Columna de Sebastián Gómez Matus: Muere Erick Pohlhammer, poeta de la alegría
Tras haber sido desahuciado hace unos meses, el poeta ha muerto este lunes. Lamentamos profundamente su deceso y compartimos el dolor de su pérdida con la familia.
Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto: ARCHIVO
No es fácil decirlo, pero el poeta Erick Pohlhammer ha muerto. Habrá que acostumbrarse, como a todo en este país, que va despoblándose de la gente linda que supo dar a pesar de sus condiciones adversas, cada vez más adversas. Quedará en los anales que un 22 de mayo, con los liquidámbares quemándose, dejando sus cabecitas de locura en las cunetas, falleció el poeta que buscó la felicidad tanto en la vida como en la escritura, sin tomarse nada demasiado en serio. Un taoísta a la chilena que escribió poemas memorables en un tiempo en que escribir poesía era poner en riesgo la propia vida. Como señala en un poema de su primer libro: “En tiempos difíciles/ hay que levantarse temprano/ y salir a caminar”.
Erick fue un gran poeta y el tiempo lo hará más grande. Su muerte cierra la biografía y da comienzo al mito. También al oportunismo de editores y/o editoriales, que ojalá aprovechen de ponerlo en el lugar que se merece. Su alegría puede ser guía entre tanta hostilidad. También, por qué no decirlo, Erick nunca mostró mucho interés en que su obra encontrara una audiencia mayor. Esto habla de su relación con la poesía: una relación directa, libre, sin mediadores ni gestores, lejos de instituciones y el compadrazgo campante de la actualidad. En una palabra: un poeta. Generoso, genuino y grato, lejos de la “carrera de las ratas”.
Erick Pohlhammer, jamás me cansaré de reiterarlo, fue el poeta de la alegría, del goce y la inteligencia pilla. Además, su formación que contrasta con la de los advenedizos contemporáneos, que cultivan un ethos rayano en lo empresarial. Falta tiempo y voluntad para que decante este ambiente lapidario y de empalamiento público que impera en nuestro contexto.
Hay que tener muy poca perspectiva para no darse cuenta de la camaradería que tuvieron los poetas en plena dictadura para poder sobrevivir y poder escribir sendas obras.
De esa época contamos con dos figuras que animan nuestro contexto desde la humildad de los grandes: Carlos Cociña y Elvira Hernández, para nombrar a dos referentes. Su obra se condice con la forma que hacen comunidad: sin instrumentalización. Una obra resiste por su calidad, no por el andamiaje redsocialista. Será el caso de Pohlhammer también, que el año pasado sacó su último libro en vida: “Pelota muerta” (Aparte) y la antología de la Universidad de Valparaíso, Helicópteros. El tiempo hace su trabajo.
La primera vez que vi a Erick fue el año 2006 afuera del antiguo Consalud de Providencia. Me adivinó desde lejos; yo lo saludé con efusión. Terminamos leyendo un cuaderno de poemas en el Tavelli de Pedro de Valdivia. Ni él ni yo teníamos teléfono y le dejamos el reencuentro a la calle, que no nos hizo esperar mucho. A los dos meses volvimos a encontrarnos, esta vez cruzando Baquedano. Nos curamos raja en uno de los pastos cercanos al pedestal vacío. Nadie nos dijo nada, no llegó ningún paco. Nos fuimos felices.
Después tuve la suerte de que fuera jurado en un concurso de poesía en el que participé en la Universidad. Salí segundo; votó por mi libro, pero ganó una chiquilla que nunca más volvió a escribir versos, pero entiendo que es muy activa en redes sociales.
Pasó el tiempo, años que no lo vi y cuando regresé a Chile me lo topé un par de veces, siempre en la calle, caminando, viviendo. Algunas veces tomamos café; otras, mucha cerveza. Siempre compartimos poemas. Siempre hablamos de fútbol. Hasta estuvimos a punto de hacer un programa con el poeta Gabriel Zanetti, con quien siempre comentaba los partidos de Colo Colo, a pesar de que era cruzado. De hecho, en casa de Gabriel escuché su voz por última vez, pospandemia.
Erick Pohlhammer fue un hombre hermoso, un poeta que celebró la vida como pocos y que siempre tuvo espacio para el goce comunitario. Es de esperar que su obra comience a ser leída y que no arrecien las lecturas domésticas, que es la tendencia de la crítica, si acaso existe una crítica literaria en Chile, aparte de la que o bien dilapida o consagra.
Entre sus poemas, uno de los más conocidos es “Yo vi jugar a Jesús Trepiana”, cuya lectura en televisión lo hizo más popular. Cabe recordar que fue un acierto del editor Andrés Braithwaite incluir este poema en esa extraña antología de dos tomos, “Gutiérrez”.
El poema es casi un torpedo para entrar en la poética de Pohlhammer: aliteraciones y anáforas que lo conectan con el canto, con el mantra; pero sobre todo esa figura de reserva, Jesús Trepiana, arquero suplente, como quien dice “poeta suplente”.
En un texto de “Pelota muerta” señala que le gusta estar en la banca, ver desde allí el partido. Se rehúsa a la titularidad, que es la que todos buscamos. También es relevante su novia en el poema: un asiento vacío. La vacancia, la disponibilidad al amor, la imaginación puesta al servicio del amor. Sin exigencias: un poeta sentado en un estadio presencia un acontecimiento irrelevante para los demás, salvo para él y el guardavalla, que por fin entra a defender el arco de su equipo. Es un poema ejemplar dentro de la poesía de Pohlhammer.
Sin embargo, hay muchos otros poemas, como “El oficio de ser respirado”, donde coincide con Jorge Teillier en una suerte de poética de la respiración. “No es una cosa poética, sino una cosa biológica». Pohlhammer contrapuntea: “Sentirse melodía […] Suerte de hamaca inconsútil”.
Erick cultivó un castellano muy siglo de oro dentro de su registro coloquial; a veces se respiran unos endecasílabos hermosos, a veces un verso libre realmente libre, que respira desde una fuente extrapulmonar.
En fin, hay un verso que a mí me deja mudo: “La angustia es el origen llamando”.
