Columna de Ignacio Figueroa: Paz en Ucrania versus odio atávico
Los países europeos olvidan las condicionantes históricas. Confían en el estado actual de Alemania, como un país democrático liberal y parte sustantiva de la Unión Europea. Pero sabemos que las fuerzas dialécticas de la historia están en ebullición permanente….
Las conversaciones de paz entre Ucrania y Rusia para llegar a un acuerdo que ponga fin a la guerra, llevadas bajo el auspicio de Donald Trump, prometen ser solamente un preámbulo a una intensificación del conflicto en Europa.
Las intenciones de los países europeos es armarse para mantener la presión constante sobre Rusia. Alemania se muestra como uno de los Estados más activos a la hora de construir unas fuerzas armadas poderosas.
La construcción del Estado Nación de Alemania fue tardía. Los diferentes territorios que actualmente conforman Alemania solamente se unificaron en 1871, tras la guerra entre Prusia y Francia. Eso allanó las condiciones políticas para la construcción del nuevo Estado.
La condición tardía fue la causa de varios conflictos que desembocaron en la Primera Guerra Mundial, donde el Estado germano, potencia de condición imperial, se sentía perjudicado en la repartija de las posesiones coloniales.
Tras la derrota de las fuerzas centrales en la Primera Guerra Mundial (IGM), los países vencedores estimaron que dejar oportunidades para un rearme alemán era “intolerable”. Para esto, obligaron al derrotado a firmar el tratado de Versalles, que imposibilitaba la creación por parte de Alemania de una fuerza armada amenazadora.
Tártaro=infierno
La llegada del nazismo a Alemania impulsó como meta la construcción de una fuerza militar superior. Con la Segunda Guerra Mundial (IIGM) y la derrota alemana, nuevamente los países europeos señalaron como objetivo impedir un rearme del rival, teniendo como ejemplo lo ocurrido después de la IGM.
Actualmente, la creación de un ejército alemán poderoso -con la venia de los otros países europeos- parece una política basada en la desesperación. Y, por supuesto, en el odio hacia Rusia.
Los países europeos olvidan las condicionantes históricas. Confían en el estado actual de Alemania, como un país democrático liberal y parte sustantiva de la Unión Europea. Pero sabemos que las fuerzas dialécticas de la historia están en ebullición permanente: lo que ahora parece adecuado puede no serlo con posterioridad.
El odio visceral europeo hacia Rusia es una de las bases de la guerra en Ucrania. Temen a Rusia por su enorme territorio y recursos naturales, pero también por su población aguerrida y la mezcla étnica de sus ciudadanos. Este temor es incubado prácticamente desde el siglo XIII, cuando las invasiones mongolas llegaron a las puertas de Viena (Austria). Los mongoles -conocidos en Europa como tártaros- fueron considerados como la encarnación del mal (la palabra tártaro desde la tradición greco/romana es sinónimo de infierno).
¿Apetito imperialista ruso?
Este temor consuetudinario siguió aumentando cuando sucesivos monarcas rusos vieron que su objetivo de desarrollo era tomar aspectos positivos de la civilización europea como la ciencia y tecnología. Pedro el Grande y Catalina la Grande, fueron zares que modernizaron Rusia, europeizándola.
La participación de Rusia en las coaliciones militares contra la Francia imperial de Napoleón Bonaparte, llevó al aislado país eslavo a ser una nación activa en la política europea.
Posteriormente, en el ejército invasor de Napoleón contra Rusia, participaron no solamente franceses. También fuerzas militares y ciudadanos de diferentes países de Europa.
Tras la Revolución Rusa (1917) siguió la guerra civil, en esta, varios países de Europa como el Imperio Británico, Francia, Italia y el propio Estados Unidos mandaron expediciones militares para destruir el incipiente Estado Socialista Soviético.
La Operación Barbarroja para invadir Rusia no fue hecha con la participación exclusiva de Alemania, existiendo fuerzas militares de Italia, Rumania, Bulgaria y ciudadanos de diferentes nacionalidades europeas como franceses, belgas, españoles o holandeses encuadrados en la Wehrmacht y las Waffen SS.
La guerra en Ucrania es esgrimida por los países europeos para demostrar el apetito imperialista de Rusia y la justificación para invertir grandes cantidades de recursos en la creación de un ejército poderoso, tomando el dinero de la destrucción del welfare (estado de bienestar). Por lo tanto, entrando en conflicto político/social con sus propias poblaciones.
Planes de invasión…
El miedo atávico en los ciudadanos europeos permite que la propaganda mediática allane a los pueblos a aceptar medidas que van contra sus intereses. En tanto, las argumentaciones nacionalistas, con conceptos y símbolos nazis, se convierten en habituales en la retórica europea como ha sido constante en las fuerzas políticas ucranianas legales.
El conflicto bélico, que dura más de tres años, se utiliza por los medios para demostrar la incapacidad de Rusia en el plano militar. Pero el mismo argumento muestra que el país eslavo no puede ser una amenaza territorial para otros países. La guerra entre Europa y Rusia solamente puede ser nuclear.
El principal problema para las fuerzas armadas rusas está en una población escasa para un territorio enorme. La cuestión demográfica es clave para que Rusia pueda defender sus extensos recursos naturales. Y, a la vez, es suficiente razonamiento para demostrar la inexistencia de planes de invasión.
En el contexto descrito, las negociaciones de paz estimuladas por el gobierno de Trump parecen de compleja resolución.
Proclamas nacionalistas
Sin embargo, la doctrina de Henry Kissinger (Secretario de Estado de EEUU 1973-1977), que le permitió ganar el Premio Nobel de la Paz, se basa en negociar mediante una escalada bélica. Tal como EEUU lo hizo en la guerra de Vietnam, obligando a firmar los Acuerdos de Paz de París: la fuerza aérea estadunidense bombardeó objetivos civiles en las principales ciudades vietnamitas del norte, en la llamada “Operación Linebacker II”.
Desde las negociaciones en Estambul han recrudecido las agresiones de ambas partes. Con un esfuerzo de Ucrania por afectar la vida cotidiana de los rusos con ataques a aeropuertos e instalaciones civiles utilizando drones. Mientras, Rusia responde con una campaña de retaliación con misiles balísticos y aviones no tripulados.
Es factible el éxito de las negociaciones en Turquía, pero estas no terminarán con el conflicto. Derivarán en una paz armada y carrera armamentista de reservado pronóstico, hasta que los pueblos comprendan el engaño que conllevan las proclamas nacionalistas de los liderazgos europeos.
