Columna de Luis Mora Obregón: Chile merece saber y tenemos que leer para saber
Chile vive un momento decisivo. Y aunque muchos prefieran mirar hacia otro lado, hay una responsabilidad que ningún ciudadano puede delegar: leer para saber. Porque los países no retroceden en un día; retroceden cuando dejan que otros decidan por ellos sin preguntar, sin revisar, sin cuestionar.
Hoy, frente a nuevos programas presidenciales que prometen orden y progreso, es urgente decir la verdad con claridad brutal. Hay propuestas que significan un retroceso histórico en derechos sociales.
No interpretaciones. No exageraciones. No campañas: hechos.
Y como nadie lo dirá en voz alta, lo digo yo.
Cuando un programa político habla de “flexibilizar la jornada laboral”, lo que eso significa —en castellano real y no en lenguaje técnico— es volver a la lógica de trabajar más por el mismo sueldo, de romper el límite de las 40 horas, de debilitar la vida familiar y personal de millones de trabajadores.
Cuando se insiste en un sistema de pensiones basado exclusivamente en el ahorro individual, se está diciendo algo muy simple: si no ahorras lo suficiente, trabajarás hasta que el cuerpo te diga basta.
Sin PGU robusta.
Sin solidaridad intergeneracional.
Sin el mínimo piso digno que merece cualquier adulto mayor de un país que dice respetar a quienes lo construyeron.
Cuando se propone un Estado pequeño, mínimo, reducido, lo que se recorta no son trámites ni burocracia: se recortan derechos.
Se recorta salud pública. Se recorta educación. Se recorta apoyo social a personas vulnerables. Se recorta protección laboral. Y, por, sobre todo, se recorta futuro.
Pero aquí está la gran trampa del siglo XXI: estos recortes no se anuncian abiertamente. Vienen escondidos en palabras bonitas como “eficiencia”, “libertad”, “modernización”, “focalización”.
Por eso insisto: tenemos que leer para saber.
Leer para entender lo que realmente se está proponiendo.
Leer para no entregar nuestros derechos envueltos en papel de regalo.
Leer para que mañana nadie tenga el descaro de decir que “no lo vieron venir”.
Y hay algo más que debe incomodar, aunque duela decirlo: en Chile, cada vez que la élite política habla de “ajustarse el cinturón”, siempre termina ajustándoselo el mismo grupo: los trabajadores, la clase media endeudada, los adultos mayores, las familias que sobreviven en base al sacrificio diario.
Este país merece honestidad.
Merece un debate serio, no slogans vacíos.
Merece que lo digamos con todas sus letras: hay programas que ponen en riesgo derechos conquistados con décadas de lucha social.
El silencio no es neutral. El silencio favorece al más fuerte. El silencio permite que los recortes avancen sin resistencia.
Y por eso escribo esto. Porque amo a mi país.
Porque sé lo que significa vivir con esfuerzo.
Porque vengo de abajo y conozco el valor de cada derecho conquistado.
Porque he visto a demasiadas personas sufrir cuando el Estado se retira y deja todo en manos del mercado.
Yo no escribo para crear miedo. Escribo para crear conciencia.
Porque la verdad no se negocia, y Chile tiene derecho a saber la verdad completa.
Que se incomoden los que tengan que incomodarse. Que se molesten los que quieran molestar.
Mi deber —nuestro deber— es decirlo: Chile merece saber.
Y para saber, primero tenemos que leer.
