La final más larga, y podrida, del siglo
El apedreamiento del bus en que viajaban los jugadores de Boca Juniors para jugar la finalísima de la Copa Libertadores contra River Plate provocó una trágica comedia de equivocaciones en el que desempeñaron papeles estelares los hinchas desquiciados, las policías inútiles y los dirigentes tontos.
¿Puede caber en una mente sana que hay que apedrear el bus en que viajan personas que son del equipo contrario?
Cabe, aunque cueste creerlo. Fue lo que hicieron partidarios de River Plate cuando le tendieron una emboscada al vehículo en que viajaban los jugadores de Boca Juniors, a pocas cuadras del estadio en que se iba a desarrollar la llamada final del siglo. El superclásico argentino, protagonizado por los equipos de mayor convocatoria en el país vecino, tenía como premio, por primera vez en la historia, la Copa Libertadores. Y no pudo realizarse por culpa de ese grupo de desquiciados que no discriminan entre una rivalidad deportiva y una enemistad a muerte.
No hay para qué escandalizarse: en las calles nuestras también hay dementes que llevan camisetas azules o blancas y que son capaces de matar al que lleve camiseta del color contrario. Pero lo sucedido en Buenos Aires constituye un llamado de atención imposible de desoír.
Las lecciones son claritas y fáciles de aprender. No tanto para esos hinchas desquiciados, que no tienen remedio, sino para las autoridades del país, las policías y los dirigentes.
En la capital argentina falló todo: el bus que trasladaba a los jugadores de Boca Juniors no tenía vía expedita, como se había decretado, sino que tenía un sector descuidado. Allí, donde el bus necesariamente debía bajar la velocidad porque tenía que doblar a su derecha, se habían amontonado los barrabravas de River para esperarlos y agredirlos. Y los policías de allá, que son tan avispados como los de acá, los dejaron sueltos sin intervenir, Y cuando lo hicieron, atacaron a los que iban en el bus, y no a los agresores, lanzándoles gas pimienta.
El resultado fue desolador: ventanas quebradas por los piedrazos, astillas de vidrio en los ojos de dos jugadores, gargantas cerradas y estómagos descompuestos en el trayecto hacia el camarín.
Era obvio que así no podían jugar. Pero los genios de la Conmebol no suspendieron el partido. Lo postergaron por una hora. Y después, por una hora y cuarto más. Y cuando se dieron cuenta de que era preferible dejarlo para más adelante, la inefable Fifa, representada por su presidente, dio la orden de jugar. A los dirigentes de Boca que le plantearon que era imposible presentarse en esas condiciones físicas y anímicas, Gianni Infantino les advirtió que si no se presentaban no sólo perderían la Copa sino que serían suspendidos por cinco o diez años de las competencias de la Conmebol.
Ante tamaño chantaje, los jugadores boquenses decidieron jugar. Y no les importó que tres de sus compañeros todavía estaban siendo examinados en una clínica externa. Algo pasó, sin embargo, y la decisión final del sábado fue dejar el partido para el día siguiente.
El domingo, las puertas del estadio Monumental de River se abrieron a las 13:00, cuatro horas antes de la hora fijada para el comienzo de la final. No se sabe cómo, se había levantado la clausura del recinto, decretada por el gobierno de la ciudad por haber sobrepasado su capacidad el día anterior.
Cuando buena cantidad de hinchas comenzaba a llenar las graderías del enorme estadio, la Confederación Sudamericana de Fútbol decidió postergar el encuentro, posiblemente para el 8 de diciembre. Fue la primera reacción cuerda en todo este lío: mantener el encuentro era darle demasiadas ventajas a River Plate. Y entregar la Copa al agredido, como había solicitado Boca Juniors por la mañana, era otra aberración.
La cobertura que se produjo tras el apedreamiento mostró nuevas y originales locuras por parte de los hinchas: las cámaras mostraron a una madre que rodeaba el cuerpo de su hija, de unos ocho años de edad, con bengalas inflamables. Después las cubrió con el vestido de la pequeña y se encaminaron de la mano hacia las puertas del estadio.
“Hay que educarla”, dijo el comentarista argentino en la transmisión. ¿Educar a esa bestia?, pensaron muchos. Y me incluyo: a esa insana hay que meterla en un loquerío, si está enferma, o secarla en la cárcel, si está sana. Pero no faltarán los sociólogos compasivos, que tanto mal le han hecho a la sociedad, que propondrán lo mismo que el del micrófono. Son esos sociólogos compasivos los que hablan de educación, y no de castigo. Y siempre se vuelve a lo mismo, allá y acá: está muy bien, hay que educar, ¿pero qué se hace con los maleducados y los delincuentes de ahora?
Ahí es donde falla el sistema.
La gran final que conmovía al mundo terminó de la peor manera.
Y la pregunta quedó flotando: si esa policía es incapaz de mantener a raya a un grupo de patipelaos, ¿cómo se las va a arreglar si a alguna organización se le ocurre atentar contra alguna autoridad en la ya próxima Cumbre de Mandatarios del G 20?
