Columna de Rodrigo Araya: Ha muerto el presidente… ¡viva el Rey!

Ya en 1772, Rousseau apreció el principal desafío de la democracia, de aquel orden social que los ilustrados europeos veían como sucesor inevitable de la monarquía: sin ciudadanos, no hay democracia.

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Por El Ágora
Actualizado el 14 de marzo de 2026 - 3:22 pm

El gobierno de Trump se parece más a una "monarquía de facto" que a una democracia / Foto: ARCHIVO

Casi al inicio de su clásico “Contrato Social”, Rousseau se autoimpone un deber: “Por débil que sea la influencia que mi voz ejerza en los negocios públicos, el derecho que tengo de emitir mi voto impóneme el deber de ilustrarme acerca de ellos”.

Ya en 1772 Rousseau apreció el principal desafío que enfrentaba la democracia como proyecto, aquel orden social que los ilustrados europeos veían como sucesor necesario de la monarquía: sin ciudadanos, no hay democracia. Y por lo tanto, la primera labor para instalar una democracia es generar condiciones para que los súbditos puedan transformarse en ciudadanos.

Si ello no se logra, se puede contar con una institucionalidad propia de una democracia, una separación de poderes propia de la democracia, un orden jurídico propio de la democracia, una generación de autoridades propia de la democracia, pero sin ciudadanos habrá un buen sucedáneo, una casi perfecta réplica, es decir, un simulacro de democracia.

Y este simulacro nos puede llevar, lenta pero inevitablemente, a una monarquía de facto.

Por estos días, hay dos modos de ejercer la presidencia de un Estado-Nación permiten graficar esta afirmación.

Uno, el estilo del presidente Trump.

En sus discursos suele emplear calificativos impresionistas sobre otras autoridades, otros mandatarios, otros países: “Me gusta mucho la presidenta… tiene una voz hermosa”, dijo hace no tanto refiriéndose a la mandataria de México, Claudia Sheinbaum. Respaldó la candidatura de Nasry Asfura (hoy presidente de Honduras) calificándolo como el «único verdadero amigo de la libertad».

Envía a su esposa a presidir una reunión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, sin otro mérito conocido que ese: ser la esposa de Trump.

Apuesta a la fuerza de su ejército para ubicar a su país en el orden internacional, recordando frecuentemente la capacidad destructiva del arsenal que él gobierna.

Y en relación con lo anterior, ubica al Congreso como una suerte de corte del rey más que el poder legislativo de la democracia. Este marco permite entender los insultos que ha proferido contra la congresista demócrata Ilhan Omar, a quien llamó basura.

De hecho son los famosos (especialmente de Hollywood, como Morgan Freeman, Jane Fonda, Robert de Niro, Mark Ruffalo) quienes aparecen como claramente involucrados en fiscalizar al gobierno. Es decir, no hay un lugar para debatir, sino una pugna de celebridades, de personas a las cuales vitorear o pifiar.

Y dos, el estilo del presidente Milei.

Su relación con sus perros y la presencia de su hermana en el Ejecutivo ya lo alejaban de un presidente y lo aproximaban a un monarca. La duda era cuánto.

La respuesta llegó con lo ocurrido en la ceremonia de apertura de sesiones ordinarias del Congreso en Argentina. Ver a un presidente referirse a la oposición con insultos (“kukas ignorantes”, “cavernícolas”, “asesinos”, “chorros”, “deshonestos”, “parásitos”) lleva a pensar en una política del tipo “conmigo o contra mí”, propio de una monarquía, y no de debate de ideas para conducir a la nación a una mejor calidad de vida, propio de una democracia.

Un breve añadido: aleja de la democracia y acerca a la monarquía esta pretensión de los presidentes de eternizarse en el poder. Esta cuestión la instaló la izquierda en América Latina (Ortega, Chávez, Correa, Morales, y obviamente Castro), llegando incluso a reformas constitucionales para lograr este propósito. Pero ha sido imitada por Bukele e incluso Trump ha dejado ver que podría buscar la fórmula para alcanzar un tercer mandato.

Rousseau no previó que su deber de ilustrarse sobre los negocios públicos iba a limitarse a un “me gusta, no me gusta”, ya que lo público se reduce a la figura de quien ejerce el poder, y el aplausómetro que es capaz de generar.

Esta encrucijada llegó a Chile.

El presidente Kast, dada su cercanía con Trump y Milei, podrá acercar su ejercicio del cargo a una monarquía de facto o mantenerla en una democracia. Debilitada, con baja aprobación ciudadana como acaba de recordar el cardenal Chomali, pero democracia.

Centrar su acción en la capacidad de hacer bien las cosas, y poner el acento diferenciador en este aspecto, ubica en segundo plano la política, entendida como aquello que da sentido a la vida en común, y en primerísimo primer plano a la persona que ejerce el cargo.

Aunque sea una cuestión menor, la frase “estamos trabajando para usted” que acompaña el logo preparado por el Gobierno, es revelador: no es trabajando por usted, ni trabajando con ustedes (en plural). No. Es “trabajando para usted”.

Algo así como: “No se preocupen, déjenlo todo en nuestras manos, ustedes sigan ocupados en sus temas privados, que nosotros nos haremos cargo de lo público”. Y por lo tanto, aunque se nos convoque como ciudadanos, se nos trata como electores.

Esta relación Estado–ciudadanía puede conducir a lo que el recientemente fallecido Jürgen Habermas llamó el espacio público representativo, es decir, aquel donde la figura del señor feudal, el monarca, se presentaba ante el pueblo como lo único público en esa sociedad. Por lo tanto, los bailes, los torneos u otras ceremonias, reemplazaron al Ágora ateniense, ya que el espacio público se redujo a una oportunidad de ver al Rey en acción.

La primera noche en La Moneda, el asumido presidente tuvo un gesto que corresponde a este espacio público representativo: transmitió la firma de decretos o de órdenes a ministros u otros funcionarios (¿su corte?) para que toda la nación pudiera ver su desempeño, su ejercicio de la autoridad.

El presidente se transforma en neomonarca al monopolizar toda la labor pública, para lo cual disimula la política en opciones puramente técnicas, haciendo innecesario el debate ciudadano, pues resulta suficiente con un aclamador “quieren que siga, quieren que pare”.

Si bien esto ha ocurrido antes, el contexto internacional, incluidos estos gobernantes con los cuales el presidente Kast tiene afinidad, marcan una novedad. Así el riesgo de una monarquía de facto se acrecienta.

Más aún si la oposición opta por seguir el juego quedándose en cuestiones formales que si bien tienen relevancia (como manipular alimentos sin respetar la normativa respectiva), resultan insuficientes para fortalecer un ejercicio ciudadano sustantivo.

Y así, Rousseau podrá nuevamente declararse sorprendido, pues jamás imaginó que la democracia sería sustituida por una electoracracia, en que los ciudadanos serían reemplazados por puros electores.

RODRIGO ARAYA

Periodista de la Universidad de Chile, con estudios de posgrado en el área de Comunicación y Cultura. Desde 1996 se dedica a la docencia universitaria. Sus ámbitos de estudio son Teoría del Periodismo, Comunicación y Cultura y Pensamiento Poscolonial. Ha publicado textos en revistas y capítulos de libros, en castellano e inglés.