Johnny: el quiltro curicano que saltó a la fama de un pantallazo

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Por Eduardo Bruna
Actualizado el 11 de mayo de 2022 - 8:16 pm

Invadió la cancha del estadio La Granja cuando comenzaba el partido entre Curicó Unido y Colo Colo. Irrespetuoso y desenfadado, hasta orinó en vivo y en directo para todo Chile a través de las pantallas de TNT Sports. La historia de “cachupines” invadiendo las canchas no tiene nada de nuevo. Uno de ellos, chileno para más señas, alcanzó incluso fama mundial. En tiempos de redes sociales, estas estallaron con el chascarro.

Por EDUARDO BRUNA

El Johnny, “quilterrier” curicano, jamás pensó que se haría tan  famoso. Y es que su irrupción en la cancha del estadio La Granja, en pleno partido entre Curicó Unido y Colo Colo, pasó a la posteridad luego que las cámaras de TNT Sports siguieran su zigzagueante recorrido. Absolutamente ajeno al revuelo que causaba, porque el Johnny jamás había pretendido robarse el protagonismo, tuvo incluso la desfachatez de orinar en vivo y en directo para todo Chile.

Su perfomance, como suele ocurrir, no duró mucho. El meta curicano Fabián Cerda, “perrero” como pocos, supo aguacharlo, cazarlo y entregarlo, para que el partido pudiera continuar. Segundos después, el hábil y diligente arquero seguramente tuvo que recordar el viejo dicho popular de “meado de perro” para definir una desgracia o un mal momento: Juan Martín Lucero, delantero albo, lo vencía por primera vez para encaminar al Cacique a una nueva victoria que habría de cataputarlo al liderato exclusivo del campeonato nacional.

Que perros invadan el campo de juego en pleno partido no es, por cierto, un hecho nuevo ni tampoco inusitado. Pasa desde que el fútbol existe como actividad de masas. Y no sólo en Chile. Latinoamérica toda, como lo atestigua Youtube, conoce de estos convidados de piedra que, más allá de la simpatía y ternura que despiertan, a veces hasta se han pasado de la raya. Como aquel can que, en pleno partido, cazó un conejo igualmente invasor y despistado. Como ese que, como cualquier pichanguero que se precie, se adueñó de la pelota y no había modo de quitársela. Como aquel, por último, que en pleno partido de una liga menor de Argentina evitó un gol por cruzarse en el momento justo que el balón se aprestaba a cruzar la línea de meta.

Menudo lío para el pobre árbitro si no tenía un conocimiento acabado del reglamento.

Pero no, no se crea que esto sólo pasa en nuestro continente, tercermundista y subdesarrollado. Ocurrió también el año pasado una vez en la elegante y distinguida suiza, cuando, en un encuentro entre el Zurich y el Sion, el perro de la esposa del presidente del primero de los clubes mencionados escapó del control de sus amos para ser partícipe él también del juego. La diferencia, claro, fue que en esta oportunidad no se trató de un quiltro proletario y plebeyo. Blanco, grande, hermoso y por cierto fino, el distinguido can dio lugar a todo tipo de bromas, como que el encuentro de fútbol se había visto interrumpido repentinamente por un desfile del Kennel Club.

La flemática Liga Inglesa no ha sido ajena a estos avatares, aunque no a causa de perros, precisamente. En más de una oportunidad han debido de detenerse los partidos, sólo que a causa de una ardilla tan futbolera como desorientada. El último de los incidentes de que se tiene recuerdo ocurrió en un partido entre el Queens Park Rangers y el Leicester City, cuando el tiro de esquina que debía servirse tuvo que detenerse por la aparición de este roedor en las cercanías del banderín del córner. 

Es decir, que hasta para eso son elegantes los ingleses…

Más allá de la invasión constante de “cachupines” en nuestras canchas de fútbol, en el registro de las anécdotas hay una que, sin embargo, quedó para siempre en la historia. Y es que ocurrió, nada menos, en el Mundial de 1962 disputado en nuestro país.

