Columna de Luis Mora Obregón: La Moneda o cuando el país respira hondo
En La Moneda se respiraba algo distinto. No era miedo. No era rabia. Era algo más hondo, una especie de tristeza serena, como cuando una etapa termina y nadie sabe exactamente qué viene después.
Entré a La Moneda como quien entra a una casa que no es suya, pero que, de algún modo, también lo es. Porque ese palacio blanco no pertenece a los presidentes, pertenece a la historia, y la historia, en Chile, siempre nos ha dolido.
Recorrí sus patios -el de los Naranjos, el de los Cañones- donde la piedra parece guardar más memoria que cualquier archivo. Caminé por Morandé 80, la puerta por donde durante décadas entraron y salieron presidentes, asesores, escoltas, y también el cuerpo de Salvador Allende el día en que la democracia chilena fue bombardeada.
Nuestra guía, Fernanda, nos habló con una mezcla de precisión y respeto. No ocultó nada. Nos explicó cómo el palacio fue destruido en 1973 y luego reconstruido piedra por piedra, como si el país hubiera decidido no borrar la herida, sino aprender a mirarla de frente.
Visitamos la pequeña capilla católica que sobrevive dentro del edificio. Silenciosa. Sencilla. Un refugio espiritual en medio de la política dura. Y después entramos al salón Pedro de Valdivia, donde se realizan los cambios de gabinete, donde se toman decisiones que alteran el destino de millones. Allí, sobre una mesa que sobrevivió al bombardeo, se siguen firmando hoy los actos más importantes del país. Esa madera antigua no es mobiliario: es testigo.
Pero lo más fuerte no fue lo que vi. Fue lo que sentí.
En La Moneda se respiraba algo distinto. No era miedo. No era rabia. Era algo más hondo, una especie de tristeza serena, como cuando una etapa termina y nadie sabe exactamente qué viene después.
El gobierno de Gabriel Boric entra en sus últimos meses dejando cifras macroeconómicas que, objetivamente, son buenas para Chile: crecimiento, estabilidad, responsabilidad fiscal, recuperación tras una pandemia y una crisis mundial. Pero los países no sólo se miden por números. Se miden por ánimo. Y el ánimo del país está en transición.
En las calles y en las redes sociales se habla de seguridad, de migración, de un “gobierno de emergencia”, de orden, de mano dura. Se habla del futuro como si fuera una promesa o una amenaza, según quién lo diga. No es que el nuevo ciclo esté escrito, es que ya se siente.
Y en medio de ese cruce de caminos, yo dejé tres libros en La Moneda. No eran libros neutros. Eran “Marcelo Bielsa: el día que todo cambió”, “Memorias de una herida abierta” y “Caminos de barro, palabras de fuego”.
Tres libros escritos desde la ética, el dolor, el trabajo y la dignidad. Tres libros que no nacieron en oficinas de poder, sino en la vida real de un trabajador chileno herido por el sistema, pero no derrotado por él.
Los entregué con dedicatoria al Presidente. No como un gesto político, sino como un gesto humano. Como quien deja una botella en el mar para que alguien, algún día, lea una verdad que no cabe en los discursos.
Salí de La Moneda con una sensación extraña: no de derrota, no de triunfo, sino de país que respira hondo antes de seguir caminando.
Chile es eso.
Una nación que cae, se levanta, duda, pelea, se contradice y vuelve a intentarlo.
Un palacio que fue bombardeado y reconstruido.
Una mesa que sobrevivió al fuego.
Un pueblo que sigue buscando su equilibrio entre justicia y orden, entre memoria y futuro.
Por el bien de Chile, ojalá al próximo gobierno le vaya bien.
Porque cuando a Chile le va bien, nos va bien a todos.
Y La Moneda, silenciosa, lo sabe.
