Los recuerdos de un arquero solitario

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Por Eduardo Bruna
Actualizado el 16 de octubre de 2019 - 2:18 pm

Raúl Coloma, meta de Ferro y de la Roja, enviudó tras 64 años de matrimonio y hace poco más de tres calendarios. Con 91 años, sin embargo, su memoria intacta repasa su carrera, el fútbol que le tocó vivir y deja una sentencia: “Claudio Bravo no pudo no estar llamado a la Selección”.

Desde que Elba, su compañera de toda la vida, lo dejó hace más de tres años, víctima de una enfermedad de la que nunca se pudo recuperar, Raúl Coloma, arquero de Ferrobadminton y de la Selección Nacional, vive solo en su casa de la comuna de La Florida.

Solo, como cuando bajo los tres palos (ahora se diría los tres tubos), su soledad era más dramática que nunca a la hora del “fusilamiento” que intentaría el delantero contrario. Su única compañía -tan fiel como revoltosa- la constituye su perro Pepe, que le ayuda a sobrellevar mejor la nostalgia de tiempos idos, pero que él, con una memoria prodigiosa para sus 91 años, recuerda con lujo de detalles.

“Mi señora falleció hace exactamente tres años y medio. Me dejó esta casa, que era de ella, y este perro que constituye mi única compañía. Uno se acostumbra a todo, pero la soledad es jodida. Me manejo bien haciendo aseo, lavando ropa o yendo a la feria, pero hay ocasiones en que los recuerdos se aparecen con toda su carga emotiva y es imposible no entristecerse, hasta derramar unos lagrimones. Después de todo, fueron 64 años viviendo juntos. ¿Me va a creer que, desde que mi señora falleció, jamás he dejado pasar un sábado sin ir a visitarla al cementerio?”.

No fue fácil la vida de Coloma. Tenía 18 años cuando, tras una discusión con su madrastra, su padre -Ernesto- lo echó de la casa.

“El viejo era jodido. Extremadamente riguroso. Tuve que batírmelas solo, igual que ahora. Para pasar el chaparrón me arranché en una pensión del sector Estación Central. Jugaba en Unión Española como suplente de Francisco Fernández y lo cierto es que no ganaba mucho. Apenas para sobrevivir”.

Algo cambió su suerte cuando lo llamaron de Ferrobadminton (después Ferroviarios). Mejor dicho, bastante. No sólo se ganó pronto el puesto de titular: Lucho Tirado, recordado entrenador, lo convocó a la Selección Nacional. Cuando lo recuerda, exhibe orgulloso una foto de la Roja que afrontó en el país el Sudamericano de 1955 (hoy Copa América), integrando el plantel junto a Jaime Ramírez, Manuel Muñoz, “Cua Cuá” Hormazábal, Jorge Robledo, René Meléndez y otros notables de la época.

Cuenta: “Fue el Sudamericano de la desgracia en el partido definitorio, cuando en las afueras del Estadio Nacional murió gente aplastada intentando ingresar. Era la primera vez que Chile jugaba una final y todos creíamos que la podíamos ganar, a pesar de tener al frente a Argentina. Nos bastaba el empate para ser campeones, pero el sueño se derrumbó con el gol que nos anotó Michelli. En lugar del auto 0 kilómetro que el gobierno de Carlos Ibáñez del Campo nos había prometido, tuvimos que conformarnos con una cena en el Restaurant Mervilles, que quedaba al frente del Parque O´Higgins”.

Siguió siendo, sin embargo, habitual convocado a la Selección Nacional. Cuando Riera llegó desde Portugal, a hacerse cargo del proceso que culminaría con el Mundial de 1962, lo convocó junto a Mario Ojeda y Miguel Nasur. A él le tocó ser el meta titular en esa gira que llevó, en 1960, a la Roja a disputar diversos amistosos en canchas europeas.

Recuerda: “Debutamos en París, ante Francia, y nos comimos una boleta inolvidable. Estaba claro que, aparte de contar con mucho jugador joven, el ritmo de juego de los europeos nos superaba. Pero más allá de los resultados, que fueron malos, no cabe duda de que ese fue un aprendizaje extraordinario para lo que realmente importaba: el Mundial. Recuerdo que, además de haber ido a buscar seis veces la pelota al fondo de mi arco, en el Parque de los Príncipes, una patada me lesionó un dedo, pero nunca le dije nada a Riera. Recuerdo que sólo frente a Bélgica, y frente al Inter de Milán, jugó Manolo Astorga”.

Nunca -reconoce- ganó mucho dinero. Pero aparte de ser otros tiempos, señala que “uno jugaba por amor a la camiseta y al fútbol. Yo compartía mi aporte a Ferrobadminton con un trabajo administrativo en Ferrocarriles del Estado. Y la inmensa mayoría de los futbolistas tenían que hacer lo mismo. Con decirle que, una vez que Colo Colo me pidió como refuerzo para un cuadrangular internacional, con Fluminense, Nacional de Montevideo y el “Chago” Morning, por esos partidos recibí más plata que todo el año en Ferro. Feliz, recuerdo que me compré una radio a transistores, que recién estaban saliendo al mercado”.

