraciones colectivas: en el lugar donde el pueblo se reúne.
Orden y justicia
Nada de esto justifica la violencia. Quemar asientos, poner en riesgo a otras personas y dañar un bien común es inaceptable. Pero mirar solo el fuego y no escuchar el mensaje sería igual de irresponsable.
Aquí aparece una discusión que Chile debe dar con madurez: cuando un espectáculo es privado y con fines de lucro, la seguridad y el cuidado de la infraestructura deben ser responsabilidad de quien lo organiza, no del Estado ni de todos los contribuyentes. Usar un recinto público implica obligaciones, no solo derechos. Y una de ellas es protegerlo.
Del mismo modo, fijar precios que expulsan al hincha tradicional de las tribunas erosiona la base misma del fútbol. El estadio no puede transformarse en un mall con cancha. El fútbol es identidad, barrio, memoria, y no solamente un producto.
Lo ocurrido debe marcar un límite. Nunca más un partido detenido por incendios. Ni un estadio público convertido en campo de batalla. Nunca más un hincha empujado a la desesperación por políticas que lo dejan fuera.
Que el humo de esa noche no se disipe sin dejar aprendizaje. Porque el fútbol necesita orden, sí, pero también justicia. Y el Estadio Nacional, por sobre todo, merece respeto.
