Columna de Rodrigo Araya: Del hecho a la noticia…
Tanto se ha dicho y escrito sobre captura de Nicolás Maduro por parte de agentes de Estados Unidos, que estamos en la etapa en que en vez de disminuir lo que queda por decir, parece aumentar.
Los análisis van encontrando adeptos, y por lo tanto, detractores, y ahora comienza ese debate: qué se puede decir sobre lo ya dicho.
Evito caer en esta captura de seguidores, proponiendo sobre la captura de Nicolás Maduro: la cobertura que a ella le ha dado el periodismo criollo.
Parto con una declaración: hace ya algún tiempo desconfío de una afirmación que opera como verdadero axioma en nuestra profesión, aquella que sostiene que las noticias son hechos, y en consecuencia, lo que los periodistas reporteamos son hechos. Puros y duros. E investigamos para dar a conocer con el máximo de detalles ese hecho.
Así, por ejemplo, no hace tanto radio Cooperativa rescató el lema que la distinguió durante la dictadura: “𝘜𝘴𝘵𝘦𝘥 𝘵𝘪𝘦𝘯𝘦 𝘥𝘦𝘳𝘦𝘤𝘩𝘰 𝘢 𝘴𝘢𝘣𝘦𝘳 𝘭𝘢 𝘷𝘦𝘳𝘥𝘢𝘥, 𝘺 𝘭𝘢 𝘷𝘦𝘳𝘥𝘢𝘥 𝘦𝘴𝘵á 𝘦𝘯 𝘭𝘰𝘴 𝘩𝘦𝘤𝘩𝘰s”.
En Dictadura, cuando el organismo censurador (Dinacos) decía sobre qué se podía o no se podía hablar públicamente, este lema tenía un sentido político profundo. Propongo un segundo: García Márquez (el mismo que nos voló la cabeza con Macondo y lo que allí se daba) en su célebre discurso “𝘌𝘭 𝘮𝘦𝘫𝘰𝘳 𝘰𝘧𝘪𝘤𝘪𝘰 𝘥𝘦𝘭 𝘮𝘶𝘯𝘥𝘰”, sostiene que la investigación periodística tiene por finalidad la reconstitución minuciosa y verídica del hecho. Esto, con la finalidad de que el lector pudiera sentir que había estado en el lugar, una suerte de testigo directo.
Dos objeciones me ayudaron a desconfiar de este presunto axioma.
Una es bastante formal: si las noticias fueran hechos, los programas o publicaciones periodísticas informativas consistirían únicamente en titulares. Con el titular resulta suficiente para dar a conocer el hecho: ayer llovió, tres personas fallecieron en un accidente de tránsito. Sin embargo, bien sabemos que esto no es así. Los textos periodísticos van bastante más allá de referirse al puro hecho.
La segunda, me parece más conceptual: el hecho es el punto de partida de la noticia, pero no el de llegada. Esto quiere decir que todo texto periodístico parte de un hecho, pero al recabar y difundir antecedentes sobre él, el producto termina siendo muy distinto al hecho que lo inició. Así, noticia deja de comprenderse como el hecho, y pasa a ser vista como un hecho contextualizado, es decir, acompañado de antecedentes que permitan comprender el porqué este hecho merece ser conocido públicamente.
Estos antecedentes se pueden dividir en dos categorías: los que permiten conocer más profundamente el hecho (acá a los periodistas se nos aparecen las clásicas preguntas: qué, quién, cuándo, dónde, cómo y por qué) y, dos, aquellos que permiten enmarcar el hecho en un contexto mayor, es decir, en un proceso social que vive la sociedad a la que el periodismo se dirige.
Miquel Rodrigo Alsina llama a esta operación transformar un hecho en acontecimiento.
Aunque no reciente, me parece clarificador lo que sucedió con la cobertura que se dio al accidente automovilístico protagonizado por Arturo Vidal el 16 de junio de 2015. Ya que esto ocurrió durante la Copa América que se disputaba en Chile, en momentos en que debía estar concentrado para maximizar su rendimiento en este torneo, y considerando que además iba muy bebido, los periodistas debieron tomar una opción: este hecho, ¿debe ir en las páginas deportivas, policiales o de farándula?
