Columna de ReneX: Del mall al Coliseo

El salto es notable. No basta ya con el reloj ostentoso, el auto de alta gama o la cadena de oro macizo. Hoy el delincuente necesita retratarse con la misma devoción con que los antiguos nobles encargaban sus retratos al óleo.

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Por El Ágora
Actualizado el 21 de agosto de 2025 - 1:10 am

El delito ya no es sólo un negocio, sino un estilo de vida. Foto: ARCHIVO

Si la movilidad social es el noble tránsito de los hijos hacia un nivel superior al de sus padres (ese avance educativo, cultural y profesional que alimenta la esperanza de cualquier sociedad), entonces, con ironía y resignación, debemos reconocer la existencia de su indigna gemela: la movilidad antisocial.

Una especie de evolución paralela en la que el lumpen criollo, en lugar de subir la escalera del esfuerzo, se trepa por la cuerda floja del delito, exhibiendo en redes sociales cada peldaño conquistado.

El fenómeno es fascinante, casi digno de un estudio de sociología pop. Aquellos jóvenes que hace no tantos años llenaban sus redes con fotos en discoteques locales o paseítos a El Quisco, luego aparecieron posando en los malls de Miami, brindando en Cancún o abanicándose en Punta Cana.

La criminología tropicalizada.

Y, lo más curioso es que en una suerte de sucesión dinástica la descendencia toma el relevo del “negocio familiar”, sólo que ahora en escenarios más sofisticados: el Coliseo, la Fontana di Trevi, la Torre Eiffel o el Arco de Triunfo. El lumpen viaja, se expande, se internacionaliza.

La medida del éxito

El salto es notable. No basta ya con el reloj ostentoso, el auto de alta gama o la cadena de oro macizo. Hoy el delincuente necesita retratarse con la misma devoción con que los antiguos nobles encargaban sus retratos al óleo.

Sólo que en vez de Velázquez tienen a Instagram. Así, lo que antes era un simple prontuario policial, hoy viene acompañado de un álbum de viajes y un catálogo de ostentaciones de lujo. ¿Y qué importa si confunden a Nerón con un reguetonero o a Napoleón con un diseñador de perfumes? El fondo es el mismo: la cultura del delito como vía rápida hacia el “éxito”.

Este ascenso, irónicamente, es aspiracional. No hay estudio, no hay disciplina, no hay mérito. Sólo hay la premisa del camino corto: el robo, el fraude, la extorsión. El resto es accesorio. Y, sin embargo, la fórmula funciona.

Porque en una sociedad que mide la valía por el auto estacionado en la puerta o el reloj en la muñeca, el delincuente no es un paria, sino un referente de consumo acelerado. La movilidad antisocial no es una casualidad: es un espejo grotesco de un modelo donde el dinero es la única medida de éxito.

Lo trágico -y aquí el sarcasmo se vuelve amarga constatación- es que estos clanes delictuales, al igual que las antiguas familias aristocráticas, también heredan algo: la tradición. Lo que antes se transmitía era el apellido y las hectáreas… Hoy se hereda la ruta del camión a asaltar, la técnica para abrir una caja fuerte o el contacto en Miami que “lava” el botín. Y claro, el álbum cultural: la selfie en la Torre Eiffel, el vídeo en la Fontana y el live desde un yate alquilado en Cancún.

Primera fila del ballet

En este teatro tragicómico, el lumpen ha mutado: de reguetón a jazz, de axé a ballet. Claro que no entenderán nada del ballet, ni falta que hace. Basta con mostrar la foto del programa, la copa de champaña y la chaqueta de diseñador. La cultura no se incorpora, se ostenta. Se convierte en accesorio, igual que el cinturón de marca o el reloj suizo. El delincuente se “culturiza” en tanto puede posar frente a las columnas de un templo griego sin saber diferenciar a Pericles de Marcianeke.

Y, entonces, la conclusión inevitable: el delito ya no es sólo un negocio, sino un estilo de vida. Es movilidad antisocial, con todo lo que ello implica. Un ascenso sin escrúpulos ni contemplaciones, donde el único mérito consiste en burlar la ley lo suficiente como para pagarse un viaje más, un accesorio más, un like más.

Los delincuentes también evolucionan, y lo hacen a la par de la sociedad que, sin quererlo, los inspira. Porque si el modelo que se exhibe es que lo único que importa es tener, entonces no nos sorprendamos de que hasta el lumpen quiera su lugar en la primera fila del ballet.

En definitiva, la movilidad antisocial es la caricatura del sueño aspiracional: la caricatura que nos delata.