Columna de Claudio Gudmani: El colectivo versus las individualidades
El fútbol actual parece estar marcado por una medida cortoplacista y resultadista, que pone todo el peso en los jugadores figuras, en los individuos mejor pagados, esos que se venden como estrellas, refuerzos y grandes talentos.
Me horroriza ver que el comentario se base en el precio de los pases y los sueldos, como viles piezas del mercado, como quien transa acciones y espera utilidades y dividendos lo más pronto posible. Y que avanzar en un campeonato importa más por los dineros recibidos en premios que por la gloria deportiva.
Pero como entrenador, yo me fijo más en el rendimiento colectivo de un equipo, donde las individuales, las figuras talentosas, deben apoyarse para resaltar.
Y eso se consigue a un mediano plazo, porque no se trata de poner dos o tres jugadores de alto nivel dentro del equipo, lo que ya es cuestionable en medios como el nuestro, donde no hay ninguno tan preponderante por sí solo, si no darle un fondo de juego donde todos realicen sus funciones coordinadamente, con compromiso en el objetivo grupal: controlar el juego, hacer goles y evitarlos, frente a un rival que también quiere lo mismo, o así debería ser.
Sabemos que hay jugadores que se llevan la carga anónima y otros que se lucen, pero el éxito se comparte cuando gana el equipo. Entonces todos ganan.
Este juego-deporte-espectáculo, como me gusta definirlo, tiene múltiples propósitos: ganar partidos, ganar campeonatos, dar satisfacciones a sus hinchas en forma y fondo, y promover jugadores que se van potenciando a lo largo de la competencia, porque entiendo que también es un gran negocio que premia a los mejores.
Tanto la puesta en escena como el desarrollo debe ser atractivo, y eso generará crecimiento, alta competencia y mejores resultados.
Es triste ver partidos a puertas cerradas, sin público, o en canchas malas. Es lamentable ver partidos a media máquina, cortados, a baja intensidad. Todo importa para el espectador que es para lo que se juega, son los que consumen el espectáculo y pagan por ver.
Pero volviendo al rendimiento de un equipo, como buen escritor, creo necesaria una metáfora que nos dará luces claras de lo que se trata esto. Y creo que un gran ejemplo es el juego del póker… aquí hay cartas muy valiosas, como los ases, los reyes y reinas, y otras más humildes como los cinco, los cuatro y los tres. Pero un precioso as de corazones no gana nada si no se junta con otro as, y puede perder ante un par de tres.
Y dos bellos ases no triunfarán sobre un trío de cuatros. Lo que quiero decir que las sociedades en el fútbol son las que dan réditos… recuerdo a Severino Vasconcellos y Carlos Caszely, a Manuel Rojas y Oscar Fabbiani, a lo que nos provocaron en conjunto los jugadores de la generación dorada, a lo que nos dio la dupla Za-Sa, apoyada por grandes habilitadores.
En el póker, se barajan las cartas y se reparten en grupos de a cinco a los jugadores, que en este caso vendrían a ser los técnicos, y estos arman su juego según las cartas que les toquen. Incluso deben jugar intuyendo lo que podrían tener o hacer los rivales con sus cartas, y hasta pueden blufear que tienen mejor juego, mientras apuestan sus fichas.
Y como en el fútbol, pueden cambiar algunas cartas, buscando mejorar su juego, para un auspicioso resultado final.
Sin embargo, el juego se resuelve cuando se muestran las cartas y vemos quién tiene las mejores en conjunto… un trío le gana a un par, dos pares le ganan a un trío, un póker (cuatro cartas iguales) le ganan al trío y así hacia arriba. Y a igualdad de pares o tríos, gana el que tiene el más alto, ahí los ases y reyes cobran importancia.
Es verdad que algunas veces se gana con un mísero par de cinco y eso vale, pero el espectáculo es bueno cuando uno gana con un full de ases o un póker, a otro que también tiene cartas altas y buen juego. Ahí incluso se elevan las apuestas y las ganancias son mayores. Pero un buen jugador o un par de ellos, no le ganaran nunca al conjunto colectivo que debe ser un buen equipo.
Pero lo que vemos hoy día es un fútbol mezquino, blufero más allá de tener buenas cartas, donde el resultado lo tiñe todo. Donde cada jugador está más preocupado de sí mismo, que de objetivos grupales.
Lo que importa es el contrato, la plata, el futuro y se les olvida que el jugador, el equipo y el técnico, rinden prueba de sus capacidades y vigencia, partido a partido, juego a juego, sacándoles provecho a las cartas que les tocan y no con trampas burdas.
¿Entenderán esto los dirigentes, jugadores, entrenadores y demás actores del juego, como también son los árbitros, o ellos ganan más jugando en garitos clandestinos, a espaldas de los espectadores?
Las cartas están echadas y, como amante y comentarista del futbol, añoro ver un buen juego.
