Columna de Carlos Cantero: Espiritualidad ¿banalidad del bien?

El Principio de Correspondencia afirma la conexión entre todos los planos de la existencia: espiritual, mental y físico. Lo que ocurre en un nivel, se refleja en los otros… 

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Por Carlos Cantero
Actualizado el 17 de enero de 2026 - 12:00 pm

Las esferas de la espiritualidad se convierten en espacios aislados, mientras en el mundo sigue la degradación valórica y ética. Foto: ARCHIVO

En el corazón de las grandes tradiciones espirituales y filosóficas pervive una máxima milenaria: “Como es arriba es abajo; como es adentro es afuera”. El Principio de Correspondencia es una ley de simetría existencial. Afirma la conexión entre todos los planos de la existencia: espiritual, mental y físico. 

Lo que ocurre en un nivel se refleja en los otros. Nuestro mundo interior (pensamientos y emociones) se reflejan externamente (realidad y relaciones).

Las instituciones espirituales de distintas posturas filosóficas (teístas, deístas, agnósticas y ateas) se presentan ante el mundo como escuelas de perfeccionamiento. Se incluyen:

-Las iglesias de distintas denominaciones con sus doctrinas y dogmas.

-Lo chamánico de las tradiciones ancestrales, que implica la creencia y conexión con el mundo espiritual paralelo (animismo: naturaleza y espíritu). 

-Las corrientes filosóficas, entre otras la masonería y el dinámico budismo. 

Todas han ejercido influencia en la sociedad. Sin embargo, en la actualidad, surge una pregunta incómoda, en el contexto del Principio de Correspondencia. Si al interior de la institucionalidad espiritual se autoproclama la vocación universal de sus valores ¿Por qué el exterior -la sociedad que emerge- muestra una disonancia materialista? 

Una aporía

Vivimos un materialismo desbordado. El nihilismo (falta de sentido y debilitamiento valórico), el hedonismo (búsqueda del placer inmediato sin consideración de consecuencias) y un individualismo que devora lo comunitario.

Se impone una crisis de coherencia sistémica entre el ser, el estar y el hacer. Frente a esta realidad, se observa lenidad (ausencia de pensamiento crítico). Se replican (autopoiesis) las mismas conductas y procesos disfuncionales. 

Se proclama compromiso con los valores espirituales y humanistas con alcance universal, pero, en la práctica, se debilitan en una sociedad cada vez más banal. Es evidente que unos lo están haciendo bien y otros lo hacen mal. 

Esta desconexión no es solo un error de cálculo. Es una disonancia cognitiva, ética y sistémica con la realidad, al sostener un ideal elevado mientras se vive una práctica cada vez más estéril (aporía).

Sociedad digital

Enfrentamos una aporía. Según la Real Academia de la Lengua, es un enunciado con una dificultad lógica o una imposibilidad racional que parece irresoluble. Es decir, un callejón sin salida lógica. 

Se configura la aporía cuando el compromiso con los valores humanistas, no logran mitigar el impacto de globales tendencias sociopolíticas, dogmas económicos y neuromarketing. Se promueve la espiritualidad, mientras la realidad sociocultural es completamente contradictoria.

Choque con la sociedad digital

Hagamos el ejercicio de relacionar algunos pensadores contemporáneos, para mejor comprensión de este análisis. 

Habermas, desde su teoría crítica y la acción comunicativa, argumentaría que la aporía surge por una distorsión de la comunicación. Donde el discurso de valores no se traduce en un consenso y una práctica ética real. 

Luhmann, desde su teoría de sistemas, lo vería como una disonancia entre el sistema y su entorno. La autorreferencia impide una coherencia con las demandas sociales.

Pierpaolo Donati, desde su sociología relacional (una perspectiva centrada en las relaciones sociales) cree que la disonancia sistémica estaría en la crisis relacional. Aquella donde el individualismo y el hedonismo debilitan la solidaridad y el compromiso social. Humberto Maturana sostiene desde su biología del conocer (y la autopoiesis), que la aporía surge de la deriva de los procesos internos. Estas se desconectan del entorno, perdiendo coherencia con las necesidades sociales.

Manuel Castells, en tanto, considera que la aporía sería la desconexión estructural y funcional con la sociedad de redes. O sea, una disonancia adaptativa con la sociedad digital.

Degradación valórica

Es necesario tomar conciencia y asumir el cambio profundo que representa la emergencia de la sociedad digital. Constituye una revolución de tiempo y espacio, en las redes digitales, en la relacionalidad humana, en la forma como se contagian ideas y emociones en la sociedad global. 

El rol de poderosas herramientas digitales, en redes globales, que caracterizan la cultura OMNI: omnisciente, omnipresente, omnipotente, con instantaneidad, multidireccionalidad, multilengüajes, multimedios, multimodalidad, transparencia, horizontalidad, comunicación directa y superficial. 

Las organizaciones espirituales no están plenamente integradas a las redes de la sociedad digital y sus paradigmas emergentes. La consecuencia de esta disonancia se expresa en la pérdida de influencia, pertinencia, relevancia y legitimidad. 

Este problema de adaptabilidad a la revolución digital le resta capacidad relacional con el entorno. En especial en las formas de comunicación y viralización de las ideas y emociones. Si los valores que se proclaman no tienen coherencia con esta realidad, las esferas de la espiritualidad se convierten en espacios aislados, mientras en el mundo sigue la degradación valórica y ética. 

Métricas de coherencia

Es necesario abrir un proceso de reflexión y pensamiento crítico, para entender esta crisis de coherencia. Debemos mirar cinco ejes que definirán la relevancia de la espiritualidad y la religiosidad, en el siglo XXI: 

a) Integridad personal e institucional. La necesidad de coherencia personal, institucional y en la sociedad. 

b) Responsabilidad social. El compromiso que trasciende lo privado, personal o grupal, para generar cambio sistémico societal. 

c) Transparencia. Romper el velo de lo opaco para que la sociedad comprenda y confíe en los principios y su coherencia. 

d) Respeto por la diversidad. Una fraternidad que fortalezca el respeto por la otredad (alteridad), con límites claros para las partes. 

e) Mejora continua. Un aprendizaje que se traduzca en esfuerzos sincrónicos de actualización permanente con impacto social.

Las buenas intenciones y nobles valores deben ser evaluados en su cumplimiento, si se quiere ganar pertinencia, legitimidad e influencia. Como enseña Peter Drucker: “Lo que no se puede medir, no se puede mejorar”. 

Se requieren métricas de coherencia cuantitativas y cualitativas. Si no se reacciona con pertinencia, las instituciones espirituales y filosóficas caerán en lo que (parafraseando a Hannah Arendt) podemos llamar la “banalidad del bien”. Esto es hablar de los valores de forma abstracta y repetitiva hasta que terminan perdiendo su poder transformador en la sociedad. 

Los valores espirituales se deben contagiar en la sociedad como un contenido viral en redes, si no queremos que se vuelvan obsoletas e irrelevantes. La “disonancia sistémica” entre valores humanistas y materialismo, solo se cura con una praxis renovada. Una que promueva la energía y el trabajo colectivos, el compromiso como sentido de común unidad, que constituye la esencia de la comunidad (egregor). Que se haga carne ese mandato del libro sagrado: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16-20) ¡Que así sea!