Columna de Arturo Castillo: La taberna de Hitler
¿Se ha sentido espiado u observado usted alguna vez? Ponga atención a esta historia.
Como buen pensionado, mi rutina cotidiana resulta agotadora. Despierto muy temprano, me visto, desayuno y, literalmente, quedo desocupado altiro. Entonces, cansado de aquello, decidí tomarme un tiempo para no hacer nada, pero respirando otros aires, tal vez más seguros.
Tomé un avión y aterricé en Madrid, España. Y me dediqué durante todo noviembre pasado a visitar, en calidad de viajero (no de turista, pues no es lo mismo), ciudades de seis países del sur de Europa. Una maravilla.
En todas partes nos aseguraban que sus ciudades eran seguras, pero que podía uno, eventualmente y por descuido propio, ser víctima de algún ratero ocasional y perder, por ejemplo, el bolso o el teléfono celular.
Pero aún así, uno podía observar que en las mesitas en las veredas de los bares y tascas de Barcelona, París o Roma la gente bebía café, un clarete, una caña, una birra o una copa de vino en muchos bares o tascas dejando sus bolsos en los respaldos de las características y cómodas sillas de mimbre, típicas de esos lugares, y dejaba los celulares sobre las mesitas. Me imaginaba lo mismo, pero en los restoranes de Providencia, Las Condes o Vitacura. No durarían un segundo y serían un deleite para los famosos motochorros.
En una de las paradas de mi periplo, visité Múnich, Alemania, la ciudad en donde jugó fútbol en sus mejores tiempos el chileno Arturo Vidal.
Una visita inesperada
Visitando el casco antiguo, la guía, una mujer española de mediana edad, muy simpática y divertida, cargada de anécdotas, conocedora del mundo, nos llevó a una taberna muy clásica, situada a una cuadra de la plaza del ayuntamiento de la ciudad: el HB.
Entrar a ese sitio fue como revivir los locos años 20 o 30 de la Alemania pre nazi. Me recordó la película “Cabaret”, que protagonizó con una actuación magistral la inolvidable Liza Minelli, hija de la actriz Judy Garland.

Eran las cuatro o cinco de la tarde y el lugar estaba atestado de gente que comía y bebía con mucho entusiasmo. Una trasnochada orquesta interpretaba con aceptable calidad canciones de época y los mozos corrían como locos de un sitio a otro para satisfacer el hambre y la sed de los parroquianos.
Mirar con otros ojos
Le pregunté a la guía por qué nos había llevado hasta ese lugar.
-Pues, hombre, este era el sitio favorito de Adolf Hitler. No dejaba de visitarlo cuando estaba en Múnich-, nos aclaró.
Empecé a mirar el lugar con otros ojos. Ya me imagino lo que allí debe haber ocurrido, grupos de seguidores del llamado Führer (caudillo, guía o conductor) entonando –o desentonando- viejas canciones tirolesas de carácter extremadamente nacionalistas y odiosas.
Funciona la censura
Tomé algunas fotografías y las subí a mi Facebook con esta leyenda: “Este lugar era frecuentado por Hitler”.
No pasaron cinco minutos y recibí, en castellano, una inmediata respuesta de los operadores de la red social. Me decían que habían eliminado las fotos y el texto por considerarlo inapropiado y ofensivo.
Yo quedé estupefacto. Primero por la velocidad de la reacción de la red social y, segundo, por las razones que me daban.
Les respondí que mi publicación no emitía juicios de valor alguno, que sólo era el reflejo de una realidad, triste odiosa o lo que sea, pero realidad al fin. Pensaba en Joan Manuel Serrat cuando nos dice en su canción ochentera “De vez en cuando la vida”: “Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”.
Heridas que siguen abiertas
Tardaron dos días en responderme. Escribieron lo siguiente: “Hemos vuelto a analizar el contenido de su publicación y la hemos repuesto”.
Entiendo que a 80 años de ocurrida la Segunda Guerra Mundial las heridas sigan abiertas y muy arraigadas en los alemanes. Nunca se debe olvidar ese dolor ocasionado por la intransigencia de ideologías que nos dividen, aún vigentes.
Pero me cuesta creer que la censura impuesta por los vencedores afecte la verdad de los acontecimientos e intente amedrentar a los ciudadanos.
También me aterra que estemos siendo observados en todo momento por el ejercicio del poder. Y eso, estoy seguro, ocurre en todo el mundo.
Espías tecnológicos
La semana pasada una amiga, con la que hablaba personalmente, me comentó su necesidad de cambiar su microondas, y durante toda semana me invadieron mis redes sociales y mi celu con ofertas de microondas.
Cuando comenté con mis amigos lo hermoso que estuvo mi viaje, no paran de llegarme ofertas para visitar Grecia y Turquía, El Caribe y Brasil. Incluso, me trataban de tentar con las bondades y el cariño con que reciben a los turistas en Tailandia.
Yo les respondo que no soy turista, sino viajero. Es muy diferente.
¿Mucha ilusión?
Quedé muy entusiasmado con esto de viajar. Espero que se apruebe pronto la reforma al sistema de pensiones y que el aumento del monto de las jubilaciones sea tan considerable, como lo han cacareado insistentemente los políticos que la impulsan, y que por fin sea una realidad, como para permitirme la realización de un nuevo y fantástico viaje.
Pero me temo, que con suerte me alcanzará para un rico y opíparo almuerzo en la picá de Juan y Medio, a orillas de la Ruta Cinco Sur.
