Columna de ReneX: El rapto que no pide rescate

La democracia, en la opereta criolla, ha devenido en asunto genealógico: más parecido a una notaría de apellidos que a un parlamento.

Imagen del autor

Por El Ágora
Actualizado el 20 de agosto de 2025 - 1:10 am

La alternancia, en esta farsa, es una palabra vacía; la democracia, un disfraz que apenas cubre la desnudez del nepotismo. Foto: ARCHIVO (REFERENCIAL)

La política chilena -esa tragicomedia de baja estofa- alcanzó su clímax grotesco: el secuestro del Estado. Y no se trata de un rapto convencional, con nota de rescate y plazo de negociación. No. Aquí los secuestradores se instalaron con comodidad, pusieron los pies sobre la mesa y declararon que el botín es suyo por derecho hereditario. Un secuestro sin rescate porque, ¿para qué pedir lo que ya se posee?

El caso es de manual. José Antonio Kast acomoda a su hijo en la Cámara Baja ofreciendo un cupo por su propio partido, mientras Coloma padre se encarga de perpetuar la especie en el Senado. El hijo, obediente, cede su espacio de diputado al hermano, y así los escaños circulan como vajilla de porcelana en herencia familiar. Felipe Kast prepara el relevo de su hermano con la solemnidad de quien traspasa una finca.

La democracia, en esta opereta criolla, ha devenido en asunto genealógico: más parecido a una notaría de apellidos que a un parlamento.

Cuando la sangre escasea, el circo es importado. Ahí entran en escena los Hotuiti Teao, las Marlén Olivari y otros ejemplares de la farándula convertidos en legisladores o postulantes por la gracia del rating, unos ya instalados, y otros por instalarse.

Plutocracia sin pudor

No hacen falta ideas ni propuestas, basta un rostro conocido que garantice votos de desprevenidos o ignorantes. Luego, esos mismos se convierten en obedientes peones, pulsando el botón que les ordene el cacique de turno. Son los extras de esta tragicomedia: figurantes a sueldo, prescindibles y sustituibles… si no, pregunten a una tal doctora de apellido Cordero.

Pero el repertorio no se agota ahí. Existen los camaleones: Rincón, Maldonado, Jiles y una larga lista de acróbatas del oportunismo. Cambian de partido como quien cambia de chaqueta, reptando de izquierda a derecha con la plasticidad del mercenario. Su ideología es el poder; su ética, la permanencia; su religión, el fuero. Ellos encarnan la política entendida como supervivencia parasitaria.

Y si alguien cree que esto se limita a una facción, se equivoca. La izquierda también exhibe sus reliquias. De no ser por el sainete de la casa de Allende, aún tendríamos a la homónima senadora inmutable, firme como estatua, convertida en monumento a la permanencia. La alternancia, en esta farsa, es una palabra vacía; la democracia, un disfraz que apenas cubre la desnudez del nepotismo.

Este mal no es exclusivo de Chile: se reproduce como plaga en múltiples geografías. Parlamentos de América, Europa o Asia parecen consejos de familia con viático fiscal. Sin embargo, en Chile el fenómeno se expande con particular descaro: nepotismo institucionalizado, oligarquía sonriente y plutocracia sin pudor.

Secuestro sin rescate

Todo adornado con el discurso hipócrita de la “meritocracia”, palabra hueca que funciona como mantra electoral pero que nadie practica. Porque en esta república de apellidos, el mérito no abre puertas: lo hace el árbol genealógico, porque al mérito la casta política le teme, le huye y lo evita.

La pregunta no es si esto terminará mal, sino cuándo. La historia, siempre implacable, muestra que los pueblos toleran la farsa hasta que revientan.

En Cuba, no llegó Fidel por obra del marxismo, sino por hartazgo frente a una élite que se había robado el Estado. En Venezuela no ascendió Chávez por mística socialista, sino por el abuso obsceno de una casta que confundió democracia con herencia. Hoy Chile recorre la misma senda, paso a paso, apellido por apellido.

El próximo estallido será distinto. No contra estaciones de Metro ni supermercados, sino contra los usurpadores que confunden un cargo con una herencia. Y cuando la furia se desate, que no se atrevan a decir que no lo vieron venir. Porque en este secuestro sin rescate, los rehenes somos todos, y el precio lo pagará la propia clase política. Sí, esa que se creyó inmortal mientras no era más que heredera ilegítima de un botín colectivo.