Columna de Ulises Cortés: Contra la amnesia

En el último siglo podemos nombrar algunos episodios genocidas que nos marcan. La lista es una galería de hombres infames que dejo sin nombrar, cuyas geografías y épocas difieren entre sí.

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Por El Ágora
Actualizado el 8 de agosto de 2025 - 11:00 am

Lo de Israel en Gaza en uno más de múltiples genocidios en la historia. Foto: ARCHIVO

El argumento principal de “Historia universal de la infamia”, de Jorge Luis Borges, es la exploración de la infamia, del mal o de lo vil. Los infames de Borges se caracterizan por ser “personajes” que se sitúan en la frontera entre el mal y el poder, seres abyectos, bien definidos por sus actos delictivos o perversos. Los infames transgreden las leyes y tradiciones que les rodean, superando los límites de ambas y, en esto, reside su criminalidad.

Fuera de la prosa de Borges, para nuestra desgracia, existen hombres así, capaces de promover un odio ciego e ilimitado contra el prójimo. En 1944, Raphael Lemkin acuñó el término “genocidio” para describir el horror contenido en el ansia y voluntad de algún infame en eliminar cruel y definitivamente grupos humanos. Fuese por sus creencias, ideas políticas o etnia. Hubo que esperar a 1948 para que la denominación adquiriese naturaleza legal.

Sólo en los últimos 100 años podemos nombrar algunos episodios genocidas que nos marcan. Esta lista es una galería de hombres infames que dejo sin nombrar, cuyas geografías y épocas difieren entre sí. Sin embargo, creo que la enumeración consigue construir el imaginario del infame universal.

La lista de los infames

En la lista tenemos el genocidio perpetrado por los otomanos contra los armenios, entre 1915 y 1923. Se le considera el primer genocidio moderno y se calcula que murió más de un millón personas y miles de niños y mujeres fueron islamizadas a la fuerza

El Holocausto, entre 1941 y 1945, cuando nazis y sus aliados exterminaron sistemáticamente a millones de judíos. Y también a otras minorías: gitanos, discapacitados, homosexuales, prisioneros de guerra soviéticos, etcétera.

El genocidio camboyano, entre 1975 y 1979, cuando el régimen de los Jemeres Rojos causó la muerte de entre 1.5 a dos millones de personas. Fue la cuarta parte de la población de Camboya, mediante asesinatos, trabajos forzados, hambrunas y purgas de opositores.

Más cerca en el tiempo, tenemos que recordar el genocidio de Ruanda, en 1994. En apenas 100 días, la población hutu radical emprendió el exterminio de la etnia tutsi y de hutus moderados. Se estima que unas 800 mil personas fueron asesinadas en ese breve período.

Para concluir la lista, tenemos el genocidio bosnio. Durante la guerra de Bosnia, en 1995, cerca de ocho mil musulmanes bosnios fueron asesinados en Srebrenica por fuerzas serbias.

Incapacidad de reflexionar

El concepto de mal radical fue enunciado por Kant. Pero para mí la exploración que hace Hannah Arendt perfila aún mejor las afiladas aristas de esta característica humana. Ella describe una forma de hacer el mal que trasciende la comprensión y las motivaciones convencionales.

No es sólo extremo o sádico, sino que es un tipo de mal que busca eliminar la espontaneidad humana y cosificar a los individuos al despojarles de sus derechos legales y dejándolos esencialmente apátridas y desprotegidos para disponer de ellos como si fuesen desperdicios al carecer de humanidad.

Este concepto está vinculado, muchas veces, a la ambición totalitaria de dominar y controlar todos los aspectos de la vida humana. En 1963, después del juicio en Jerusalén a Adolf Eichmann, la filósofa refinó su concepto y comenzó a discutir la banalidad del mal (“Eichmann en Jerusalén”, Lumen, 1999). Se refiere a ello como la capacidad de personas en apariencia “normales” de cometer actos atroces no por perversidad o convicción ideológica profunda, sino por una aceptación acrítica de órdenes y una incapacidad de reflexionar ética o moralmente sobre sus actos.

La banalidad del mal se amplifica en contextos donde la desinformación, impuesta desde el poder o las redes sociales, logra adormecer la conciencia crítica colectiva. La información manipulada o censurada no sólo deshumaniza a las víctimas y silencia la verdad, sino que también contribuye a diluir la responsabilidad individual y colectiva, facilitando que la infamia se perpetúe sin grandes resistencias.

Este fenómeno se vuelve peligroso en estos tiempos de desinformación sistemática y propaganda que distorsionan la percepción de la injusticia y neutralizan la indignación pública.

Que se sancione tanta atrocidad

Hoy, a pocos kilómetros de Jerusalén, se revive una situación de crueldad infinita. Un genocidio del siglo XXI, contra la que estas palabras parecen inútiles. Tal como lo son los artículos, comentarios, discursos y las manifestaciones en contra.

A pesar de la desinformación oficial dentro del estado de Israel, ya hay voces reconocidas que desde “dentro” reconocen abiertamente la hambruna, su crueldad y la humillación de los habitantes de Gaza.

No obstante, quiero recordar la desgracia que viven los rehenes judíos, también deshumanizados y convertidos en meras piezas de cambio. Detrás de estas injusticias, solamente hay la mano visible de un infame que se aferra al poder, la mano de otro que lo sostiene y mucha hipocresía de gobiernos y ciudadanos.

Mi único anhelo es verlos responder ante un tribunal. Que se sancione tanta atrocidad y grabe en la memoria colectiva de las personas buenas que la sociedad es capaz de impartir justicia a los responsables de esta desgracia.

Estas palabras son trazos sobre el papel contra la indiferencia y contra la omisión de la obligación de recordar. Cuando olvidamos, las acciones causadas por el mal radical o por la banalidad de quienes aceptan cumplir órdenes siniestras por puro servilismo, de alguna manera nos adentramos en la infamia, el mal o la vileza.

Contra la amnesia, recomiendo, si el lector no lo ha hecho ya, ir colocando los nombres de los infames que pueblan este escrito. No merecen ser olvidados.

Ulises Cortés es catedrático de Inteligencia Artificial de la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC). Miembro del Observatori d’Ètica en Intel·ligència Artificial de Catalunya y del Comitè d’Ètica de la Universitat Politècnica de Catalunya. Doctor Honoris Causa por la Universitat de Girona.