Columna de ReneX: El que pone la plata pone la música
Y si no les gusta… se llevan la pelota.
Esta semana, Juan Sutil, empresario de ceño fruncido y billetera de alto calibre, decidió sumarse al comando de Evelyn Matthei, para ser algo así como un accionista y director ejecutivo de La Derecha S.A. Sí, el mismo Sutil que, con la sutileza de un bulldozer, retiró auspicios a medios porque no coincidían con su mirada del mundo. No opinó: censuró con la chequera.
En paralelo, Nicolás Ibáñez, ex dueño de los supermercados Lider, lanzó su ultimátum: si la derecha no se une en una lista parlamentaria única, no habrá plata. Y no lo dijo en un pasillo, sino que en un diario nacional, con la misma desfachatez con la que un emperador romano le recuerda al Senado quién paga los gladiadores y que el pulgar que sube o baja es el suyo.
No hay sorpresa, pero sí un brutal descaro. El empresariado pone la música y los políticos de derecha, algunos de centro y también esos amarillentos que alguna vez desfilaron por la izquierda, bailan obedientes. Porque aquí no hay vals ideológico: hay reguetón financiero. La democracia, ese invento griego que pretendía que el pueblo decidiera, hoy se parece más a un reality show donde los votantes son el público y los verdaderos concursantes son los que pagan la producción.
Chile no es pionero en esto. En Estados Unidos, los PACs y los lobistas dictan agenda; en Europa, los conglomerados empresariales tejen leyes desde Bruselas; en Latinoamérica, siempre hubo un club de apellidos que deciden el menú y la música. La diferencia es que aquí, como en un asado de barrio, ni siquiera se disimula: el que pone la carne se lleva la mejor parte y, si quiere, se lleva también la parrilla.
Sutil e Ibáñez no son la excepción, son la postal y la muestra, los herederos de los niños Penta y el padrino SQM. No actúan en la sombra, sino a plena luz del día. Y esa es la genialidad perversa del asunto: cuando el control es tan obvio, deja de escandalizar. Un financista de campaña no es un patriota altruista: es un inversionista con rol político. Su rendimiento no se mide en porcentajes de utilidad, sino en leyes a medida, concesiones a la carta y un Estado reducido a notario de sus intereses.
¿Puede un político morder la mano que le da de comer?
Claro que no. Por eso la “independencia” que tanto se proclama en campaña dura lo que un cóctel en la casa de un donante. Y así, el país avanza, pero siempre por la ruta trazada por quienes, casualmente, también cobran peaje.
Cada elección es el mismo teatro: banderas, debates, promesas. Pero detrás del telón, el guion ya está escrito, y el público -nosotros- sólo asistimos a la representación. Una vez cada cuatro años nos dan la ilusión de elegir; el resto del tiempo, los que mandan no son los que hablan en el Congreso, sino los que invitan a almorzar a sus ocupantes.
La fiesta de la democracia chilena no es libre ni abierta: es con invitación y código de vestimenta. El DJ se llama Holding S.A. y las canciones ya están pagadas. Nosotros, como extras de relleno, podemos aplaudir, sacar fotos y subirlas a redes. Nada más.
Y así, el país sigue en su eterno baile de salón empresarial, donde la pista no es del pueblo, sino de los dueños de la orquesta. Porque aquí el que pone la plata no sólo pone la música: también decide quién entra al salón, quién sirve los tragos y quién se queda, como siempre, mirando desde la calle.
El desparpajo del poder les permite parar el partido en el minuto que se les ocurra, y si el resultado no les gusta, cambian al árbitro, echan a los jugadores, modifican el tablero marcador y cierran el estadio, total la pelota siempre ha sido de ellos… porque al final saben que el fanático y el hincha seguirán gritando.
