Columna de Arturo Castillo Vicencio: Lanzas chilenos, nada nuevo bajo el sol
Un par de historias que se remontan a unos 40 años, pero que hoy mantienen la vigencia del fondo del tema. Ya no son los mismos, otros han tomado la posta, pero su quehacer no ha cambiado, salvo para hacerse más peligroso.
No hacía media hora que me había bajado del avión en el aeropuerto internacional Adolfo Suárez de Barajas, en Madrid, España.
Una señora de unos 55 años, que venía cinco filas delante de mí, gritaba desesperada frente a la correa transportadora en la que se retiran las maletas.
-¡Ayuda, ayuda! -gritaba desesperada.
A la pobre mujer la había “cogoteado” y le robaron su cartera. Allí tenía sus documentos y el dinero que llevaba. Era su primer viaje al extranjero. Iba a visitar a una hija que vivía en la localidad de Toledo, a pocos kilómetros de la capital española.
Afortunadamente, los guardias del recinto actuaron con prontitud y detuvieron al ladrón. Resultó ser un conocido carterista chileno apodado el Kyrio Nelson.
Kyrio, palabra de origen griego, se traduce como “señor” o “maestro”. El hombre pasaba unos días de vacaciones en Madrid. Su lugar de operación estaba radicado en el puerto de Pireos, a un costado de Atenas. Su fuerte era engañar a incautos que buscaban una posibilidad de encontrar trabajo a bordo de algunos de los cientos de barcos mercantes que fondean en la bahía, ya sea como marineros de cubierta, cocineros o mocitos.
Por eso, el Kyrio Nelson era un conocido “pichikoma”, nombre que se le da a quienes pululan buscando lo que pillen en las playas. Acá se trataba de pillar jóvenes ilusionados con un buen empleo en el mar, con buenos salarios y mejor comida. Le faltaban algunos dientes, producto de una pateadura que le dieron unos marroquíes al descubrir el engaño.
El Kyrio, por supuestamente contactar a los jóvenes con los capitanes de barcos cobraba entre mil y dos mil dólares. Claro que el contacto nunca se concretaba.
Ahora, el Kyrio estaba detenido en una sala de Barajas, a la espera de ser trasladado a un recinto policial en Madrid.
Y aquí viene lo curioso. Él no actuaba solo. Lo seguía de cerca y sin despertar sospechas un cómplice, también chileno, que estaba allí con la misión de ayudar en caso de que las cosas no salieran bien, tal y como estaba ocurriendo.
Entonces, aquí actuaba el cómplice: llamó a un abogado español quien de inmediato echó a andar un operativo de salvataje y logró la libertad del Kyrio sin siquiera pisar el cuartel policial.
El Kyrio pertenecía a una organización de lanzas chilenos radicados en España, los que contrataban de manera permanente a un grupo de abogados de Madrid y de Barcelona para que en caso necesario les resolvieran los asuntos legales.
En Madrid, el grupo de unos 20 chilenos vivían juntos en un departamento del centro, se juntaban en el restaurante Marsot, en la calle de Fuencarral, cerca de plaza Callao.
Ellos les pagaban religiosamente el sueldo mensual a los abogados, necesitaran o no sus servicios.
Hoy día nos asombramos por las historias que se cuenta de lanzas chilenos operando en Estados Unidos, España, Italia, Argentina y Brasil. Pero el relato que les acabo de narrar ocurrió en abril de 1984, es decir, hacer 40 años.
Me pareció interesante la historia. Yo había viajado a Europa con la intención de recorrer mochiliando algunas localidades europeas. Pero decidí cambiar de planes y reportear un poco más a fondo el asunto.
Había empezado a escribir un artículo que esperaba publicar en algún medio chileno. Fui a la embajada para agilizar contactos, pero el secretario de prensa de la época me paró en seco y me dijo “por ningún motivo vamos a publicar algo así. Ya tenemos bastante con frenar las publicaciones que hablan en contra de Pinochet y menos le vamos a poner más pelos a la sopa diciendo que los chilenos somos unos vulgares rateros”.
El hombre se movió rápido y vi cómo se me cerraban las puertas para mis aspiraciones de publicar la historia.
Entonces, acudí al plan B y la ofrecí a medios españoles. Allí sucedió exactamente lo contrario. Me dijeron que el relato era interesante, pero muy blando. Quería que lo endureciera insinuando que la dictadura chilena fomentaba el éxodo de lanzas chilenos para desviar la atención de lo que ocurría en Chile. “Seguro que debe haber una escuela de adoctrinamiento de carteristas en Chile, y eso lo debieras consignar”.
No tenía ninguna constancia de aquello y entonces desistí de seguir con mi empeño.
Meses después, estando en Barcelona, tomé contacto con el grupo de chilenos. El Tupa, El Jaume, un carabinero en retiro, el Peter y otros más. Todos vivían juntos en una pensión del carrer del Carme, frente a las ramblas de la ciudad condal.
Allí encontré al Kyrio. Era un tipo re simpático, bueno para la talla y vividor. Un día lo encontré en El Corte Inglés, frente a la plaza Catalunya.
–Hola.
–¿Qué tal?
–Bien, tranki. Paseando.
Yo buscaba un perfume. Lo miramos en las vitrinas y seguimos de largo. Estaba muy caro para mí. Después de un recorrido por varios departamentos de la tienda, nos fuimos.
Cuando íbamos saliendo se activaron las alarmas. Los guardias se abalanzaron sobre una señora mayor y le encontraron en su cartera exactamente el mismo perfume que yo había visto.
–Jajaja… fallaste -le dije.
Cuando cruzamos la calle y ya estábamos en la plaza Catalunya, el Kyrio metió su mano en el bolsillo de mi parka y sacó el mentado perfume.
–El Kyrio nunca falla -me dijo, con tono burlón.
Han pasado 40 años de aquella historia. En noviembre pasado visité seis países de Europa. En todos ellos nos decían que pese a estar en una ciudad segura, hay que tener cuidado con los carteristas, principalmente de Chile.
Y las recientes noticias así lo han demostrado, sólo que ahora ya no son simples carteristas, también asaltan residencias y andan armados.
