Columna de Rodrigo Cabrillana: Cuando el latido del pueblo se detuvo

El relato de un día en que la normalidad se quebró y la vigilancia lo cubrió todo.

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Por Rodrigo Cabrillana
Actualizado el 11 de septiembre de 2025 - 2:55 pm

El día en que todo fue diferente: 11 de septiembre de 1973 / Foto: ARCHIVO

Todo comenzó de forma intempestiva la madrugada del 11. En La Serena, dos estudiantes captan, entre estática y ruido, una radio de Valparaíso: los marinos han tomado la ciudad.

En Santiago, un joven se desplaza en el bus hacia el casco histórico y no puede creer lo que ve: la milicia en cada esquina, armada hasta los dientes, vigilante, como si el aire mismo pudiera delatar un error. La ciudad parece contener la respiración; cada sombra se vuelve sospechosa, cada paso un riesgo.

Señales del golpe

La radio funciona en un viejo equipo dos en uno que reproduce vinilos, pero que también sintoniza la onda corta. La información que reciben es clara: la marina ha ocupado edificios públicos y, sobre todo, ha rodeado las calles y el puerto.

En Santiago, la micro rudimentaria en la que viaja el joven trabajador le ofrece cada vez más señales de que se avecina un golpe de Estado. Las calles principales están semivacías, pero con curiosos; cada rostro, cada mirada, le recuerda que debe dirigirse directamente a su trabajo, sin desviarse.

Bajo la mirada de los fusiles

La hora avanza, y el evento que conmemoraba el Día del Profesor es acechado por uniformados en la ciudad de las iglesias. La orden es clara: todos deben regresar de inmediato a sus casas. Los estudiantes más jóvenes buscan desesperadamente la manera de llegar cuanto antes. Se anuncia un toque de queda próximo. Confusión y hermetismo se apoderan del ambiente; las primeras manifestaciones de miedo comienzan a dominar las calles. Una nueva patrulla del regimiento recorre las avenidas, dejando en claro que ellos están a cargo del país.

En la capital, el joven oficinista, ya en su lugar de trabajo, escucha casualmente el último discurso de Allende en Radio Magallanes, que a los pocos minutos sería silenciada. Minutos después, llegan los bandos militares. Presiente que todo es de sumo cuidado y potencialmente grave; sabe que el Presidente no se rendirá. Comienza el intercambio de fuego en las calles, y él se refugia en su edificio, mientras algunos empleados más imprudentes se asoman, desafiando el riesgo de ser baleados.

La ciudad sitiada

En la Escuela Normal de La Serena, los estudiantes que escucharon los primeros reportes radiales quedan aislados. Miran con atención hacia el exterior y observan que numerosos uniformados se encuentran apostados en la cárcel de la ciudad. Todos los que están resguardando llevan ametralladoras, apuntando hacia la calle y no hacia el interior, obligando a la gente a desplazarse rápidamente y a evitar las cercanías. Es mejor seguir todas las indicaciones, piensan. La ciudad permanece silenciosa, pero cada transeúnte delata su miedo mientras se apresura hacia su destino.

En Santiago, en el viejo edificio de la compañía de luz, el joven que se había resguardado siente la fuerza ensordecedora de los Hawker Hunter. El rugido de los aviones surcando los cielos grises retumba en cada pared. Comienza el bombardeo a la casa presidencial y, desde algunos pisos más arriba, observa el humo que se desprende de los misiles al impactar su objetivo. Todo a su alrededor parece consumido por la guerra; el aire vibra con la explosión, y la ciudad, por un instante, se convierte en un escenario de caos absoluto.

Silencio y control

Al mediodía, no deambula un alma por las calles principales de La Serena. Cualquier rezagado es rápidamente escoltado por los militares hasta su destino. Aquellos que no alcanzaron a llegar y quedan atrapados en un domicilio que no es el habitual deben esperar una nueva orden antes de moverse; de lo contrario, podrían ser detenidos en cualquier momento.

La ciudad, silenciosa y vigilada, parece contener la respiración bajo la mirada implacable de los uniformados.

En la capital, el muchacho espera la orden de los militares para desocupar las oficinas y poder llegar pronto a su casa, en el Barrio Brasil. Al momento que ésta llega, no pierde un segundo y caminando rápido va surcando todas las calles, con el ruido de las ametralladoras cada vez más lejano.

Pero un intenso rumor se hace correr entre los transeúntes: el Presidente ha caído. Intenta no distraerse y seguir adelante. Las consignas del pueblo unido ya no funcionaron. La ciudad, silenciosa y vigilada, parecía haberse quedado sin voces, sin esperanza; y él, entre la multitud que se dispersa con miedo, comprende que nada volverá a ser igual.