Columna de Mora Obregón: El peso de ser chileno

Desigualdad, memoria y dignidad en un país donde no todos cargan la historia del mismo modo.

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Por Luis Mora Obregón
Actualizado el 1 de abril de 2026 - 11:38 am

Entre los chilenos persiste una sensación indesmentible de desventaja / Foto: ARCHIVO

Chile es un país que suele mirarse en cifras. Crecimiento, inflación, inversión, empleo.

Pero hay un dato que no aparece en ningún informe: el peso invisible que cargan millones de chilenos todos los días.

Ser chileno no es sólo una nacionalidad. Es una experiencia histórica. Una experiencia marcada por una fractura que todavía no cierra.

La dictadura de Augusto Pinochet no sólo dejó un saldo de víctimas directas. Dejó algo más profundo y persistente: una cultura del miedo, del silencio, de la resignación.

Ese legado no terminó con el retorno a la democracia. Se transformó. Se adaptó. Se volvió parte de la vida cotidiana.

Hoy no vivimos bajo el mismo régimen, pero sí bajo muchas de sus consecuencias.

Porque en Chile la historia no es pasado. Es herencia. Se transmite en las familias, en las oportunidades, en los límites invisibles que cada persona aprende desde niño.

En las comunas más vulnerables, esa herencia se vuelve concreta.

Menor acceso a educación de calidad. Sistemas de salud más colapsados. Tiempos de traslado que desgastan la vida. Espacios públicos deteriorados.

Y, sobre todo, una sensación persistente de desventaja.

El discurso del mérito individual se instala como una promesa. Pero en la práctica, muchas veces funciona como una condena. Porque no todos parten del mismo punto. Mientras algunos nacen con redes, estabilidad y acceso, otros lo hacen en contextos donde sobrevivir ya es un logro.

El Estado, llamado a equilibrar estas diferencias, no siempre cumple ese rol.

La distribución de recursos entre comunas evidencia una desigualdad estructural que no sólo refleja las brechas existentes, sino que muchas veces las profundiza.
Así, la desigualdad deja de ser una falla del sistema para convertirse en parte de su funcionamiento.

Y sin embargo, hay algo que resiste.

Está en las familias. En los barrios. En la capacidad de sostenerse unos a otros cuando el sistema no alcanza.

Esa es la dignidad chilena. La que no aparece en los indicadores, pero sostiene al país.

Chile no es sólo su historia de dolor. Pero tampoco puede construirse ignorándola. Porque mientras no entendamos que ese peso no se distribuye de manera equitativa, seguiremos hablando de desarrollo sin hacernos cargo de su costo humano.