Columna de Eduardo Bruna: Trump y un mito que se derrumba
El presidente N°47 de Estados Unidos, en esencia, no es tan diferente a otros mandatarios estadounidenses. Todos, algunos más, otros menos, tienen prontuario o las manos manchadas de sangre. Sólo que éste, más narcisista, desquiciado e ignorante, está tratando a su propio pueblo como antes el Imperio trató a muchos pueblos del mundo.
Si algo positivo hubiera que buscarle a la grotesca presidencia de Donald Trump en la Casa Blanca, encontraríamos una verdad tan colosal como aplastante: Estados Unidos, la primera potencia planetaria a partir del término de la Segunda Guerra Mundial, se ha revelado como lo que es, sacándose la máscara: un imperio como nunca conoció la humanidad por su prepotencia y matonería, al punto de transformarse sin rubor ni cuestionamientos en el país más terrorista de la historia.
Para decirlo pronto: el patán que hoy ocupa el Salón Oval terminó por desnudar la hipocresía de un país que ha posado de justo y democrático hacia adentro, pero que hacia afuera se ha mostrado siempre como un vulgar matón de barrio, erigiéndose en el gendarme del mundo.
Porque hasta la denominada “doctrina Monroe”, esa que desde 1823 viene proclamando que el continente americano le pertenece poco menos que por derecho divino, le queda corta. Estados Unidos ha pisoteado la soberanía de los pueblos en Norte, Centro y Sudamérica las veces que ha querido, pero eso no le ha impedido invadir y aplastar países que en otras regiones del mundo pensaron ingenuamente que su destino les pertenecía a ellos, sin necesidad de tener que pedirle permiso al Imperio.
Más allá de todo límite
El desquiciado que hoy gobierna Estados Unidos sólo se pasó de la raya. Porque, aparte de considerar a todo el mundo como su feudo, ha llevado a cabo al interior de su país, y contra sus propios ciudadanos, la misma política cruel y abusiva que se le tenía destinada al resto.
Dicho con toda claridad, la cacareada “primera democracia” del planeta ha evidenciado pies de barro a la hora que su oligarquía dominante entendió que el declive irremediable de su imperio los arrastra a todos, empezando por las clases populares para más tarde (bastante más tarde, eso sí), seguir con los ricos y los magnates.
Como ocurrió con Roma en la antigüedad, y con Gran Bretaña en los tiempos modernos, Estados Unidos es un imperio en declive que no se siente para nada cómodo en un mundo multipolar, que ya no tiene un amo exclusivo y excluyente.
China avanza a pasos acelerados a tomar el relevo y todo indica que en cuestión de pocos años terminará por superar al país predominante económica, militar, financiera y geopolíticamente.
Una deuda catastrófica
De partida, Estados Unidos es un imperio en quiebra. Su deuda de casi 40 mil billones de dólares es impagable (se calcula que, para saldarla, cada uno de sus 340 millones de habitantes tendría que aportar con más de 100 mil dólares), con el agravante de que la maquinita que antes servía para imprimir dólares como si fueran revistas de comics o volantes publicitarios está paulatinamente entrando en desuso, luego que países de todo el mundo sospecharan que se trata de una moneda a la que día a día le queda menos fortaleza y menos respaldo.
Richard Nixon terminó con el patrón oro de respaldo al dólar. Y los petrodólares, invención del genocida Kissinger a medias con Arabia Saudita, agotan día a día la relevancia que en algún momento tuvieron, cuando el mundo entero tenía que apelar a la moneda de reserva global porque de otra manera no se podía comprar petróleo y, por lo tanto, energía.
Hoy, el dólar se sigue utilizando, pero cada vez menos, porque han irrumpido con fuerza el yuan chino, el euro, el rublo ruso y la rupia india.
Camino a una dictadura
El modelo de “democracia occidental” desnuda día a una debilidad que antes se antojaba inconcebible. Bajo la conducción de un tipo ordinario y zafio, poseedor de un narcisismo de dudoso origen, Estados Unidos se encamina hacia una dictadura sin que al parecer existan las cortapisas y los diques que se suponían sólidos como el concreto.
Donald Trump -Poder Ejecutivo- hace lo que quiere mientras el Parlamento -Poder Legislativo- y los Tribunales -Poder Judicial-, carecen de las herramientas o de la voluntad para preservar los principios y valores de esa democracia que antes nos enrostraban como el modelo a seguir.
