Columna de Sebastián Gómez Matus: ¿Hasta cuándo el refrito del boom latinoamericano?
El miércoles 11 de diciembre se estrenó en Netflix la serie que retrata la novela “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez.
Una vez Reed Hastings dijo que la única competencia de Netflix era “el descanso de sus usuarios”. Con esto quiso decir que a él le convenía que la gente no durmiera, que no descansara y estuviera enchufada al automatismo y la inmersión que propone la plataforma. Es común escuchar, incluso entre gente cultivada (habría que discutir esto último), recomendar series, que la última sí que es la buena o que ésta tiene tales virtudes, etc.
Todo esto en un marco de aceptabilidad y antifomo. En este mundo no conviene perderse de nada si quieres opinar, el consumo de series requiere de una permanente actualización. Como dijera hace años Bourdieu, “la opinión pública no existe”. También podríamos decir que el gusto tampoco, que está permanentemente siendo construido para que el usuario pierda la capacidad de discriminación entre uno y otro contenido.
Cien años de fomedad
El miércoles recién pasado se estrenó la serie que retrata la novela “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez, una de las cimas del boom latinoamericano, invención de Carmen Balcells, que le permitió a varios autores consagrarse a pesar de la imagen metonímica que ofrecían de América Latina.
Si se fijan bien, son un grupo de fantoches, con la salvedad de José Donoso, cuya literatura no tiene ninguna incidencia en la que se escribe en estos parajes donde, como alguna vez advirtió Adolfo Couve, “no conocía esos vodeviles” retratados por el autor de McOndo.
Resulta cuando menos problemático que las plataformas gringas y los actores y actrices latinoamericanos sigan ofreciendo una imagen colonial, pueril, casi primitiva de tan caricaturesca, de lo que podríamos ser. Además, la diversidad de registros culturales que hay en el continente permiten combatir estos posicionamientos metonímicos, donde la parte se come al todo.
Cine y literatura
“Cien años de soledad” es una novela absolutamente convencional y estaba hecha para terminar siendo un producto de la industria de la entretención más que de la literatura. Esto no quiere decir que una novela o un libro no pueda terminar siendo una gran película. Sobran ejemplos, como “El castillo de Kafka”, realizada por Michael Haneke en 1977.
Es conocida la respuesta de Borges cuando le preguntaron si había leído el mamotreto del colombiano: “Con 50 años hubiese bastado”. Mordacidad mediante, la crítica tiene que ver con la extensión de un trabajo cuya principal motivación es comercial, no literaria. La mayoría de las novelas contemporáneas hoy aspiran a ser una película, por lo mismo su calidad estilística ha mermado hasta ser prácticamente escaletas, embriones de guion, a la espera de que un productor quiera filmar el libro. Da cuenta de esto la reciente asociación Alberdi-Trabucco con la película “El lugar de la otra”.
“La literatura es lo incomprensible”, dice César Aira, que también tiene un libro llevado a la pantalla grande, aunque esto sea anecdótico. ¿Cuánto puede dar a la cultura un libro como “Cien años de soledad”? El boom es lo convencional por definición y parece una aberración que, habiendo una literatura tan vasta, variada y de una calidad corrosiva, se siga haciendo hincapié en novelas que nos presentan de una manera ridícula para el primer mundo.
América Latina, concepto acuñado por Francisco Bilbao, es un continente diverso que no debiera aceptar este tipo de movidas. Y si interpretar a los personajes de estas novelas “es el sueño de todo actor latinoamericano”, como afirmó el actor Claudio Cataño, pues estamos condenados a vivir del modo en que desde arriba quieren que vivamos.
Sólo en Colombia existe un Álvaro Mutis, por cada Carlos Fuentes hay un Juan Vicente Melo, una Josefina Vicens o una Elena Garro, y por cada Cortázar (léase con acento francés) hay un copi infernal, cuya radicalidad no encuentra parangón con las literaturas seudo queer del presente. Sería interesante ver en la pantalla grande “El baile de las locas”. La bifurcación de los senderos literarios que señalo puede extraerse de la lectura comparativa de los ensayos “Nueva escritura en Latinoamérica”, de Héctor Libertella, y “La nueva novela hispanoamericana”, de Carlos Fuentes.
