Columna de José Antonio Lizana: Recordando a Evaristo Espina y su “me castigo jefecito”
Chile se ha convertido en un “país chupamedias”, un lugar donde ciertos políticos-empresarios prometen empleos, desarrollo y calidad de vida, pero -en el fondo- solo resguardan sus propios intereses. Un país donde aún se celebra la productividad, pero se cuestiona el descanso…
La reciente intervención del diputado José Carlos Meza, cuando sugirió que si un trabajador se va más temprano a la casa será para “encerrarse”, porque “nadie puede salir con los hijos a la plaza de la esquina”, me hizo recordar de inmediato al extraordinario personaje Evaristo Espina, del legendario sketch “La Oficina”, del Jappening con Ja.
Ese empleado de poca monta, de traje arrugado, alma sumisa y aspecto ratonil (como solía recordarle su compañero Ricardo Canitrot), encarnado magistralmente por Jorge Pedreros, es uno de esos arquetipos que parecen eternos.
Espina vivía para trabajar, respiraba para cumplir, y su devoción casi religiosa por su “jefecito” lo convertía en un símbolo inolvidable del trabajador sometido. De aquel que confunde obediencia ciega con lealtad y que, aun dando la vida por la empresa, termina siempre expuesto a la patada en el traste.
La expresión máxima de inmolación de este vil súbdito era lanzarse desde el séptimo piso del edificio que sigue ubicado en calle Holanda 1831, a pasos de la estación del Metro Los Leones, en la comuna de Providencia.
La vigencia del personaje
Y aunque el sketch pertenece a otro tiempo, el personaje sigue vivo en miles de oficinas, comercios, reparticiones públicas y empresas de nuestro país.
Usted, yo, todos hemos convivido con algún “Espinita”. Ese compañero que tarda en comprender que la supuesta importancia que la empresa le otorga es un espejismo. Y que, a la hora de los quiubos, cualquier promesa se desvanece con la misma facilidad con que se firma un despido.
Tal vez Chile se ha convertido, en los últimos años, en un “país chupamedias”. Un lugar donde ciertos políticos-empresarios prometen empleos, desarrollo y calidad de vida, pero -en el fondo- solo resguardan sus propios intereses. Un país donde aún se celebra la productividad, pero se cuestiona el descanso. Donde se ensalza la obediencia, pero se mira con sospecha la vida fuera del trabajo.
Recordar a Evaristo Espina no es sólo un guiño a la nostalgia televisiva. Es también una advertencia: ese inocente personaje humorístico se ha vuelto un espejo incómodo. Y quizá sea hora de que dejemos de actuar como él y empecemos a exigir el país y el trato laboral que realmente merecemos.
