Entre la censura y la vocería

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Por Juanita Rojas
Actualizado el 4 de agosto de 2022 - 9:56 am

Hablar de censura remite irremediablemente a presión, autoritarismo y falta de libertad para expresarse. Lo primero que hacen los regímenes dictatoriales es eliminar toda crítica o disenso, lo que llevan a cabo mediante el cierre de medios y la persecución a la prensa que no está dispuesta a ser cómplice de sus acciones antidemocráticas. En Chile, la memoria es lo bastante larga como para recordar de qué se trata.

Por otra parte, en el sistema medial chileno el panorama no es precisamente diverso y los reclamos frente al escaso pluralismo informativo han sido una constante de parte de varios sectores de la ciudadanía, muy especialmente del Colegio de Periodistas.

Las críticas al respecto se fundan en que el grueso de los medios escritos y canales de televisión, así como muchas radios del país, están en manos de un grupo de empresarios que adherirían a una misma posición política e ideológica, lo que se sumaría a la influencia de sus intereses económicos en la pauta noticiosa. Si bien lo último es difícil de probar, en lo tocante a las posturas políticas basta remitirse a las declaraciones públicas y a los aportes económicos que los citados empresarios entregan a candidatas y candidatos de la derecha política. Pero la solución a este falencia da para otro análisis.

Es innegable el legítimo derecho de todo medio de comunicación a tener una línea editorial, ojalá declarada abiertamente, y a manifestar su mirada respecto de los sucesos de la contingencia, lo que se expresa a través de sus secciones de opinión. Sin embargo, la intervención de dueños, gerentes o integrantes de directorios en los contenidos noticiosos o en el ejercicio profesional de sus periodistas es indeseable siempre.

Todo periodista –como persona, profesional, ciudadano y ciudadana interesada en el devenir nacional–, tiene legítimamente una perspectiva valórica y política mediante las cuales entiende y analiza el mundo en que está inmerso. Aunque algunos lo nieguen, atribuyéndose una superioridad que les permite alcanzar la independencia y objetividad absoluta, los y las periodistas son personas que tienen una trayectoria vital (educación, familia, origen socioeconómico, creencias), que les confiere una particular visión de los sucesos que los rodean.

Esto se puede constatar a diario en los sesgos en el lenguaje utilizado en los despachos, las afirmaciones previas hechas antes de realizar preguntas abiertamente dirigidas e, incluso, en la comunicación no verbal. Cualquier experto en análisis de discurso y de contenido podría refrendarlo.

Obviamente, lo anterior no hace menos exigible el honesto ejercicio intelectual cotidiano que debe hacer un profesional de las comunicaciones, para cumplir con las normas éticas que demanda la profesión periodística y para resguardar el derecho ciudadano a ser informado verazmente. Es el periodismo de opinión el que permite a los profesionales de la prensa dar a conocer su personal análisis de los acontecimientos.

Las consideraciones previas son pertinentes si alguien se pregunta cuál es el motivo de la reacción de sectores políticos pertenecientes a la derecha y la centro derecha por la decisión de TVN de sacar al periodista Matías del Río de la co-conducción del espacio político Estado Nacional. No se lo ha despedido y sigue a cargo de otro programa de un corte similar, en medio de rumores sobre su participación en nuevos espacios de la misma estación. Más aún, el programa sigue a cargo de una profesional de larga trayectoria y de un estilo bastante parecido a del Río.

En los últimos años hemos sido testigos de gran cantidad de despidos de periodistas de diarios, radios y canales de televisión, sin que el mundo político se haya pronunciado al respecto ni haya puesto en duda las razones para el cese de funciones de unos o de otros. En el entendido que las razones en aquellos casos serían de corte económico, de todas maneras los propietarios y directivos eligieron a quién sacar del medio y, hasta ahora, nadie había considerado estas “desvinculaciones” en los departamentos de prensa como actos de censura.

La airada actitud de ciertos sectores políticos ante la decisión del departamento de prensa de TVN tiende a reforzar la medida, ya que se podría presumir que ese mundo considera al profesional como una suerte de representante de sus intereses en ese programa, por lo que su cese en la conducción los perjudicaría, privándolos de una especie de vocero o defensor de sus ideas.

De no ser así, no se entiende el porqué la molestia y cuál es el temor a su ausencia. Si hubo presiones de directivos del canal, sería reprochable, pero más compleja resulta para el profesional en cuestión la victimización, ya que identificarlo abiertamente como parte de un sector político determinado le hace un flaco favor.