La degradación de la política

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Por Juanita Rojas
Actualizado el 5 de octubre de 2022 - 11:34 am

Supuestamente, las dirigencias poseen ciertos liderazgos y deberían actuar como referentes valóricos para una ciudadanía que se observa incómoda y desorientada; sin embargo, lejos de predicar con el ejemplo, se enfrascan en descalificaciones, difunden mensajes abiertamente agresivos contra amplios sectores de la población y no trepidan en llegar a la agresión física y la amenaza.

Por JUANITA ROJAS / Foto: AGENCIAUNO

En el último tiempo hemos sido testigos –sino presencialmente, al menos a través de los medios de comunicación– de actos de violencia que varían en su origen, modalidad y objetivo, pero que tienen como punto común la agresión y ataque hacia personas o entre ellas. Lo señalado ha concitado una preocupación transversal de parte de sectores políticos y académicos, con autoridades que anuncian planes policiales para combatirla. Pero la violencia no se expresa de manera exclusiva en acciones físicas y delictuales, como tampoco se masifica de la noche a la mañana en una sociedad que solía tener cierta templanza para asumir sus malestares.

Hay violencia sicológica, verbal, económica y emocional, que lamentablemente se ejerce cotidianamente contra ciudadanos y ciudadanas de a pie. Más aún, la agresión física es a menudo el resultado de una acumulación previa de esas otras formas de violencia. Los medios de comunicación hacen lo suyo con el show cotidiano de actos delictivos y la difusión de opiniones y mensajes de ciertas élites políticas que, ya sea por acción u omisión, promueven, justifican o toleran la violencia de todo tipo. Entonces, pareciera que la degradación de la convivencia tiene más de un cómplice.

Supuestamente, las dirigencias políticas poseen ciertos liderazgos y deberían actuar como referentes valóricos para una ciudadanía que se observa incómoda y desorientada; sin embargo, lejos de predicar con el ejemplo, se enfrascan en discusiones llenas de descalificaciones, difunden mensajes abiertamente agresivos contra amplios sectores de la población –mujeres, diversidades sexuales, migrantes o adversarios– y no trepidan en llegar a la agresión física y la amenaza. Las expresiones misóginas de los diputados del Partido Republicano Kaiser y Urruticoechea, se suman a las acciones del parlamentario elegido por la misma colectividad, Gonzalo de la Carrera, quien después de los insultos de rigor llegó a los golpes contra otro parlamentario.

El cuestionamiento es hacia aquellas y aquellos que integran los círculos del poder, a menudo en representación de los habitantes que les dieron su voto y confianza. Ellos y ellas tienen una condición de privilegio, al mismo tiempo que una doble responsabilidad en cada uno de sus dichos o acciones. Burlarse de un delito deleznable como la violación de una mujer o festinar con el tema para justificar un proyecto de ley retrógrado, es violencia. No tener una crítica abierta y decidida para los autores de estos dichos, también lo es.

Lo anterior, amén de las falsedades y manipulaciones, que son también una forma de agresión hacia esos votantes que confiaron en ellos. Porque justificar la mentira y la calumnia es reprochable siempre, pero en dirigencias políticas es la muestra evidente de la degradación de la actividad. Manipular los hechos, acusar a la víctima de ser victimario, guardar silencio cuando no conviene pronunciarse, sólo prueban que los principios y valores, tan cacareados por algunos, son apenas una fórmula para ganar posiciones. Todo vale si de convencer a la gente se trata y las convicciones se acomodan a las necesidades del momento.

Las encerronas contra algunos políticos, protagonizadas por un ex convicto llamado Francisco Muñoz, alias “Pancho Malo”, históricamente ligado a las barras bravas del fútbol, son una muestra de la degradación de la convivencia de todos los espacios de la sociedad, incluida la política. Con el curioso nombre de “Team patriota”, el personaje en cuestión se rodea de un grupo de hombres y mujeres que se instalan a vociferar frente a sedes partidarias, el Congreso Nacional o la tribuna presidencial de la parada militar. Los autodenominados patriotas gritan insultos contra el Presidente Boric, amenazan a dirigentes de la UDI o la senadora Fabiola Campillai y destinan muchas horas a su principal ocupación: la agresión. Todo con fines político-patrióticos sospechosamente relacionados al pinochetismo y la derecha más extrema ¿Quién financia a estos personajes? ¿De qué viven, en qué trabajan, si gran parte del día están enfrascados en acciones de acoso contra todo aquel que se interponga con sus objetivos? Parecen ser el epítome de la degradación de la acción política.

Turbas enloquecidas por un cantante, que arrasan con todo lo que tienen por delante para ver a su artista; hinchas enfervorizados que se montan sobre el techo de una gradería para alentar a su equipo y que, al caer la estructura, deja varios heridos; un joven y sus amigos que, aburridos en su noche de carrete, deciden romper un grifo callejero, sólo por diversión. Todo profusamente difundido y criticado por los medios de comunicación que, quizá con sincera preocupación, se preguntan qué hacer para detener la violencia que azota a nuestro país. Lo anterior, sin cesar en su rutina informativa plagada de portonazos, asaltos, crímenes, riñas y demases, que son número puesto de todo tipo de noticiarios. Hasta ahora, noticias ubicadas en la sección policial. El problema es que en el espacio político también hay informaciones que, por su contenido y dañinos efectos, ameritan cambiar de sección.