Columna de Luis Mora Obregón: Chile y la esperanza administrada
Chile no vota sólo programas ni ideologías. Chile vota cansancio, miedo, rabia y frustración acumulada.
En cada elección se repite la escena: millones depositan en una papeleta la esperanza de que algo cambie, mientras otros —los verdaderamente influyentes— observan tranquilos, sabiendo que el rumbo profundo del país difícilmente se moverá.
No se trata de falta de inteligencia ciudadana. Se trata de agotamiento social. Cuando la vida se va en trabajar, sobrevivir y pagar cuentas, pensar con calma se vuelve un lujo. En ese vacío florecen la telebasura y los discursos simples para problemas complejos.
Así se construyen líderes sin experiencia real para conducir un país. Rostros diseñados para la pantalla, no para la historia. No llegan ahí por azar: los poderes fácticos necesitan dirigentes moldeables.
Porque en Chile los poderes reales no se eligen. Se financian, se coordinan y gobiernan sin aparecer.
El país oscila entre extremos políticos sin que lo estructural cambie. No es convicción: es orfandad política. Se rechaza el cambio no por satisfacción con el modelo, sino por miedo al vacío.
Mientras tanto, el relato oficial sigue intacto: crecimiento, competitividad, inversión. Se crean empresas y se celebran utilidades, pero los trabajadores siguen la ruta del desgaste y el endeudamiento.
Cuando el trabajo no garantiza dignidad, el azar reemplaza al derecho. El Kino y el Loto se vuelven la última política social imaginable.
Mi padre tiene 79 años. Está enfermo y sigue trabajando porque su jubilación no le alcanza para vivir. No es una excepción: es el retrato de miles.
Chile es un país rico, sostenido por gente pobre. Moderno en cifras, agotado en cuerpos.
Y aun así la gente sigue creyendo, no por ingenuidad, sino porque rendirse duele más que equivocarse.
Tal vez Chile no cambie hoy ni mañana. Pero cada vez que estas verdades se dicen en voz alta, el silencio pierde poder.
Los países no despiertan cuando se les autoriza. Despiertan cuando ya no pueden seguir durmiendo tranquilos.
