Columna de Miguel Ángel San Martín: La clave está en la verdadera democracia

La democracia, como buen invento humano, es también proclive a ser manipulada con intenciones diversas, la mayoría de las veces, en forma perversa. Cada cual busca favorecer sus intereses personales “pase lo que pase y pise a quien pise”.

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Por Miguel Ángel San Martín, desde España
Actualizado el 18 de diciembre de 2025 - 2:08 pm

En Chile no necesitamos iluminados ni salvadores de la Patria, sino que líderes preparados / Foto: ARCHIVO

Confieso que estoy desorientado. Lo ocurrido el fin de semana pasada en Chile, mi país original, con las elecciones presidenciales, me tiene desconcertado, desorientado y sin poder hilvanar ideas suficientes como para sacar alguna conclusión que involucre sentido común y explicar lo ocurrido para encontrar una estrategia suficiente como para ir derribando muros de intolerancia y tapar grietas profundas de división social.

Se me ocurre recurrir al sentido de las palabras, en primer lugar. Porque si no usamos un lenguaje común, difícil será encontrar explicaciones y puntos de encuentro. Convengamos en lo que es evidente: la democracia es el único sistema de convivencia social que la Humanidad se ha dado para crecer y avanzar en paz. Es un invento de hace siglos, con origen en los sabios griegos y que, en razón de su propia definición, es la fórmula más acertada para que la gran mayoría de los ciudadanos se sientan bien representados a la hora de organizarse en forma racional y equitativa.

La democracia, como buen invento humano, es también proclive a ser manipulada con intenciones diversas, la mayoría de las veces, en forma perversa. Cada cual busca favorecer sus intereses personales “pase lo que pase y pise a quien pise”. Y eso no es bueno para el conjunto de la sociedad. Por lo tanto, lo primero que se me ocurre es apuntar hacia el retorno a los orígenes de la democracia, sacudirse de los personalismos y alzar la vista con mirada amplia, generosa y solidaria.

En Chile hemos tenido, en general, una historia social tranquila, cargada de matices que le dan dinamismo al devenir humano. “De la discusión nace la luz”, dijo un antiguo pensador, indicando que el camino es el del diálogo, del intercambio de ideas, del análisis de la realidad y de la búsqueda constante de las mejores fórmulas de crecimiento con equidad.

Todo bien, hasta que se llegó a tocar los bolsillos interesados de un sector que busca el crecimiento individual por sobre el colectivo. Está claro que ese “toque de bolsillo” fue más allá de lo tolerable en la circunstancia que se vivía, y se apretó el acelerador sin medir las consecuencias de que “la tortilla no se debe dar vuelta, sino que se debe cocer con equidad y por parejo”. Y la respuesta fue absolutamente violenta, desmesurada, irracional. Y se abrió la brecha de la división social, a un costo que no es fácil de pagar, perdonar u olvidar.

Hace sólo unos días, esa brecha se volvió a abrir, porque no hubo más alternativas que dos polos muy opuestos. Y se emplearon a fondo todas las iniciativas posibles como para aniquilar al rival. Y eso es producto de la falta de cuidados del desarrollo de la verdadera “democracia”.

Hemos sido víctimas del odio, del rencor, de la confrontación permanente y de la descalificación sin límites. Y todo ello significó la apertura de las puertas a la corrupción, al delito y al individualismo excluyente. La “Ley del más fuerte” se apoderó de nuestra sociedad. El más fuerte físicamente…

Por lo mismo, creo sinceramente que hemos tocado fondo. Debemos recurrir a los antiguos griegos que pensaron en el bien general por sobre el individual. La moral y la decencia por sobre la indecencia y la violencia abusiva. Porque, si seguimos por el camino por donde hemos transitado en el último medio siglo, nunca levantaremos cabeza ni volveremos a ser el país referente en el concierto internacional, donde la solidaridad y el generoso empuje colectivo nos lleve a cotas más alta de progreso y del crecimiento maduro de sociedad del bien.

En democracia, quienes ganan deben respeto a quienes pierden. Las mayorías escuchan y dialogan con amplitud de criterio con las minorías. Y aquellos derrotados, convertidos en minorías, reconocen a las mayorías y aportan con criterios de crítica constructiva, con ideas diferentes, para llegar al mismo fin: el desarrollo común.

Chile nos necesita a todos. Y necesita también a quienes emigran desde otros sitios y que entregan sus ilusiones a través de experiencias e idiosincrasias diferentes. No necesitamos “iluminados ni salvadores de la Patria”. Necesitamos líderes ciertos, certeros y preparados. Formados en la cultura de lo amplio y generoso, lejos de la corrupción que todo lo destruye.

Necesitamos educación y mano solidaria. Criterios formados y sentido común. En definitiva, debemos fortalecer nuestra democracia que se basa en el respeto común y en la autocrítica profunda y sincera. Reconocer nuestros errores y corregirlos con razones indiscutibles.

En el diálogo está la clave. En el intercambio de ideas. En las mejores intenciones para las grandes mayorías. Y en el respeto fraterno a quienes se convierten en minorías aportantes y dinamizadoras.