Columna de ReneX: Kast y el viejo sueño de gobernar solo

Decretos: el atajo hacia el autoritarismo.

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Por El Ágora
Actualizado el 14 de agosto de 2025 - 10:00 am

"Salvar la patria", la mentira detrás de una sonrisa / Foto: ARCHIVO

La historia tiene un curioso hábito: disfrazar las viejas tentaciones con ropajes nuevos. El desprecio por el Congreso que hoy expresa José Antonio Kast no es una excentricidad del presente, sino un eco antiguo, la misma melodía que han tarareado dictadores y caudillos a lo largo de los siglos. Su partitura es siempre similar: el líder se presenta como la encarnación de la voluntad popular, mientras describe al Parlamento como un teatro inútil, lento y corrupto. La solución, según él, es tan “simple” como peligrosa: gobernar solo.

En 1933, Hitler no cerró el Reichstag con tanques ni fuego, sino con leyes votadas por miedo y obediencia. La Ley Habilitante le otorgó poderes plenos bajo el pretexto de salvar a Alemania. A partir de entonces, la palabra “debate” quedó desterrada del vocabulario político. En Chile, Pinochet utilizó otra vía: el golpe militar. El 11 de septiembre de 1973 apagó las luces del Congreso y gobernó por decretos-ley durante 17 años, asegurando que así “protegía” a la nación.

En ambos casos, el poder legislativo se convirtió en un adorno roto, una vitrina vacía para turistas de la democracia.

La historia se repite

El siglo XXI no ha curado este vicio, sólo lo ha refinado. Javier Milei en Argentina inició su mandato en 2023 con un megadecreto que pretendía reescribir la arquitectura del Estado sin pasar por el Congreso.

Viktor Orbán, en Hungría, aprendió a disfrazar su concentración de poder con votaciones amañadas y estados de excepción indefinidos.

Jair Bolsonaro en Brasil jugó a debilitar al Legislativo mediante medidas provisionales y una narrativa constante de desprecio. El guion es siempre el mismo: el líder fuerte contra la supuesta debilidad de las instituciones.

Pero la democracia, con su parsimonia exasperante, es el antídoto frente al abuso. La lentitud del Congreso no es un defecto técnico; es un seguro contra la arbitrariedad. El diálogo, la negociación y el contrapeso no son lujos de tiempos tranquilos, sino la esencia misma de un gobierno libre.

Prepotencia y soberbia

Despreciar el Congreso no es un acto administrativo, es un gesto filosófico: es negar que la verdad pueda construirse entre muchos y afirmar que basta la voz de uno. Montesquieu lo advirtió hace casi tres siglos: “Para que no se pueda abusar del poder, es preciso que el poder frene al poder”.

Eliminar ese freno es como pedir que un río no tenga orillas: tarde o temprano, lo arrasa todo.

El peligro es que estas advertencias suenan antiguas, y lo antiguo, en tiempos de inmediatez, se percibe como irrelevante. Pero no hay nada más moderno que defender la democracia cuando es atacada por quienes dicen no querer destruirla, sino “optimizarla”. Ese eufemismo ha sido el caballo de Troya de todos los autoritarismos.

La pregunta, entonces, no es si Kast lo haría, sino, si entendemos el precio de dejarle intentarlo. Porque la historia no siempre se repite como tragedia o farsa: a veces se repite como negligencia. Y allí, no hay decreto que nos devuelva lo perdido.