El recuerdo me permite una nueva afirmación. Para contextualizar un hecho el o la periodista toma una decisión: qué proceso social resulta más adecuado para enmarcarlo. Dependiendo del proceso social que se elija, los antecedentes y fuentes que se consultarán para producir el texto periodístico. Y ya que el contexto no es una propiedad del hecho sino una atribución que el o la periodista hace, esta operación implica también la caída de la pretensión de objetividad que actúa como espada de Damocles para la profesión.
Y una última cuestión. La elección del proceso social en que se enmarcará permite explicar porqué un mismo hecho se presenta de modos diversos en medios distintos. Es decir, la línea editorial es una consecuencia del modo en que un medio determinado decide enmarcar hechos. Y para esto, los medios no tienen una batería interminable de procesos sociales que les permitan hacer noticiables los hechos que incorporan a su agenda.
Esto es lo que hemos observado con lo ocurrido en Caracas el pasado 3 de enero: ¿se trata de una acción que busca recuperar la democracia perdida en Venezuela, o de una nueva intromisión de Estados Unidos en América Latina?
Evidentemente, lo acontecido allí puede ser explicado desde ambos procesos sociales (probablemente hay más, pero estos son los que he observado con mayor frecuencia en la cobertura periodística). Y evidentemente, el texto periodístico que surgirá será muy distinto según uno u otro encuadre. Pero la elección no es neutra, ya que ella ubica al medio periodístico a favor de reforzar uno u otro proceso social, pues contribuye a legitimarlo.
En América Latina, ambos procesos tienen peso.
Ello, porque las experiencias de dictaduras y las heridas producto de sus acciones, no son algo que esté tan lejano en nuestros recuerdos. De hecho, hasta ahora se oyen en Argentina de personas que por fin saben de quién son hijos, y en Chile de nuevos fallos de la Justicia culpando a agentes del Estado que actuaron en la dictadura de Pinochet.
Pero también porque esta noción de big brother que Estados Unidos se autoatribuye para relacionarse con América Latina, o su visión de patio trasero que se iniciaría en el Río Grande, nos sigue trayendo reminiscencias indeseadas.
Un modo de aprovechar la cobertura que se ha dado a este hecho, y el modo en que se ha transformado en acontecimiento, es señalar que esta concepción de noticia implica una exigencia ética: transparentar la línea editorial, es decir, explicitar el modo en que un medio transforma los hechos en acontecimientos
Ya hay analistas que plantean que el futuro gobierno de José Antonio Kast tendrá una consecuencia en la profusa cobertura que reciben los hechos delincuenciales (que no es lo mismo que la delincuencia) en los medios periodísticos nacionales, en especial, en los canales de televisión. Ello, por cuanto la inseguridad subjetiva ya no será necesaria para producir un cambio de gobierno.
Entonces, la conclusión de estos analistas ha sido señalar que es la línea editorial la que se mantendrá, pero lo que cambiarán serán los modos en que se construirá la agenda.
Quienes se desempeñan en los medios aludidos, contestan de un modo directo: no somos nosotros los que decidimos difundir estos hechos (los delincuenciales), pues ellos efectivamente ocurren. Es decir, la responsable de que estos hechos entren en la selección informativa de un medio sería la realidad, y no las personas que dan vida a ese medio periodístico.
Sin embargo, los encuadres que hemos visto a propósito de la captura de Maduro (para llamarla de un modo que aspiro sea neutro), sirven para sostener que la crítica no se dirige a los hechos que priorizan, sino los encuadres que les permiten priorizar estos hechos.
Si este debate se da en Chile, representará una novedad en la forma en que se conversa públicamente sobre el ejercicio periodístico en nuestro país.
Que así sea.
RODRIGO ARAYA
Periodista de la Universidad de Chile, con estudios de posgrado en el área de Comunicación y Cultura. Desde 1996 se dedica a la docencia universitaria. Sus ámbitos de estudio son Teoría del Periodismo, Comunicación y Cultura y Pensamiento Poscolonial. Ha publicado textos en revistas y capítulos de libros, en castellano e inglés.
