Columna de Ignacio Figueroa: Suicidio, eutanasia y neoliberalismo

La destrucción sistemática del tejido social, junto al control acérrimo de los medios de comunicación, hicieron cambiar de rumbo la sociedad desde lo comunitario hacia el individualismo.

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Por Ignacio Figueroa
Actualizado el 1 de enero de 2026 - 2:37 pm

En Chile mueren más personas por suicidio que por homicidio / Foto (referencial): ARCHIVO

Los turistas al visitar Santiago de Chile admiran una ciudad moderna, les extraña que exista una capital así en Sudamérica. La verdad es que los extranjeros sólo conocen la parte atractiva de la urbe, evitando los lugares donde la modernidad quedó equidistante.

El neoliberalismo modeló una ciudad segregada en guetos de acomodados, el resto vive en poblaciones similares a cualquier otra ciudad latinoamericana.

El Metro, camino al suicidio

Estos extranjeros lo que más admiran es el Metro, considerado uno de los más modernos de Latinoamérica. Quienes viven en Santiago no se extrañan que con cierta frecuencia el tren subterráneo suspenda sus servicios bajo la eufemística premisa de “personas en la vía”. En realidad, se trata de individuos que saltan a la pasada del convoy para atentar contra sus vidas.

Es un problema crónico de salud pública que ha hecho que la empresa estatal invierta en poner barreras que impidan el salto mortal de los ciudadanos chilenos a las vías de la muerte.

Los primeros en lo siniestro

Como antecedente histórico, Chile fue el primer país del mundo en implementar el neoliberalismo, en un experimento que tuvo como génesis el Golpe de Estado de 1973. Pinochet, sin tener idea de qué hacer en el plano económico, conociendo solamente el “arte” de asesinar y torturar a cualquiera que fuera considerado “comunista”, es decir, a cualquier opositor a su dictadura, dejó en manos de los Chicago Boys las riendas del quehacer económico para tras el shock, implementar el neoliberalismo.

La imposición de la nueva doctrina fue dolorosa pero efectiva, a pesar de diferentes crisis económicas una dictadura férrea logró enquistar el neoliberalismo en la sociedad.

La violencia como fórmula

La terapia de shock del régimen militar consistió en eliminar los sindicatos, los partidos políticos y la organización social, a través de una copiosa dosis de asesinatos y de la aplicación de la tortura de manera sistemática y generosa.

El shock demostró que la violencia era una forma álgida de ganar la batalla cultural cambiando radicalmente a una sociedad que democráticamente había optado por un proyecto popular.

El pinochetismo se convirtió en pedagogía del terror que ha sido imposible de erradicar hasta llegar al triunfo de la ultraderecha en las últimas elecciones presidenciales.

La traición ha sido parte fundamental de la imposición del neoliberalismo, logrando su plena condición ya en democracia, cuando sectores del progresismo aceptaron que era la mejor forma de manejar la economía.

El “sueño chileno”: ser de la elite

La destrucción sistemática del tejido social junto al control acérrimo de los medios de comunicación, hicieron cambiar de rumbo la sociedad desde lo comunitario hacia el individualismo, desde un proyecto popular hacia uno basado en el bienestar de los más acomodados, donde el sueño americano del chileno es ser parte de la elite.

No es de extrañar entonces que en una sociedad disociada las tasas de suicidio sea una de las más altas del mundo. Las personas se encuentran solas frente a las exigencias de un modelo económico que les obliga a la generación de importantes recursos para sobrevivir ya que todo se comercializa desde la salud, la educación, el esparcimiento o la seguridad.

Quienes no pueden generar estos ingresos, quedan descartados para el goce de la modernidad.

Quienes tienen poder adquisitivo pueden disfrutar de las bondades de un paraíso del consumo, acceder a servicios del primer mundo, de lo contrario, deben endeudarse o conformarse con las penas del subdesarrollo.

Un tema olvidado o poco conveniente

Curiosamente, los altos índices de suicidio como elemento clave de salud pública no fue un tema relevante en la última elección presidencial, como sí lo fueron los índices de homicidios.

Chile tiene una tasa baja de asesinatos en comparación con otros países latinoamericanos, sin embargo, es éste el tema que se convirtió en clave para decidir el futuro político de la nación.

El control de la agenda política a través de los medios de comunicación de masas sirvió como caja de resonancia para centrar la atención pública en los casos criminales que fueron convertidos en la razón central de la campaña electoral, en una borrachera de propuestas de mano dura.

El miedo como factor político repite el patrón de la dictadura cívico militar, permitiendo dar una vuelta de tuerca más al modelo. Las propuestas económicas de José Antonio Kast profundizan el neoliberalismo prometiendo que las tasas de suicidio se incrementarán.

El efecto por sobre las causas

Las escasas propuestas sobre cómo evitar el suicidio se enfocan como salud mental sin la carga política de crítica al modelo, quedan, en la práctica, en el anecdotario electoral.

Por lo general, la discusión política se basa en los efectos, raramente se acude a las causas para corregir aspectos brutales de la sociedad, en una teoría evolutiva social, donde, no el más apto, sino el más despiadado, prospera: depredador o depredado.

Proyecto de futuro incierto

En el gobierno de Gabriel Boric se está discutiendo en el Parlamento una tímida ley de eutanasia, pero es altamente probable que bajo el alero de un gobierno ultraconservador y de ultraderecha, ésta desaparezca de la agenda pública, ya que los católicos están en contra de atentar contra la propia vida, aunque no les importe que las personas hastiadas salten a las vías del Metro en lo que podríamos denominar un aborto tardío, porque se oponen en atentar contra los no natos, pero no contra los ya nacidos.

Si es que la ley de eutanasia continua en discusión parlamentaria y se llegase a aprobar, es factible que adquiera los rasgos neoliberales del modelo enquistado.

Una solución para los que tienen dinero

La eutanasia como una forma civilizada de poner fin a la vida, será un privilegio para quienes tengan los recursos para financiarla en un mundo donde lo privado tiene absoluta preeminencia sobre lo social, lo individual por sobre lo colectivo.

Mientras, las clases populares que no podrán acceder al beneficio seguirán soportando altos índices de suicidio, pero tendrán que buscar otras formas de poner fin a sus vidas, ya que el Estado invierte en cerrar las vías del Metro para que los desesperados no puedan poner fin a sus sufrimientos interrumpiendo el funcionamiento de uno de los trenes subterráneos más modernos y extensos de América Latina.