Columna de Sebastián Gómez: Sobre “Próspera”, de Mario Verdugo

Más allá de la poesía, más allá de la crítica, este nuevo libro de Mario Verdugo vuelve a poner su arte muchísimo más allá de nuestro misérrimo panorama literario y lo deja en el centro de lo que antes solíamos llamar literatura.

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Por Sebastián Gómez Matus
Actualizado el 7 de enero de 2025 - 9:42 pm

La alegría de una lectura próspera, la pócima escanciada en breves cuñas de entrevistas apócrifas de una escritora más allá de todo contexto, ficticio o real, como si cupiera hacer esa distinción en una obra como la de Verdugo que, en este último libro, logra despejar cualquier asomo de género literario. Con esta última entrega, parece haber revestido su trabajo de una suerte de blindaje borromeo, de una crítica que funciona hacia dentro y hacia fuera del anillo de Moebius de su estilo.

Más allá de la poesía, más allá de la crítica, este nuevo libro de Mario Verdugo vuelve a poner su arte muchísimo más allá de nuestro misérrimo panorama literario y lo deja en el centro de lo que antes solíamos llamar literatura. “Próspera”, con una modulación específica de sus opiniones vertidas en diarios también apócrifos, con los que se podría rastrear otro texto, recrea extractos de entrevistas de una autora que difícilmente hallaremos en nuestro presente. “Si yo fuera una persona de este país que no fuera yo, tampoco me tomaría en cuenta”. Verdugo parodia la propia recepción de su obra, la recepción de cualquier obra y la recepción ficticia de una obra apócrifa. El título es de un ambiguo optimismo que podría vincularlo con el pesimismo alegre de un Roorda.

No es primera vez que lo hace, pero el libro presenta una crítica heterónima del trabajo del autor de donde proliferan estas autorías apócrifas. Parodia de la crítica, parodia de la poesía, incluso parodia de sus propios procedimientos, podríamos decir que en “Próspera” se encuentra el procedimiento del Procedimiento o la distinción que Aira hizo en el caso de Roussel: procedimiento general y procedimiento particular.

Susceptibilidad extrema

En este librito parecen encontrarse ambas versiones unificadas, con lo que plantea una pregunta no menor: ¿cómo seguir? La respuesta es el próximo libro del autor que, lejos de toda maniobra política de posicionamiento o más bien instalado en el “antiposicionamiento”, parece haber metonimizado la literatura con la calidad de su estilo.

Por supuesto, no es menos problemático que se trate de una escritora inventada, pero qué más da en un contexto de susceptibilidad extrema. O, como diría Boris Buden, en un contexto de “crítica sin crisis y crisis sin crítica”. La respuesta es clara: como no existe tal escritora, conviene inventarla, ¡y qué mejor nombre que Próspera! La que trae buena suerte o éxito, la que espera lo que viene adelante. La que abre lo que vendrá.

La literatura chilena, no toda afortunadamente, está enquistada en la convención y en el anclaje identitario, cuando la literatura es anti-identitaria por definición. Es como querer fijar una metáfora, cuando su función es transportar o desplazar infinitamente. Entre lo sésil y lo lábil, libros como este subsanan el panorama de publicaciones. Por otra parte, es imposible seguir haciéndose el tonto respecto a la obra de Verdugo, que ha obtenido reconocimientos, tardíos, pero no menos oportunos.

Tengo una obsesión personal con la modulación-Verdugo. Cualquiera sea su libro, por disímil que sea del anterior (no falta quien dice que son todos iguales), siempre encontramos su forma de construcción de la frase, una sintaxis tan propia y tan ajena a la de los demás, que lo vuelve cada vez más único. Es su estilo el que mantiene la cohesión de su universo.

¿La literatura es destrucción?

El único escritor con el que se puede emparentar es con Pablo Katchadjian, su siamés trascordillerano, con quien ocurre el mismo fenómeno. Para hablar de estilo, tomemos la impecable definición de Proust à propos de Flaubert: “La belleza del estilo es la señal infalible de que el pensamiento ha descubierto y anudado las relaciones necesarias entre los objetos que su contingencia dejaba separadas”.

En Verdugo, este fenómeno, el estilo, que es todo a lo que un escritor puede aspirar, está logrado varios libros atrás, si no desde el primero, donde estaba contenida, no sin cierta incomodidad estilística, todo lo que conocemos hasta hoy. “La única manera de destruir este otro mundo era presintiéndolo”.

El presentimiento de que la literatura es destrucción (o refutación) no sólo de este mundo sino que de “este otro mundo” siempre ha estado al centro de la obra “verduguiana” que, no sé si alguien lo ha señalado, encuentra buena parte de su corrosión en el fraseo cotidiano del Maule, al menos de cierto Chile que todavía se encuentra en la provincia o en las películas de Ruiz. “Próspera” podría ser una escritora ideológica como Duras o Bignozzi, pero su inventor está más allá de las comparaciones y de las ideologías. Mario Verdugo está solo en la literatura escribiendo “ese otro” libro.