Columna de Rodrigo Araya: ¿Chiloé o Chilhué?
El pasado 19 de enero se conmemoró el bicentenario del Tratado de Tantauco, documento que sella la capitulación de las tropas lideradas por Antonio Quintanilla, y por lo tanto, la victoria del ejército comandado por Ramón Freire.
El 19 de enero de 1826, el rey de España entrega al Estado de Chile las tierras que conforman el archipiélago de Chiloé, poniendo fin a la presencia imperial en el territorio nacional de ese momento.
Así lo dice el artículo primero del documento: “La provincia y archipiélago de Chiloé con el territorio que abarca y se halla en poder del Ejército Real será incorporada a la República de Chile como parte integrante de ella, y sus habitantes gozarán de la igualdad de derechos como ciudadanos chilenos”.
En 2010, el bicentenario de Chile se celebró en Chile. En 2026, el bicentenario de Chiloé se celebró en Chiloé… y no mucho más fuera del archipiélago. Esto, claro, sin considerar Magallanes, tierra chilota desde 1843, cuando la goleta “Ancud”, comandada por John Williams (o Juan Guillermos como se le conoce en Chiloé) y con una gran presencia de chilotes y chilotas entre sus 23 tripulantes, llevó la presencia chilena hasta esa parte de la Patagonia.
¿Fueron sólo los incendios y sus desgarradoras consecuencias los que sacaron esta efeméride de la agenda? Tal vez los medios nacionales no disponían recursos para enviar a reportear a la zona. Ello, ya que tuvieron que priorizarlos en cubrir los incendios. Suena muy comprensible.
¿El Presidente Boric no pudo acompañar a la comunidad chilota? Se disculpó de asistir, pues tuvo que priorizar la emergencia. Suena muy comprensible.
Sea por lo que sea, el modo en que se vivió este bicentenario en el país, contribuye a consolidar ese sentimiento de postergación que se palpa en la isla grande y el mar interior.
No es para menos, si se considera que la comunidad organizada de Chiloé (por ejemplo, Red Cultura de Chiloé) trabajó con anticipación suficiente para conseguir que el Estado de Chile hiciera algo más que un acto por la efeméride, es decir, que impulsara un plan integral que permitiera mejorar las condiciones de vida de las y los habitantes de la provincia.
Ya en 2023, los aportes de este trabajo ciudadano comenzaron a entregarse a las autoridades.
Y la sensación que hoy queda es que ni el bicentenario sirvió para que el sentimiento de postergación se mitigara, aunque fuera momentáneamente.
¿Por qué Chiloé, y las y los chilotes, debieran sentir que merecen más del Estado de Chile?
Hay motivos históricos.
La Patria Vieja se puede entender como la primera guerra civil en Chile, si se considera que el ejército realista estaba conformado fundamentalmente por chilotes. Y dado el resultado, se puede afirmar que no son malos combatientes.
La anexión de Magallanes se logró gracias a los chilotes.
Pero también culturales.
Chiloé debe ser la única zona del país con mitología, música y gastronomía propias. Dentro de sus costumbres, hay una, el quercún, que me parece maravillosa: si el mal tiempo impide continuar con la navegación, la persona busca un lugar protegido, y a la familia que allí vive le solicita quercún, es decir, refugio hasta que el mal tiempo pase (eso puede ser unas horas o una semana). La hospitalidad con los mochileros, que aún se observa en algunos lugares de la provincia, es herencia del quercún.
Y también identitarios.
Chiloé es y ha sido usado por el Estado de Chile para fortalecer la identidad nacional. “Dónde va la lancha”, “El gorro de lana”, son canciones que no faltan en un repertorio que aspira ser nacional. O un vals chilote, que con un simple un-dos-tres mental, puede ser bailado sin desentonar en demasía.
A pesar de ello, en el resto del país se popularizó “Levántate hombre flojo”, cantada por Los de Ramón… Y la respuesta vino de un cacique huilliche de Chiloé: José Santos Lincomán (1910-1984): “Cuentan que los chilotes son malos pa trabajar…”. Esta poesía, luego musicalizada, “Desagravio al Chilote”, surge de la claridad de saber que la colonización de Magallanes y buena parte de la Patagonia argentina, como de Aysén, e incluso en lo que hoy es la Región de los Lagos, y hasta algo de Los Ríos, se logró gracias al esfuerzo chilote, no a hombres flojos que no se levantaban para ir a pescar.
