Columna de Leonardo Véliz: El pirata desconocido

Antes que pase la noticia del cetro logrado por Coquimbo Unido, en una campaña esplendorosa, recordaré algunos hechos de ese día glorioso en el puerto del Norte Chico.

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Por Leonardo Véliz
Actualizado el 5 de noviembre de 2025 - 2:31 pm

Esteban González, el artífice del triunfo coquimbano / Foto: ARCHIVO PHOTOSPORT

Tras el pitazo del referí dando por terminado el partido, la cámara de TV se enfoca en el entrenador de Coquimbo Unido, Esteban González. Éste no levanta su mirada hacia los cielos como se acostumbra en ese espacio verde y rectangular, sino que se inclina en el mismo lugar donde dirigía con claridad, al borde de la línea de cal.

Con suma sensatez se agacha oliendo la tierra – esto es interesante y habla muy bien de él- sabe que allí se gestó la hazaña y no a la espera de milagros provenientes del cielo. Lleva sus dedos de la mano derecha hacia la frente ocultando sus ojos que ya -en un acto muy humano- deslizaban lágrimas. Recibió abrazos y él, inmutable no se levantó, mantuvo esa posición de devoción al triunfo que no fue gratuito. El resto del equipo se entregaba a la euforia de los hinchas, no era para menos, eran los campeones del fútbol chileno.

Esteban se levanta y recibe los merecidos apretones de manos y abrazos, siempre controlado, equilibrado, pero con los ojos vidriosos.

Lo entrevista la TV y recalca que todo fue producto de que sus jugadores tenían ganas de ENTRENAR Y ENTRENAR, o sea, trabajar y trabajar. Lo demás, viene por añadidura, la gloria, fama, portadas de diarios, entrevistas, festejos. Le recomiendo que, aunque escuche cantos de sirenas, haga oídos sordos, lo mencionarán para la selección chilena, Colo Colo o la U. de Chile. Esteban es joven y puede esperar tiempos mejores. Sabe que no existe el entrenador imbatible, en algún momento perderá.

No estoy asombrado por lo realizado por este grupo de jugadores y cuerpo técnico. ASOMBRO, es una palabra griega que significa; trauma. Ni él ni su equipo, están asombrados, traumatizados, sabían que con trabajo y más trabajo y convicción podrían ser protagonistas y superar a los de billetera gorda.

De su diccionario, rompió la página donde existe esa palabra APATÍA. En griego, apático quiere decir SIN PASIÓN. ¿Y qué es la pasión? La pasión no es la intensidad desmesurada por una mujer, ni tampoco el fervor que manifiesta mi interés por un equipo de fútbol. La pasión es primordialmente el interés de ser tarea de mejor calidad, es decir, seres humanos que trabajan por su perfeccionamiento subjetivo, no sólo objetivo.

Otro aspecto muy importante y vital: la identidad con la zona, el puerto, gente esforzada que les hizo sentir su apoyo donde fueran. El muchacho que vino del sur se adaptó con inteligencia y humildad.