[Opinión] ¿Existe aún el Maracanazo?

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Por Carlos Pérez
Actualizado el 20 de julio de 2016 - 2:32 pm

Un ejercicio de ficción, no exento de crítica, sobre lo que han hecho Uruguay y Brasil para hacer olvidar ese partido, al cumplirse 66 años del gran drama. El tiro de Gigghia da en el palo, el árbitro cobra un penal favorable los locales en el último minuto y Ademir anota dos goles.

Este fin de semana (sábado 16) se cumplen 66 años del triunfo uruguayo en el estadio Maracaná, en la última fecha del cuadrangular final del mundial de Brasil 1950. Alguna vez, Juan Alberto Schiaffino, mediocampista uruguayo que consiguió el empate parcial de su selección, dijo que si jugaban noventa y nueve veces más ese partido, las perdían todas.

Lo cierto es que, en los últimos años, ambos elencos se han esmerado en desdibujar de la historia el recuerdo de ese 16 de julio de 1950. En algún momento, el tiro de Ghiggia, a diez minutos del final, golpeará la cara externa del arco de Barbosa, quien terminará el torneo erigido como la gran figura de Brasil, evitando el lastre de morir, tres meses antes de cumplirse medio siglo del infame partido, en el más absoluto olvido y rechazo.

¿Qué han hecho ambos para ayudar a desaparecer el recuerdo de Maracaná? Mucho. Uruguay ha girado en exceso la épica del triunfo en Río, olvidando que el hecho de tener las cuatro estrellas bordadas sobre su escudo implican el desafío de respetar esa historia en sepia, con el consiguiente desafío de engrandecerla, como lo hace Alemania con Fritz Walter, Uwe Seeler y Franz Beckenbauer. Los uruguayos creen que poner en la mesa el recuerdo del partido con Brasil es argumento suficiente para ganar, obviando la natural importancia del buen juego para llegar al triunfo.

Por eso, nos acordamos más de la naranja de Venancio Ramos ante Chile en 1985, la violencia de Paolo Montero o la mano de Luis Suárez en Sudáfrica 2010, que del virtuosismo de Enzo Francescoli y Rubén Paz, a la sombra de los anteriores; pero claro, en honor y justicia al Maracanazo, hay que soportar las mañas y picardía rioplatenses, que han llevado a los clubes de Uruguay a una sequía de casi treinta años sin ganar un título sudamericano (el último, Nacional en 1988) merced a políticas de formación de jugadores para venta automática al extranjero y una evidente pérdida de jerarquía del torneo local (¿le suena esta historia?).

Así -sigamos soñando- en algún momento el árbitro inglés George Reader cobrará penal en el último minuto para Brasil, tras una mano de Gambetta. Friaca pondrá el 2-2, y la primera copa del mundo de Brasil será una realidad en Maracaná.

¿Y qué ha hecho Brasil? Mucho, y mal. Tras medio siglo en que los cariocas regalaron al mundo generaciones de talento, desde Pelé hasta Ronaldinho Gaúcho, los últimos años han prodigado una sangría de calidad evidenciada en un torneo local en que los máximos referentes de ataque han sidoargentinos (Pratto, Barrios y Calleri), mientras que la selección nacional parece enfocarse en rescatar sus representantes desde ligas que hace 20 años serían impensadas: China, Ucrania o Emiratos Árabes.

¿Recuerda la alineación de Brasil en la SEMIFINAL de la copa del mundo en 2014 ante Alemania? ¿Quiénes aportaban la jerarquía en ese cuadro? David Luiz, limitadísimo defensor con un marketing notable en torno a su cabellera, no. Ni Bernard, Dante, Óscar o Fred, que no habrían sido ni preseleccionados en años anteriores. Ellos fueron los depositarios de la esperanza de un país que añoraba ganar la copa en casa, como pudo ser en 1950. Y el 7-1 de Alemania no hizo más que sepultar el Maracanazo y reemplazarlo por el Mineirazo.

Por otro lado, los clubes brasileños están en una constante etapa de renovación, y sus planteles no logran dominar en Sudamérica, como lo hizo Sao Paulo en los 90 o Flamengo a inicios de los 80. Este año vimos a Sao Paulo caer como local ante The Strongest (Bolivia) y Atlético Nacional (Colombia) por la Libertadores. Hace cinco años, la U le dio un baile a Flamengo en su casa (4-0). En Copa América, el Scratch se alejó de la gloria hace ya una década, sin asumir el protagonismo que se espera de sus jugadores en cada una de esta instancia. El recuerdo de 2002 se instala como la última gran presentación verdeamarelha en los mundiales, y parece muy difícil que Rusia 2018 sea la redención de los brasileños en las citas mundialistas.

Uruguay, a la vez, amenazó con la gloria en Sudáfrica 2010, pero sucumbió ante los europeos en semifinales (Holanda) y en la lucha por el bronce (Alemania). En Brasil 2014, James Rodríguez se encargó de cortar el sueño uruguayo en octavos de final. Por eso, no se sorprenda si alguno de estos días el tiro de Schiaffino pega el palo, o Ademir se anota con un doblete o el añoso metraje de esa tarde en Río de Janeiro muestra en el marcador final Brasil 2 – Uruguay 1. Significará que ambos habrán sepultado, y para siempre, el Maracanazo, privándonos de recordar la inolvidable epopeya charrúa en suelo rival.