Columna de ReneX: La otredad

El bienestar del otro es también el nuestro. Cuando perdemos de vista al otro, no sólo se empobrece nuestra empatía, también se rompe el tejido social.

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Por El Ágora
Actualizado el 2 de agosto de 2025 - 10:00 am

La unión de las individualidades por un bien común es el camino a la felicidad / Foto: X (ex TWITTER)

Vivimos en un tiempo donde la individualidad ha sido exaltada como una virtud, como si bastara con preocuparse sólo de uno mismo para alcanzar la felicidad. Pero esa mirada, aunque seductora, es incompleta. La vida en sociedad no se sostiene únicamente sobre logros personales, sino sobre vínculos, sobre el cuidado mutuo y el reconocimiento del otro como parte fundamental de nuestra existencia.

La otredad -ese concepto que nos recuerda que el otro importa, que el otro existe y merece respeto- no es una idea romántica o abstracta. Es un pilar básico para construir una sociedad justa, sana y próspera.

Cuando perdemos de vista al otro, no sólo se empobrece nuestra empatía, también se rompe el tejido social. Una comunidad que gira únicamente en torno a sus intereses personales se transforma rápidamente en una suma de soledades, en un lugar hostil donde la desigualdad crece, la indiferencia se normaliza y la violencia encuentra terreno fértil.

La otredad nos obliga a mirar más allá del espejo, a entender que nuestras acciones y omisiones tienen impacto en quienes nos rodean. Lo que le pasa al otro, nos pasa a todos.

Lo distinto hace la riqueza

Somos distintos, por supuesto. Venimos de historias diversas, con talentos dispares, con oportunidades desiguales. Pero esa diferencia no debe ser motivo de distancia, sino de aprendizaje. No somos mejores ni peores por tener más o menos, por saber de números o de poesía, por haber nacido en cuna rica o humilde.

Somos, simplemente, diferentes. Y en esa diferencia está la riqueza de la sociedad. La otredad nos recuerda que todos merecen dignidad, oportunidades, y un lugar en el que puedan desarrollarse plenamente.

El bienestar del otro es también nuestro bienestar. Porque un niño que no accede a buena educación hoy, será un adulto frustrado mañana; un joven sin oportunidades laborales será caldo de cultivo para la desesperanza o la violencia. Una sociedad desigual no sólo es injusta: es también una sociedad que frena su propio desarrollo.

No hay mérito real en competir en una carrera donde algunos corren con zapatillas rotas y otros en bicicletas de carbono. La verdadera meritocracia exige que todos partamos desde condiciones mínimas de dignidad y equidad.

La fuerza del colectivo

Por eso, construir una sociedad solidaria no es un gesto caritativo, es un acto de inteligencia colectiva. Es entender que si al otro le va bien, todos avanzamos. Si cuidamos al más débil, fortalecemos el conjunto.

La otredad nos llama a dejar el egoísmo como sistema de vida, a desterrar la apatía como excusa. Porque nada grande se ha construido desde la indiferencia.

Chile -como muchos países- enfrenta hoy desafíos enormes: la fragmentación social, la desconfianza, el aumento de la violencia y la pérdida de sentido de comunidad. Recuperar el valor de la otredad puede ser una de las llaves maestras para recomponer ese tejido. No se trata de pensar igual, ni de tener los mismos intereses, sino de respetarnos y cuidarnos mutuamente. De reconocernos humanos en nuestras luces y sombras, y de avanzar juntos en lugar de escalar solos.

La otredad no es debilidad, es sabiduría. Y es también justicia. Es comprender que vivir bien no es vivir mejor que el otro, sino vivir con el otro. Ahí está el desafío: cambiar la mirada, abrir el corazón y entender que, al final del día, lo que hacemos por los demás también lo hacemos por nosotros mismos.