Trump no es sólo un corrupto, aparte de depravado pedófilo, sino un orate que persigue con saña a sus opositores por el sólo hecho de disentir o de criticarlo. Racista, clasista, delirantemente xenófobo y además ignorante, culpa de todos los males de su país a los inmigrantes, pasando por alto a una clase oligarca y dominante que se enriquece mes a mes de manera obscena, porque cada vez aporta menos en impuestos a esa sociedad que desde hace décadas sostiene una farra que el resto del mundo le financia.
Miles de latinos han sido deportados. Otros miles permanecen en campos de concentración que bien poco tienen que envidiarle a los “gulags” de Stalin, como no sean las temperaturas bajo cero.
Existen, además, desaparecidos y hasta muertos, asesinados por el ICE, la Gestapo de Trump y sus secuaces en el gobierno.
Afuera y también adentro
Pero para no ser menos que sus predecesores, Trump también ha trasladado el terror fuera de las fronteras estadounidenses, invadiendo Venezuela, amenazando con anexionarse Canadá y Groenlandia, y recuperar un Canal de Panamá que el país itsmeño creía definitiva y justamente recuperado tras el acuerdo Jimmy Carter-Omar Torrijos de 1977.
Nada que, más allá de la prepotencia y la barbarie, pueda sin embargo llamar la atención.
Desintegrada la Unión Soviética, a fines de 1991, Estados Unidos quedó como única potencia mundial; pero al contrario de morigerar su actitud, ya sin la denominada “guerra fría”, el Imperio optó por seguir pisoteándolos a todos (excepto, por supuesto, a Israel), buscando incluso la humillación y el aislamiento de Moscú, rodeando a Rusia de países a los cuales gentilmente invitaba a adherir a la OTAN.
Profundo error, advertido por el diplomático estadounidense George Kennan. Porque el herido orgullo ruso lavó sus heridas y supo ponerse en pie, mientras silenciosa y tenazmente China superaba primero la pobreza para, con el correr de un par de décadas, alcanzar un nivel de desarrollo que hasta amenaza la hegemonía gringa de post guerra.
Un imperio en caída libre
Con un dólar que pierde terreno, con una deuda tan colosal como impagable, Trump sólo está encarnando los últimos estertores de un imperio que se desploma. Un imperio que ya ni siquiera es capaz de ganar guerras, porque a la vergonzosa huida desde Vietnam hay que sumar la derrota en Afganistán.
Trump fue sólo la guinda de la torta en lo que a presidentes estadounidenses respecta. Sólo es tan patán y tan bruto que a su lado hasta George W. Bush se antoja culto e inteligente. Y es que todos, cual más, cuál menos, tienen las manos manchadas con sangre. Incluida, por cierto, la sangre de chilenos derramada tras el derrocamiento de Salvador Allende. ¿No fue Barack Obama aclamado como todo un Mesías cuando ganó la presidencia? Y, sin embargo, sus tropelías tuvieron como escenario Libia, a la cual bombardeó inmisericordemente con la gastada excusa de estar “defendiendo la democracia”. ¿Cuántos niños y ancianos murieron aportando a la “libertad”?
Un líder con pies de barro
A través de Hollywood, de sus medios de prensa y de cipayos que surgen como la mala hierba en países como el nuestro, Estados Unidos nos ha contado la historia que ellos han elegido para domesticarnos. Se han puesto frente al mundo como el ejemplo a seguir, en circunstancias que la democracia y los derechos humanos que pregonan sirven tanto para un barrido como para un fregado.
Esa historia, esa narrativa, la clase dominante estadounidense, por supuesto, también se la vendió a su propio pueblo. ¿Qué ciudadano yanqui no siente un respeto reverencial por Abraham Lincoln, por ejemplo? Después de todo, el presidente N°16 de Estados Unidos les dio la libertad a los esclavos, una medida tan extraordinaria y tan radical que hasta provocó la guerra civil, o Guerra de Secesión, que asoló al país entre 1861 y 1865.
Sin embargo, tal medida estuvo lejos de tener un sentido netamente humanitario o de justicia. Lincoln fue tan racista como cualquiera, y algunos de sus discursos así lo revelan.
Sólo lo hizo por un motivo estrictamente económico. Los estados del norte, económicamente, no podían competir con los del sur mientras estos tuvieran mano de obra esclava y, por lo mismo, gratuita.
En suma, Trump sólo encarna un mito que se derrumba. Tan lenta como inexorablemente.