La enumeración de motivos podría continuar, pero ello no permite contestar la pregunta: ¿por qué este sentimiento de postergación?
Creo que la cuestión central tiene que ver con el orgullo de ser chilote. Saber que a pesar de colonización y luego intento de homogenización por parte del Estado de Chile, la cultura chilota sigue fuerte, no puede dejar espacio a otro sentimiento que no sea el orgullo.
La labor impulsada por el obispo emérito de Chiloé, Juan Luis Ysern, aportó en esta línea, poniendo de relieve la incapacidad de comprender la identidad cultural de Chiloé, y cómo esto se expresaba en los modelos de desarrollo que se querían, dictadura mediante, imponer en la zona.
La paralización del Proyecto Astillas, que capitales japoneses con el auspicio de Corfo querían implementar en Chiloé, fue una victoria de la perspectiva sobre la importancia de evaluar el impacto cultural de este tipo de iniciativas productivas. Sin embargo, al resultado favorable de 1978 (en plena Dictadura) le siguieron los cultivos marinos, y allí, poco o muy poco se pudo hacer.
Las jaulas de salmones no sólo cambian el paisaje de buena parte del archipiélago, sino también la relación de las y los chilotes con la naturaleza. Y con los otros, cuestión que la minga, el trabajo comunitario que no busca más recompensa que poder compartir comida y bebida, refleja tan bien.
Para el centenario de Chile, el Estado construyó, entre otras obras, el Museo de Bellas Artes, tal vez para decir que luego de un siglo, los chilenos ya estaban en condiciones de apreciar el canon artístico europeo.
En tanto que para el centenario del Tratado de Tantauco se levantó un monolito recordatorio, precisamente en el sector de Tantauco (en las afueras de Ancud, camino a Castro). No mucho más. Ojo que el Tantauco original nada tiene que ver con el Parque Tantauco, propiedad de los Piñera.
¿Por qué esta dificultad del Estado de Chile para reconocer a Chiloé?
Una de las respuestas a esta pregunta radica precisamente en el orgullo chilote por su cultura, y las dificultades del Estado para reconocer la diversidad identitaria al interior de la Nación.
Los festivos regionales, como el 2 de octubre en Rancagua, no son suficientes para asumir que somos una nación eminentemente diversa. Diversidad que, gracias a Chiloé (no sólo a esta zona, claro está) resulta difícil de obviar.
Esto queda más claro cuando se tiene presente que no es el bicentenario de la Independencia de Chiloé, sino el bicentenario de la anexión de Chile a la República de Chile.
Y allí, el Estado tuvo que elegir entre respetar la identidad cultural preexistente al Estado mismo, o asimilarlos a la naciente identidad nacional. La asimilación fue la opción tomada, pero no se correspondió con esfuerzos modernizadores de la zona.
¿Y cuál fue la respuesta chilota? Preservar su identidad cultural, difundirla, transmitirla a las nuevas generaciones, compartirla con otras zonas del país. Y esto ha sido exitoso, hasta el día de hoy.
Chilhué es el nombre original del territorio, que en el mapudungun mapuche-huilliche significa tierra de chelles, un pájaro de la zona que es una suerte de gaviota pequeña, lo que permite que también se entienda como Tierra (hue) de gaviotas. Y se conserva hasta hoy.
Esto permitirá entender porqué, si fuera necesario, en el archipiélago se va a proteger al chelle. Y no para impedir el desarrollo, sino para preservar la identidad cultural, aquella que por 200 años al menos se defiende.
RODRIGO ARAYA
Periodista de la Universidad de Chile, con estudios de posgrado en el área de Comunicación y Cultura. Desde 1996 se dedica a la docencia universitaria. Sus ámbitos de estudio son Teoría del Periodismo, Comunicación y Cultura y Pensamiento Poscolonial. Ha publicado textos en revistas y capítulos de libros, en castellano e inglés.
