Columna de Ignacio Figueroa: Naciones Unidas versus Leviatán

La intención de EEUU de eliminar a la ONU muestra su visión política de mantener la unipolaridad. Por el contrario, los países que apoyan el nacimiento de un mundo policéntrico quieren reformarla, para que represente cabalmente los principios del multilateralismo.

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Por Ignacio Figueroa
Actualizado el 2 de octubre de 2025 - 10:36 pm

Trump durante su discurso en la 80ª sesión de la Asamblea General de la ONU. Foto: ARCHIVO

Al final de la Segunda Guerra Mundial (II GM), en octubre de 1945, nace la Organización de la Naciones Unidas (ONU). Lo hace bajo los más altos estándares de humanismo, como reacción de un mundo hastiado de las atrocidades de la guerra.

En 2025, la principal potencia del mundo da por terminada la capacidad de la ONU para incidir en los conflictos. Donald Trump en su discurso en la Asamblea General, enunció una declaración de intenciones de defenestrar a la organización. La acusa de impotente para resolver las guerras e -incluso- de sabotear su intervención.

Trump, el líder del eufemísticamente llamado “mundo libre”, asume que su conducción de los destinos de la humanidad está por sobre cualquier crítica u oposición.

De esta forma, durante la 80ª sesión de la Asamblea General, declara la llegada de una nueva era. La época donde el Leviatán americano impondrá su estrategia sin necesidad de alianzas, donde el derecho internacional es reemplazado por la lógica de la fuerza.

Pérdida de vidas

Los cuestionamientos a la ONU por parte de Trump en su discurso busca eliminar la ideología woke. Sin embargo, su postura neofascista busca la eliminación del humanismo más allá del “wokismo”, considerando que esa ideología (que sirvió para dividir a la izquierda), ya no es rentable, lo mismo que la propia existencia de la ONU.

Tras el término de la Primera Guerra Mundial (I GM) existieron consecuencias contradictorias. Por un lado, el Tratado de Versalles, antecedente directo del inicio de la II GM al obligar a Alemania a pagar costos de la guerra. Y, por otro, el nacimiento de la Sociedad de las Naciones. Esta tenía por misión terminar con los conflictos armados mediante la promoción de la cooperación internacional y el mantenimiento de la paz.

Después de la II GM, las naciones llegaron al consenso de que debiese existir una especie de gobierno mundial que evitara llegar a situaciones extremas.

Las ciudades de los países donde se desarrolló la conflagración estaban en ruinas, la población civil había sufrido un daño extremo. Pero con diferencias significativas en los costos pagados: la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) perdió un estimado de 27 millones de personas. China, 20 millones; Alemania, 7.7 millones; Japón, 2.8 millones. En contraposición, Estados Unidos perdió 500 mil; Francia, 600 mil y Reino Unido, 450 mil.

Partición emocional

Más aún, la guerra dejo incólume la fuerza productiva de Estados Unidos. Se convirtió en el gran ganador y en la primera potencia mundial proveedora desde tecnología a materias primas. Pero, preferentemente, capital para apalancar la ideología del capitalismo americano en los países europeos y en sus satélites asiáticos (Corea del Sur y Japón).

El consenso en la importancia de la ONU asumió su primera prueba en la guerra de Corea. Allí, Estados Unidos obtuvo un mandato del organismo para intervenir apoyando las fuerzas del sur contra la invasión del norte. Se consolidó una coalición de naciones encabezadas por EEUU, Francia, Reino Unido y Australia, entre otros.

Los países occidentales que habían sufrido menos bajas durante la II GM utilizaron a la ONU para sus fines geopolíticos. Mientras, los países que mayores costos pagaron en la guerra apoyaron a Corea del Norte.

La división de Corea se remonta a la propia II GM. Así, el sur concentró la población que había ayudado a la invasión japonesa, que quedó bajo la égida de los Estados Unidos. En cambio, el norte concentró a la población contraria a los japoneses, apoyados por la URSS y China, en una partición ideológica pero preferentemente emocional entre colaboradores y la resistencia.

El emperador impone su visión

La ONU funciona desde sus comienzos como un brazo diplomático de EEUU, utilizándola para llevar adelante su política imperialista. Y sí, la URSS usó su poder de veto en el Consejo de Seguridad para sus fines geopolíticos (invasión de Afganistán de 1979). Pero EEUU mantuvo una estrategia constante de emplear sus prerrogativas cuando le conviene (primera guerra del Golfo) e ignorarla cuando no (Vietnam, invasión de Irak, Palestina, etcétera).

El Consejo de Seguridad (CSNU) se convirtió en un ente anacrónico, no solamente por imponer la voluntad de cinco países al resto del mundo, sino que también, por quiénes lo componen. La arquitectura de la CSNU se deriva de la II GM y representa a los países victoriosos que mantienen derecho a veto. Es decir, Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido.

Las capacidades de Francia y Reino Unido quedan exclusivamente en la fuerza de sus respectivos paraguas nucleares, Mientras que desde el punto de vista geopolítico cada día aumenta su irrelevancia. En contraposición, India, tercera economía mundial y el país más poblado del mundo, en posesión de disuasión nuclear, queda excluido.  Lo mismo que Brasil, como genuino representante de los intereses del Sur Global.

La última Asamblea General de la ONU dejó en evidencia la soledad en que está el liderazgo de EEUU. Claro, secundado irrestrictamente por líderes mesiánicos, como el genocida Netanyahu o el vesánico Milei. Se creó una fisura mayor entre los aliados occidentales, donde el emperador impone sus puntos de vista a sus vasallos. Ya no los convence con lisonjas o dádivas.

Rebelarse contra la tiranía

En oposición, más de 150 de los 193 países con escaños en la ONU reconocen el Estado Palestino. Y la propia ONU declaró que Israel comete genocidio en Gaza.

En paralelo a la Asamblea General, Trump y Pete Hegseth, su flamante ministro de la Guerra (EEUU le cambió el nombre a la Secretaría de Defensa), organizaron una reunión con centenares de generales estadounidenses desplegados por todo el orbe. A la usanza de los centuriones y procónsules de la Roma imperial.

Les recalcaron su visión estratégica de desafío al mundo: “prepararse para la guerra, recuperar el ethos guerrero y los estándares físicos masculinos. Los enemigos se están agrupando y las amenazas están creciendo” (…). “No más culto al cambio climático, no más división, distracción o delirios de género”.

Con esto se pone fin a la preponderancia de la maquinaria de las relaciones públicas. El entramado que significó la hegemonía cultural (superestructura) de EEUU es sustituido por la retórica belicista imperial. El Departamento de la Guerra se convierte en el gran vector al reemplazar la penetración cultural por la lógica del enfrentamiento en la política internacional. Pero, también, en la política interna, con la militarización de ciudades como Washington o Portland.

La intención de EEUU de eliminar a la ONU muestra inequívocamente su visión política de mantener la unipolaridad a toda costa. Por el contrario, los países que apoyan el nacimiento de un mundo policéntrico quieren reformarla, para que represente cabalmente los principios del multilateralismo.

El desafío de Trump al mundo queda claro, pero la respuesta de líderes del Sur Global como Gustavo Petro o la dignidad de Venezuela, muestran que no todos están por doblar la cerviz frente al Leviatán: rebelarse contra la tiranía siempre deberá ser considerado como un derecho humano inalienable.