Columna de Sebastián Gómez Matus: “Muertes y maravillas”, el cine homenajea a Teillier

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Por El Ágora
Actualizado el 29 de abril de 2024 - 11:49 am

En medio de un panorama industrial tan carente de ideas y de sensibilidad nula, se agradece una película genuina que muestra la relación de cuatro amigos en Rancagua.

Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto: ARCHIVO

El año pasado se estrenó “Muertes y maravillas”, de Diego Soto, debut del joven cineasta chileno nacido en 1993. Recién ayer, tras una poderosísima fiebre nocturna, a modo de analgésico, vi la película en la plataforma Onda Media.

Cuando salió la película, una amiga cinéfila me instó a verla de inmediato en el Centro Cultural La Moneda en diciembre pasado. Mi máquina de prejuicios se echó andar y desde el título (clásico libro de Jorge Teillier publicado en 1971) me espanté por el uso cinematográfico de uno de los libros fundamentales de nuestra lírica.

Como dijo Fogwill: el cine es una literatura tonta, pero al menos esta película -vaya mérito- no reproduce el código de la época, ni busca representar nada. Cuenta una historia, señala un origen.

En medio de un panorama industrial tan carente de ideas y de sensibilidad nula, se agradece una película genuina que muestra la relación de cuatro amigos en Rancagua (“Puto Rancagua II” se lee en una pared en la última escena).

El ritmo entre la acción y la foto del largometraje logra aproximarse al ritmo de la escritura de Teillier, algo que ya supone un logro en el trasunto de poema a cinta. Al mismo tiempo, lo que está al centro de la historia es el mito de origen de un poeta: cómo alguien se transforma en poeta.

El mismo Teillier tiene ese poema de origen “Cuando yo no era poeta”; y uno de sus más admirados, Teófilo Cid, escribió alguna vez que la poesía era para un joven de liceo en la provincia.

En nuestra tradición, la mejor poesía siempre ha venido de la provincia y, a pesar de que Rancagua es una de las ciudades más desangeladas de Chile, parece el lugar idóneo para escribir los primeros versos.

Diego Soto, director de la película.

Cuando muere Fuenza, el amigo que hace surgir el interés en Juan Pablo, muy sutilmente los amigos se distancian y la acción se centra en el joven que se arrima a un cuaderno y escribe un primer poema. Toma un tren para ir a a un taller de poesía en Santiago (craso error; no lo hagan). Una de las imágenes más poéticas de la película es cuando Juan Pablo está esperando el tren, hasta el modo en que ocupa los audífonos es propio. ¿Son detalles de dirección? Cuando llega al taller, se encuentra con la densa capitalina de los poetas, que no pueden disimular la ridiculez de sus posturas ni la tumescencia de sus egos siendo filmados.

No deja de ser curioso que lo menos poético de la película sea el cameo de tres poetas menores en el panorama nacional.

En el taller, hacen pebre a Juan Pablo, que vuelve a Rancagua y tiene una alucinación: Fuenza está mojándose los pies en la piscina de su casa, donde estuvieron por última vez juntos. El fantasma del amigo le dice “la tengo que hacer muy corta y quiero que te quedes con todos mis libros para poder descansar”.

Al día siguiente, Juan Pablo se dirige a la casa de su amigo, donde se encuentra con una prima, que es la encarnación de la poesía, es una poeta (para que no digan después que…). Juan Pablo pide baño, va a la pieza del amigo, guarda los libros en una mochila y los tira a la calle por la ventana. ¡Pero no está “Muertes y maravillas”! Baja y ella duerme con el libro en su regazo. Intenta sacarlo, pero la despierta y le dice la verdad. Ella, la Poesía, le pide que nunca deje de escribir: un lugar común que, en ese momento, de la película y de la vida, tiene todo el sentido del mundo. Por cotidiano o prosaico que sea, no hay poeta sin rito de iniciación.

Comentario aparte son las actuaciones: es evidente que nadie es actor en la película y contrario a lo que pudiera pensarse, la baja calidad de las actuaciones resulta positiva para el verosímil. Es un placer no tener que ver actores profesionales en pantalla. Los jóvenes logran su cometido, en parte gracias a una dirección que se sale del canon del cine-chileno-hecho-para-festivales. “Muertes y maravillas” logra ser una película chilena, por fin.

Otro dato no azaroso, pero que también contribuye al verosímil de la película, es la música instrumental de Cristóbal Briceño y Hermes Villalobos, con una canción del disco “Mis razones tendré”.

En fin, una película sutil, llena de luces y cosas que seguramente Diego Soto desarrollará en sus próximos trabajos.

SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS

Poeta y traductor. Ha publicado “Animal muerto” (Aparte, 2021) y “Po, la constitución borrada” (facsímil digital). Entre otros, ha traducido a John Berryman, Mary Ruefle, Zachary Schomburg y Chika Sagawa. Forma parte del colectivo artístico transdisciplinar Kraken.

 

 

Aquí puedes ver el tráiler de «Muertes y maravillas», de Diego Soto: