Columna de Sebastián Gómez Matus: Cómo traducir la nieve
La nieve es la escritora más tranquila que conozco y en el imaginario posguerra es algo así como la paz. Suiza respira paz, a pesar de todo.
Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto: ARCHIVO
La casa de traductores Looren, en Suiza, es una residencia que alberga a traductores del mundo, un espacio ideal para poder trabajar en los papeles, como les llamo a estos textiles. En el fondo, creo que es una residencia que reúne a personas que aman la literatura y tratan de dedicarse a ella a tiempo completo. Una comunidad que se retira a la montaña para escuchar cuervos y reír en otra lengua.
El mundo, visto a distancia, parece una de esas enfermedades que se tuvieron de niño, viruela o peste cristal, si acaso no son lo mismo en la memoria. De todas formas, siempre me ha gustado estar convaleciente, porque sé que mi fuerza es infinita, y que también moriré con la misma fuerza. Desde esta altura, las montañas de Wernetshausen en la Suiza alemana, todo parece tranquilizado por la nieve y una calma conseguida históricamente
“Fue una decisión del pueblo”, se encargó de decirme Monica Mutti, que trabaja aquí en Übersetzerhaus Looren. La nieve es la escritora más tranquila que conozco y en el imaginario posguerra es algo así como la paz. Suiza respira paz, a pesar de todo.
Entre otras cosas, leo algunos artículos sobre Roberto Bazlen y no puedo dejar de asociarlo con Robert Walser; allí hay un ensayo, entre un ágrafo y un microgramático. El italiano pertenecía a una especie de lectores que no necesitan escribir porque seguramente lo harían mejor que cualquiera de sus escritores predilectos (Gombrowicz en su caso, pero, ¿se puede escribir mejor que el Inmaduro Perenne?).
Bazlen pareciera haber sido una especie de escuela del silencio y la caminata charlada, un amigo de las letras, lo que me hace pensar en algo que el año pasado me dijo una “poeta” en el Festival A Cielo Abierto: leer no es importante. Lo repito: una “joven poeta” chilena me dijo que leer no era importante. Así les va.
Con el tiempo, lo que en un principio era una impresión, hoy parece una certeza, y eso que no soy amigo de las certezas, que sólo me sirven para guardar distancia del mundo. Tengo la certeza de que escritores y escritoras presentes no leen o leen de tal modo que la lectura no tiene efectos de “vacío” en sus preconcepciones literarias o culturales, si acaso tuvieron y no son parte de un contingente fuego con fecha de vencimiento. En otras palabras, son militantes de algo que no saben muy bien qué es pero que, si no lo adoptas, te quedas fuera. El arte es un gallito con el tiempo, entre otras cosas. No un modo de representación. Somos escritores, no candidatos a nada.
En este momento, en la casa hay traductores del italiano, persa, georgiano, croata, inglés portugués brasileño y del castellano (México, Colombia, Argentina campeón del mundo y Chile). Todas las personas están traduciendo algo interesante. Por ejemplo, la brillante poeta Bruna Beber traduce a Anne Sexton. Pero yo sigo pensando en quién puede traducir la nieve y ese canto hermoso de un pájaro cuyo nombre desconozco. Traducir ha sido una forma de trabajar para salir de la precariedad laboral que hay en Chile en relación a la literatura.
Yo soy principalmente un escritor, escribo poesía, pero lo que más me gusta es leer. Leer, en alemán, significa “vacío”. No sé si la lectura y lo que se escribe tiene por intención vaciar al otro de sí y afantasmarlo, puede ser una opción. Lo que sí pienso que la literatura puede hacer es alejarnos de la cultura, sobre todo hoy, entendida à la situationniste: la cultura es la mercancía que vende las demás mercancías. ¿Qué hacer (con la literatura)? Mi impresión, lejos de ser una certeza, es que la respuesta está en la poesía, nuestra máquina cuántica, nuestra aceleradora de partículas.
En última (y primera) instancia, quizá uno escribe para alejarse del mundo, para encerrar el mundo en una esfera, de luz o de mierda, según sea el caso, y poder alejarse en una dirección desconocida que bien podría llamarse felicidad. O nieve. O silencio. Después de la muerte de Roberto Calasso (¿es coincidencia que dos amigos se llamen Roberto?), Adelphi lanzó dos libros del autor italiano: unas memorias de infancia y “Bobi”, una suerte de semblanza sobre su amigo Roberto Bazlen, de quien entendió lo siguiente: “Con él, por primera vez, tuve la impresión de alguien que había logrado deshacerse de todas las ideas al uso (y había muchas, entonces, y pesadas, difíciles de mover). Y esto después de pasar por ellas, pero en un tiempo remoto, como enfermedades infantiles”.
Lo único que cambiaría, cosa de oficio, sería “enfermedades pueriles”. La puerilidad de la contingencia, eso cambiaría. Y haría que la infancia recubriera el mundo, para no estar a tanta distancia de él, sino que, creciendo conjuntamente, como un libro que se escribe, un libro que se lee en otra lengua.
