Columna de Sebastián Gómez Matus: La calma antes de la lluvia o un día de la vida
Salí a caminar con un amigo y decidí acompañarlo en su recorrido tocando por algunos cafés y bares. No era un buen día de recaudo, pero pude ver algunas imágenes que sin ninguna pretensión me mostraron lo que Lefebvre llamó “Crítica de la vida cotidiana”.
Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto: TWITTER
En la calle de mis hijos hay un motel que nunca había advertido, a pesar de la luz que trasluce la puerta de vidrio. En la misma cuadra hay una galería de arte en un departamento, algo que se estiló hace unos años y que al parecer vuelve, como todo. En esa galería una vez expuso una mujer a la que admiro por lo que hace: trabaja con casas que no tiene.
Del motel sale una pareja que supera los cuarenta y roza los cincuenta. Ella, nerviosa al verme sentado en la escalinata de salida, pregunta: “¿Y qué vamos a hacer ahora?”. Él la mira con cara de “¿Qué más quieres que hagamos?”
Acaban de ducharse, acaban de “hacer el amor”. Me pregunto si serán pareja o si estarán siendo infieles con sus respectivas parejas. Sé que hay más posibilidades, pero me pregunto por esas dos.
Al rato, sale otra pareja, más joven… ¿menos experimentada? Él es grande y obeso, ella menuda y su vestimenta contrasta a tal punto con la de él que parece venir de otra época o al menos de otra cultura. Se nota que se quieren, es probable que sean pareja. Ella olvida cerrar la puerta del motel, que cierro. Se van a las risas, de la mano.
Me alegra verles alejarse en la calle y perderse entre la multitud santiaguina que vuelve o intenta volver a sus casas. La pareja desaparece de la calle de mis hijos, donde hay un motel que no había advertido, a pesar de la luz violeta que trasluce la puerta.
Mi amigo termina de tocar sus gitaneos en el café que antes era de C.W. Apenas le han dado cien pesos. Saca unas Serranitas y me pregunta con voz de compañero de curso del Liceo República de Argentina: “¿Querí una galleta?” “Sí”, respondo, “pero quiero dos”. Nos alejamos del motel al que espero volver, de puro ocioso, para ver a la gente que sale del motel y se dispersa en la multitud que intenta llegar a sus casas, después de haber “hecho el amor” o al menos haber tenido sexo.
Seguimos caminando con el miedo de encontrarme con ella. Miedo que no comunico y que disimulo. En el fondo, lo que quiero es encontrarme con ella. Entonces parafraseo la cita de Baudelaire en “Mi corazón al desnudo”: “Un poeta debe tener la fuerza de millones de personas para resistir a la sociedad en la que le tocó vivir”. Después, leo en Creeley, mi viejo amigo de hoy: “Así que ahora inventaré la poesía, como siempre lo he hecho: una palabra después de otra, convirtiéndose en algo, como sonidos, digamos, como golpes, tum tum. Todo muy conocido. Pero, cada vez que tomo el autobús, veo realmente algo nuevo. ¿Unos ojos, posiblemente?”.
Hay cierta mansedumbre en las horas previas a la lluvia, que contrasta con la erupción volcánica que vi junto a mi hijo en el sueño que tuve anoche. Esta tarde las hojas parecen una lenta marea inerte bajo los pasos pesados del trabajo y la rutina santiaguina. Este movimiento me hace pensar en algo inherente a la vida, que quizá sea la vida misma: trasiego de cosas en el tiempo y el espacio.
Mi amigo se detiene a tocar en dos boliches de Lastarria. ¿Por qué todo el mundo dice “Lastarrias”? Lo espero en la Plaza Veracruz y recuerdo aquellos días con Vera, cuyo nombre coincidía con su pueblo, en que recorrimos la costa atlántica de México buscando bares donde capear el calor y tomar cerveza mirando el mar, un mar ajeno para mí, pero que hoy es parte de mí. Recuerdo algunos tianguis de Cosamaloapan y de Xalapa, la camisa que me regaló por cinco pesos mexicanos.
Sigo leyendo a Creeley y me pongo a escribir esta crónica atrasada para el diario. Mi amigo toca las mismas instrumentales que tocó en el café de la calle de mis hijos y le dan un poco más de plata. Veo que una paca de FFEE choca con una planta de la terraza del bar y dice un garabato que no se escucha, pero que alcanzo a leer en sus labios. Se acaban de ir dos jóvenes lesbianas que estaban pololeando en una banca cercana a la mía y de inmediato llegan otras dos jóvenes lesbianas casi iguales a las anteriores, pero que están recién conociéndose. La chica que dibuja mandalas a mi lado es hermosa y no toma alcohol, al menos eso me dijo cuando pasaron ofreciendo cerveza y a ambos nos provocó risa el modo en que las pregonaba el vendedor.
SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS
Poeta y traductor. Ha publicado “Animal muerto” (Aparte, 2021) y “Po, la constitución borrada” (facsímil digital). Entre otros, ha traducido a John Berryman, Mary Ruefle, Zachary Schomburg y Chika Sagawa. Forma parte del colectivo artístico transdisciplinar Kraken.
