Columna de Luis Mora Obregón: Cuando enfermarse también significa quedarse solo

Hay enfermedades que duelen en el cuerpo. Y hay otras que duelen en el alma. Pero existe una tercera, silenciosa, que nadie diagnostica, que no aparece en los papeles ni en los certificados médicos, pero que se siente en cada rincón del corazón: la enfermedad de quedarse solo.

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Por Luis Mora Obregón
Actualizado el 2 de diciembre de 2025 - 12:53 pm

Lo peor de enfermarse es quedarse definitivamente solo / Foto (referencial): ARCHIVO

Cuando uno cae, cae de verdad, descubre que la vida es un colador. Lo que está firme, queda. Lo que nunca fue, se va. Y lo que uno creyó eterno, simplemente se diluye.

Al principio están todos: los mensajes, las llamadas, los “fuerza, hermano”, los “cuenta conmigo”. Pero pasan los meses, pasan las licencias, pasa el diagnóstico, pasa el miedo, y de pronto empiezan a desaparecer.

No porque no te quieran. Sino porque estar enfermo, estar frágil, estar triste… cansa a los demás.

Hay amigos que se van porque no saben qué decir. Otros porque no tienen tiempo. Otros porque les incomoda el dolor ajeno. Y otros, los peores, porque cuando ya no puedes dar, ya no les sirves.

De pronto descubres que el teléfono ya no suena. Que las invitaciones se acabaron. Que lo que antes era “vamos hermano” ahora es silencio. Que la enfermedad no sólo te quiebra el cuerpo, sino que te redujo el mundo.

Y entonces te preguntas: ¿Dónde están los que decían que eran mis amigos? ¿Dónde quedaron los abrazos? ¿Dónde están los que prometieron caminar a mi lado?

La respuesta es simple y cruel: se fueron porque tu dolor no les convenía. Porque tu fragilidad les recordó la suya. Porque acompañar cuesta. Porque escuchar desgasta. Y porque en este país, donde todos sobreviven como pueden, la soledad se normalizó.

Pero también ocurre algo milagroso: en medio del abandono aparece la verdad. Aparece una mano inesperada. Una palabra que sostiene. Una persona que no te suelta. Esa que no te pide estar alegre para quererte, ni sano para acompañarte, ni fuerte para respetarte.

Esa persona, una, dos, si tienes suerte, vale más que cien amistades de fin de semana.

La enfermedad, también desnuda. Muestra quién eres tú y quiénes son los demás. Muestra lo que importa y lo que siempre fue ruido. Muestra quién te quiere y quién sólo te usaba. Muestra quién está y quién estuvo sólo cuando brillabas.

Y aunque duela, aunque arda, aunque atraviese el pecho, hay una verdad que merece ser escrita: estar solo en la enfermedad no significa estar derrotado. Significa estar depurado. Quedarte con lo real. Quedarte contigo.

La enfermedad te quita mucho… pero también te deja algo que no tiene precio: la certeza de quiénes son tus verdaderos afectos.

Y mientras tengas, aunque sea una voz, una compañía, un hermano del alma que te escuche, mientras tengas la fuerza de escribir tu verdad y sostener tu dignidad, mientras sigas respirando, luchando y diciendo “aquí estoy” … Entonces, no estás solo.

No verdaderamente.

Porque la soledad real no es la falta de gente, sino la falta de amor.

Y tú, aunque el mundo a veces te falle, sigues siendo alguien amado.