Columna de ReneX: El síndrome de la silla perpetua
Nayib Bukele podrá ser reelegido presidente de forma indefinida. El Salvador elimina los límites presidenciales.
Desde tiempos inmemoriales, el poder ha sido una tentación tan intensa como peligrosa. Reinos, imperios, repúblicas o dictaduras: en todos los sistemas políticos ha habido quienes, tras alcanzar el mando, ya no pudieron —ni quisieron— soltarlo. Lo curioso es que el poder no sólo fascina al que lo ejerce, sino que muchas veces también seduce a los pueblos que lo legitiman, aunque eso signifique renunciar a sus propias libertades.
En El Salvador, Nayib Bukele ha cambiado las reglas del juego para quedarse en el poder indefinidamente. No es el primero, ni será el último. En América Latina, la historia está plagada de líderes que, una vez alcanzada la cima, hicieron todo lo posible por no descender: Chávez y luego Maduro en Venezuela, Cristina Fernández de Kirchner como presidenta y luego vicepresidenta, Evo Morales, que tras múltiples reelecciones, quiere volver, Bolsonaro, con su nostalgia militarista. Y ahora, Javier Milei anunciando con antelación que será reelegido en 2027, no como una predicción, sino como una declaración de intenciones.
Siempre lo mismo
En todos estos casos se repite el mismo patrón: líderes que afirman representar al “pueblo verdadero”, que desprecian los contrapesos institucionales y que van erosionando los pilares de la democracia, todo en nombre de una supuesta voluntad superior. En el camino, criminalizan adversarios, difunden teorías conspirativas, manipulan medios, cooptan la justicia y, si es necesario, cambian las reglas del juego. El poder los transforma, los embriaga, los convence de que sin ellos todo se derrumbaría.
El caso de Vladimir Putin es emblemático. Ha gobernado Rusia por más de dos décadas, alternando cargos, pero manteniendo el control. A su imagen se suma la de Kim Jong-un, heredero de una dinastía totalitaria, o la de Trump, quien aún estando fuera del poder siguió desplegando una retórica peligrosa hasta ser reelecto. Todos ellos comparten una característica esencial: no creen en la alternancia. Porque en el fondo, no creen en nadie más que en ellos mismos.
¿Qué tiene el poder que resulta tan adictivo?
No se trata sólo de privilegios materiales o riqueza mal habida, aunque tiene mucho de eso, por cierto. El poder otorga visibilidad, control, impunidad y la ilusión de la inmortalidad política. Alimenta el ego hasta deformarlo, convierte la crítica en amenaza, y al adversario en enemigo. Y en esa lógica, el fin siempre justifica los medios.
Pero esta adicción no sería posible sin la complicidad de parte de la ciudadanía. Muchos pueblos, por miedo, desinformación o comodidad, entregan su libertad a cambio de orden o promesas de prosperidad. Algunos prefieren a un líder fuerte, aunque abuse del poder, antes que enfrentar la incertidumbre democrática. Otros son víctimas de sistemas educativos precarios, medios controlados o redes plagadas de desinformación que los convencen de que no hay otra alternativa.
Pinochet, en los años 80, convocó un plebiscito para legitimarse, Napoleón se coronó emperador, Hitler llegó por vías legales y luego destruyó el sistema desde dentro, Stalin gobernó mediante el miedo.
La historia no escasea en ejemplos. Y aún hoy, muchas democracias viven bajo la amenaza de líderes que visten traje democrático mientras desarman, pieza por pieza, sus principios esenciales.
El poder como un vicio
El poder, sin límites, deja de ser servicio y se vuelve adicción. Y como toda adicción, destruye a quien lo ejerce y también a quienes lo consienten. El problema no es sólo de los líderes que buscan eternizarse, sino de las sociedades que permiten que eso ocurra.
Porque el verdadero amor a la patria no se mide por la permanencia en el poder, sino por la capacidad de dejarlo a tiempo, con dignidad y sin atajos.
La democracia, en su esencia más pura, es el arte de gobernar con fecha de vencimiento.
