Columna de Luis Mora Obregón: Venezuela y la vieja pregunta de América Latina

Venezuela vuelve a colocar a la región frente a una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿Cómo defender la democracia sin sacrificar la soberanía ni repetir errores históricos?

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Por Luis Mora Obregón
Actualizado el 6 de enero de 2026 - 1:20 pm

Venezolanos protestan en Caracas contra la invasión estadounidense / Foto: AGENCIAS

Las elecciones venezolanas fueron ampliamente cuestionadas a nivel internacional. Ese hecho no puede ignorarse. Los pueblos tienen derecho a procesos electorales transparentes, creíbles y libres. Sin embargo, la historia latinoamericana demuestra que cuando la solución se diseña fuera del país afectado, los resultados suelen ser frágiles, costosos y socialmente devastadores.

Chile lo sabe. Centroamérica lo sabe. El Cono Sur lo sabe. Las transiciones impuestas, aun cuando se presenten bajo discursos de libertad o reconstrucción, terminan dejando heridas más profundas que soluciones reales. La democracia no se consolida bajo tutela ni presión externa, sino cuando surge desde la propia sociedad, con instituciones fortalecidas y acuerdos amplios.

En medio de este debate global, hay una dimensión que a menudo se pierde: la humana. Miles de venezolanos viven hoy en Chile. Trabajan, emprenden, cuidan niños y adultos mayores, pagan impuestos y aportan a la vida cotidiana del país. No son un problema geopolítico ni una cifra estadística. Son personas que cargan con el dolor del desarraigo y con la esperanza intacta de volver a su tierra.

Los mismos de siempre

Ellos no piden venganzas ni invasiones. Piden paz y estabilidad. Piden que Venezuela encuentre un camino propio, sin violencia, sin imposiciones y sin nuevos traumas colectivos.

El mundo actual parece moverse en grandes bloques de poder, donde los intereses estratégicos a veces se imponen sobre los principios. Pero América Latina no puede olvidar su memoria. Cada vez que otros decidieron por nosotros, el costo lo pagaron los pueblos.

Defender la democracia implica exigir elecciones limpias, respeto a los derechos humanos y pluralismo político. Defender la soberanía implica rechazar salidas que repitan viejos esquemas de dominación. Ambas cosas no sólo pueden coexistir: deben hacerlo.

Venezuela necesita una transición en paz. No un nuevo vencedor, sino un país que se reencuentre consigo mismo. Y quienes hoy viven lejos de su patria merecen que esa esperanza no se utilice como instrumento político, sino que se cuide como lo que es: un acto de amor por su país.

Porque, al final, ninguna reconstrucción vale la pena si se levanta sobre el dolor de los mismos de siempre.