Prolongó su carrera hasta 1975. Y es que después que Ferro lo desechara por viejo, cuando recién tenía 32 años, se fue a jugar por el Municipal Santiago, de la Segunda División de aquellos años.

Como nunca estuvo cómodo sin tener nada que hacer, tras un breve paso por el Canal 13, como conductor al servicio de ejecutivos y periodistas, pasó a desempeñar idéntica función en Copesa (diarios La Tercera y La Cuarta).

Hasta que, con 70 años, se jubiló definitivamente.

“Leo harto, veo los informativos de la televisión, pero no tengo contratado el Canal del Fútbol. El fútbol que yo viví es muy distinto al de ahora y la verdad no me interesa. Aunque parezca una tontería romántica, siento que hoy es todo comercio y que la plata lo ha maleado todo. Vea usted el caso de Claudio Bravo…”.

Le preguntamos qué le parece como arquero y es directo en su respuesta:

“Un muy buen arquero, sin duda. No pudo no estar llamado a la Selección, pero de él tengo mis dudas como persona. Un buen tipo nunca está involucrado en episodios oscuros, ni deja fuera a compañeros a la hora de repartir los premios. Independiente de eso, está claro que nadie le regaló nada para llegar donde llegó, aparte de que es un extraordinario ataja-penales. En mi carrera yo también atajé algunos, pero obviamente no se pueden comparar con la trascendencia que alcanzaron los que él detuvo o desvió”.

La tarde cae sobre Santiago y la hiperactividad de Pepe reclama la atención de su amo. Raúl Coloma vuelve a quedar solo, como cuando defendió el arco de Unión Española siendo un niño y lo mismo hizo luego en Ferro y la Selección.

Su rutina ya la conocemos. Si este viernes fue a la feria, el sábado será día de cementerio y el domingo el de lavado. Su soledad, desde que lo dejó Elba, la tiene bien asumida. Pero eso no significa que, de tanto en tanto, no sea presa de la tristeza y de la nostalgia.

Y que, aun solo, igual busque un lugar discreto de su hogar para derramar esos lagrimones que, a pesar de su estoicismo, a veces no puede evitar.

BLANCO Y NEGRO DEL «SAPO» LIVINGSTONE

“Me hice arquero admirando al Sapo Livingstone”, confiesa Raúl Coloma.

-¿De verdad es el mejor arquero que vio?

“Sin duda alguna. El Sapo era completísimo. Pertenecía a esa clase de jugadores que mejor se desempeñan cuanto más importante y trascendente es el partido. Pienso que eso es lo que mejor define al crack”.

¿Y alguna vez pensó que en la Roja iba a ser usted su reemplazante?

“Usted lo dice por ese partido frente a Argentina que marcó dos importantes hitos: la despedida de Livingstone y el primer triunfo de la historia de la Roja ante la albiceleste… No, al principio no se me pasaba por la cabeza, pero después fue el proceso natural que vivimos todos. El ‘Sapo’ había terminado defendiendo el arco de Colo Colo, en 1957 y 1958, pero para ese partido, Sergio ya estaba fuera de formas, bastante gordito. Su despedida iba a ser sólo simbólica”.

-¿Qué sentía, sabiendo que en pocos minutos ingresaría a reemplazarlo? ¿Ansiedad, nervios?

“De todo un poco. Lo bueno es que, ya en el arco, uno supera todo eso y sólo quiere hacerlo lo mejor posible”.

-El problema es que Argentina llegó a ponerse 2-0…

“Claro, y no faltó la gente del público que empezó a pedir el regreso del Sapo al arco. La mayoría lo hacía por pelusear, pero no deben haber faltado los que, molestos porque Argentina nos volvía a ganar, gritaban en serio”.

-¿Y eso, no lo afectó?

“No. Uno siempre va a preferir que el público apoye incondicionalmente, por supuesto; pero si no es así, el jugador está obligado a concentrarse exclusivamente en hacerlo lo mejor posible”.

-¿Qué recuerda del partido?

“Que tuvimos una reacción extraordinaria para darlo vuelta y terminar ganando por 4 a 2 . Recuerdo que Bernardo Bello, puntero izquierdo de Colo Colo, anotó dos goles, uno Leonel y el otro Benito Ríos, que jugaba por O´Higgins”.

-¿Le dijo algo el Sapo finalizado el partido y concretada la victoria?

“¡Nada…! Es que el Sapo fue siempre muy especial. Cuando uno se topaba con él en la cancha, apenas te saludaba. ¡Ni te miraba casi…! Es feo decirlo, pero como que se creía superior al resto”.

-¿Alguna vez tuvo la oportunidad de decírselo?

“Como jugador, nunca. Lo hice muchos años después, estando él ya tiempo en Televisión Nacional y yo trabajando como conductor en Copesa. Iba por Huérfanos y lo veo venir, a 50 metros. Naturalmente lo saludé con un ¡como está, Sergio…!, y ni me pescó. Sólo reaccioné diez o veinte segundos después. Lo seguí, lo alcancé, y le dije: Don Sergio, sólo quería saludarlo. No vaya usted a creer que, de responderme, como por lo demás correspondía, yo le iba a pedir algo. Recién ahí me respondió: ¡Raulito…, perdone, pero es que iba distraído!”.