Brasil e Inglaterra disputaban el duelo de cuartos de final, en el Estadio Sausalito, cuando un perro invadió la cancha y obligó a detener el encuentro. Tras varias tentativas fallidas por atraparlo y sacarlo del escenario para que el partido pudiera continuar, Jimmi Greaves, delantero inglés, lo logró. Echándose el bolsillo el natural sentido del ridículo que tenemos todos, Greaves se ubicó frente al quiltro en posición de perro y eso, al parecer, hizo disminuir las alertas del can, que vio al parecer al inglés como un igual. Y eso lo aprovechó prestamente el británico, que pudo por fin agarrarlo y sacarlo del campo de juego para que otros auxiliares, a su vez, lo sacaran del Sausalito.

Jimmi Greaves y Bi.

Claro que su proeza a Greaves no le salió gratis. Cuando lo transportaba en brazos, fuera del terreno de juego, el perro decidió que era hora de orinar y lo hizo, sin considerar para nada la alcurnia de su cazador ni la trascendencia de un partido mundialista. El bueno de Greaves debió jugar el resto de ese tiempo con la camiseta empapada.

Pero la historia no quedó allí. Brasil, en el papel, era claramente superior a Inglaterra, pero supersticiosos como son los brasileños, a lo mejor pensaron que esa meada de perro al final los había ayudado para ganar finalmente el partido por 3-1 y decidieron que, de un modo u otro, el intruso perro bien merecía un reconocimiento. Más todavía cuando se enteraron del inmenso revuelo que el callejero “cachupín” había provocado entre los aficionados brasileños, ilusionados con repetir el título mundial alcanzado cuatro años antes en Suecia.

La revista brasileña O Cruzeiro, que tenía enviados especiales en Chile para el evento, decidió rastrear al perro y, tras ubicarlo, decidió que se lo llevarían con ellos. Concretado el título, tras derrotar por 3-1 a Checoslovaquia, el semanario organizó una rifa entre los seleccionados brasileños, para definir quién se adjudicaría el histórico perro.

Garrincha y Bi.

El número ganador lo tenía Garrincha, que a falta de Pelé (lesionado sólo pudo estar en un partido y sólo minutos en otro), fue la figura máxima de ese Mundial. “Mané” recibió feliz su premio y, aparte de bautizarlo como Bi, por el segundo título, se lo llevó a vivir con él a Pau Grande.

Tal vez el ya desvaído recuerdo de esa anécdota hizo que, tras la aparición del desenfadado Johnny en la cancha del estadio La Granja, los medios cubrieran el caso y las redes sociales estallaran. Después de todo, millones habían sido testigos del chascarro a través de la TV, y de ellos miles los colocolinos que, viendo todo lo que sufría su equipo en el segundo tiempo para conservar la mínima ventaja y quedar como solitario líder del campeonato, poco menos que consideraron al quiltro curicano como una nueva versión de Bi.

No faltaron lo que propusieron que el plantel albo lo menos que podía hacer era adoptar a Johnny y sumarlo a las tereas diarias en el Monumental.

Es que está más que comprobado que los chilenos somos en esencia “perreros”. No hay prácticamente casa, por humilde que sea, que no tenga uno o incluso más cachupines de mascota, por más que día a día cueste más parar la olla.

Como “el mejor amigo del hombre”, ha sido definido siempre el perro. Y debe ser cierto, porque el fiel can ha sido personaje obligado -y reiterado- de la literatura, el cine e incluso la música.

Tal vez la composición más conocida sea “Callejero”, producto de la genialidad poética de Alberto Cortez. Sin embargo, otros grandes de la música también tuvieron en su momento perros que los enternecieron e inspiraron. Silvio le dedicó su “Discurso fúnebre” a su fallecido perro Lobo, al paso que el Maestro Serrat nos dio a conocer a Malasangre, un perro que, más allá del amor y agradecimiento por los cuidados que le brindaba su ama, poseía un espíritu tan libre e insobornable que sólo retornaba cuando sentía la “barriga hueca”.