Columna de Juan Luis Carter: Chile-Rusia y el partido que la historia esperaba
Este sábado, la ciudad de Sochi será escenario de un partido de fútbol. Para los registros deportivos, un simple amistoso entre Chile y Rusia. Pero en el contexto más amplio de la historia contemporánea, este encuentro es un hito que trasciende las líneas de la cancha.
En un mundo donde Rusia enfrenta un cerrado aislamiento deportivo tras la invasión a Ucrania, la decisión de Chile de cruzar esa línea dibuja un mapa de preguntas muy necesarias sobre la intersección entre el deporte, la política y la conciencia humana.
No se trata de tomar partido, sino de observar. De entender que un partido de fútbol puede ser, a veces, la punta de un iceberg de significados.
La Federación de Fútbol de Chile se encuentra, sin quererlo del todo, en una acción geopolítica. Por un lado, se alza el argumento de que brindar una vitrina a un país agresor es, en la práctica, fisurar el frente común destinado a presionar su salida de un conflicto devastador.
Es una grieta en un muro de principios de los países que dominan el deporte desde los gobiernos deportivos y políticos.
En el centro de la polémica
Sin embargo, existe otra mirada, una que ve más allá de los gobiernos y se fija en las personas. ¿Hasta qué punto es justo que una generación de deportistas rusos, la mayoría ajenos a las decisiones de sus líderes, cargue con el peso de una culpa colectiva?
El fútbol, ese lenguaje universal, ¿no debería ser un puente cuando los canales diplomáticos están reducidos a escombros? Un saque lateral, un remate o un gol no son un apoyo a la guerra, son actos humanos que hablan de una pasión compartida.
Una historia que no se olvida
Para dimensionar el valor de la profundidad de este momento, es necesario volver la vista atrás, a un episodio que, en un espejo borroso, refleja la misma pregunta.
El año 1973. Chile se retorcía bajo una dictadura. El Estadio Nacional de Santiago, antes el templo de la fiesta popular del fútbol, se había convertido en una cárcel al aire libre. Allí, entre sus camarines y gradas, se cometieron crímenes alevosos. En medio de ese paisaje del horror, la selección chilena debía enfrentar a la Unión Soviética por la clasificación al Mundial de 1974.
El régimen dictatorial deseaba ese partido. Lo veía como la ocasión perfecta para proyectar una normalidad que no existía. Pero la URSS, que envío observadores que constataron la cruel realidad del estadio, se negó a pisar ese césped. Alejó sus botines por razones que, más allá de la retórica de la Guerra Fría, fueron leídas como un acto de principio. Un rechazo ético a la dictadura.
La FIFA, en su burocracia, le dio el partido por ganado a Chile. Pero La Roja salió a la cancha, hizo el saque inicial y corrió tras un balón frente a una portería vacía. Fue un espectáculo fantasmal, una de las imágenes más bochornosas y elocuentes que haya dado el fútbol.
Ayer y hoy
En ese entonces, el gesto soviético utilizó el deporte como un elemento para amplificar un grito de denuncia.
Hoy, cincuenta y dos años después, los papeles parecen intercambiados. Es Rusia la señalada por la comunidad internacional y es Chile quien decide acortar distancias. La comparación no es perfecta, pero la pregunta de fondo resuena con la misma fuerza: ¿para qué sirve el deporte en tiempos de crisis?
La lección nos pone cara a cara con 1973, no es que el boicot sea la única opción moral, sino que el deporte es un vehículo de un simbolismo inmenso. Los soviéticos usaron ese poder para aislar. Chile, hoy, podría estar usándolo para conectar. El riesgo, sin embargo, es monumental. La Federación chilena y sus jugadores cargan con una responsabilidad que no pidieron. No pueden permitir que este partido sea visto como un borrón y cuenta nueva para una guerra.
Más que un encuentro de fútbol
Un apretón de manos, un minuto de silencio por todas las víctimas, un gesto explícito de los capitanes, pequeños actos que pueden enmarcar el encuentro en un mensaje de humanidad compartida.
La guerra no sólo busca destruir infraestructuras y vidas; busca erosionar los lazos que nos unen, quitando los espacios de encuentro.
El partido en Sochi, por tanto, es más que noventa minutos de fútbol. Es una prueba. Una oportunidad para demostrar que, incluso en medio de la más árida disputa política, el gesto de un jugador ayudando a levantar a su rival, la belleza efímera de una jugada colectiva o la emoción pura de un gol, pueden ser un potente recordatorio de que nuestra humanidad común es el campo de juego más importante.
Y que, en él, no puede haber vencedores ni vencidos.
