ESPECIAL 11 DE SEPTIEMBRE / Columna de Erasmo López Ávila: Los mil días más felices de nuestras vidas
Saludábamos cada día con la legítima convicción de que la inmensa mayoría estábamos caminando sin prisa, pero sin pausa, hacia un Chile justo, igualitario, solidario, amable, en el que nos sentíamos dueños y constructores de nuestro destino y nuestro futuro.
Por: ERASMO LÓPEZ ÁVILA / Fotos: ARCHIVO USACH y MEMORIA CHILENA
El miércoles 3 de junio de 1970 acudí temprano a una oficina del servicio electoral de la comuna de San Miguel. Ese día cumplía 21 años y pasaba a ser mayor de edad. Al inscribirme, me convertiría en ciudadano de la República y podría votar exactamente 90 días después.
Si no lo hacía ese día, no iba a sumar mi modesto voto al candidato de la Unidad Popular, el doctor Salvador Allende, en la elección presidencial del viernes 4 de septiembre de 1970, que se convirtió en (y sigue siendo), la elección más importante y trascendente en los más de 200 años de la República de Chile.
Mi historia personal dice que la primera vez que voté, triunfé y me cambió la vida. La historia colectiva advierte que muchas de las generaciones nacidas antes del 3 de junio de 1949, también triunfaron… ¡y de qué notable manera ganaron!… y les cambió la vida.
Hoy, 53 después años después de ese triunfo de Allende, que dio paso en Chile al primer y único hasta ahora gobierno popular, no tengo un ápice de duda en gritar en todas las direcciones, con mi gastada voz y con mi gastado corazón de 74 años, que la noche de ese 4 de septiembre de 1970 se inauguraron para mí y para cientos de miles de chilenos… ¡los mil días más felices de nuestras vidas!
Desde ese día y hasta el trágico 11 de septiembre de 1973, cientos de miles de jóvenes veinteañeros sentíamos que existíamos; que nuestro esfuerzo, sudor, voluntad y lágrimas estaban ayudando a construir un nuevo Chile; que las calles, las avenidas y las grandes alamedas eran nuestras, por las que circulábamos como hombres y mujeres libres, cantando, riendo, amando, enarbolando pasión, entusiasmo, generosidad y empeño.

Sabíamos que la tierra y el fruto que daba estaban pasando a ser de aquellos compatriotas que la trabajaban; que las riquezas naturales en la tierra que pisábamos, partiendo por el cobre, estaban comenzando a ser nuestras.
Las estadísticas duras dicen que el mejor negocio que ha hecho Chile en sus más de 200 años de existencia republicana fue la nacionalización del cobre, en 1971. En 52 años el Estado chileno ha recibido de la minería del cobre más de 150 mil millones de dólares, una cifra sideral que no ha aportado al fisco ninguna otra industria nacional, llámese salitre, industria forestal, pesca u otras minerías (y podría ser más grande esa cifra si es que no se hubiese producido esa “desnacionalización” encubierta que hoy afecta al cobre, después del gobierno popular).
Comprobábamos que esos recursos que antes se iban a engordar bolsillos extranjeros, ahora estaban quedándose en Chile y transformándose en, por ejemplo, un medio litro de leche diario para todos. Repito, ¡para todos! los niños chilenos.
Saludábamos cada día con la legítima convicción de que la inmensa mayoría estábamos caminando sin prisa, pero sin pausa, hacia un Chile justo, igualitario, solidario, amable, en el que nos sentíamos dueños y constructores de nuestro destino y nuestro futuro. El poder adquisitivo no sólo estaba a la mano de los dueños de los medios de producción. También pasó a ser patrimonio de la familia trabajadora, cuyo salario aumentó significativamente.
Disfrutábamos de una educación prebásica, básica, secundaria y universitaria gratuitas, pluralista, desprejuiciada para todos, en la que el lucro era pecado mortal y la discriminación era repudiada a viva voz.
Nunca, antes ni después del gobierno popular, las universidades chilenas estuvieron abiertas a tantos miles de hijos e hijas de obreros y campesinos, que llenaron sus aulas y aprendieron una profesión sin pagar un peso por acceder a ese derecho.
Sabíamos que el acceso a una vivienda digna y de calidad era un derecho inalienable y estábamos dispuestos a esperar, por ejemplo, viviendo en un campamento en tránsito, ordenado, regulado, planificado y con servicios básicos garantizados, que llegara la hora de cambiarse de casa, cuando la economía del país estuviera en condiciones de poner a disposición viviendas por las que se pagaría un dividendo justo.
Veíamos que en los kioscos la venta de libros superaba con creces la venta de diarios, y miles y miles de chilenos leían, sí, leían en las micros, en las calles, en las plazas, en sus casas, en las playas, en los trenes, en las minas, en las fábricas. Los libros costaban menos que una cajetilla de cigarrillos.
Miles de modestas familias chilenas veraneábamos en recintos especialmente diseñados para el disfrute de la familia, a metros de las playas, o de un lago, o en la montaña.
El presidente Allende dio expresas instrucciones de que esos recintos tenían que tener cocinas y comedores ampliados “para que la esforzada compañera dueña de casa deje de cocinar y servir para su familia, aunque sea por un par de semanas en todo un año”.
Las generaciones jóvenes en esos mil días de gobierno popular terminamos nuestro estudio, nos incorporamos al trabajo, nos enamoramos, nos emparejamos, tuvimos hijos y con ellos en brazos asistimos a recitales masivos gratuitos, para cantar con los Quilapayún, los Inti Illimani, Los Jaivas, la Nueva Ola, Víctor Jara, los Blops, los Jokers.

Nos sumábamos a los trabajos voluntarios de invierno y verano, y partíamos a alfabetizar, a difundir la reforma agraria, la sindicalización campesina, el acceso a la educación y a la salud pública gratuita. Y lo hacíamos con alegría, con compromiso, pintando de colores el cielo y nuestras esperanzas.
También sufríamos el desabastecimiento, y el paro de los camioneros, y el terrorismo de la ultraderecha, y los enfrentamientos callejeros que se generaron en una sociedad que se fue crispando día a día, pero sabíamos que ello ocurría porque los anteriores protagonistas y dueños de la riqueza y la economía, no podían soportar que el pueblo estuviera alcanzando cuotas inéditas de poder.
Y ahí estábamos los jóvenes para ponerle el hombro, el pecho y los corazones al combate contra los que se negaban con violencia a asumir la legitimidad de un gobierno que había entrado a La Moneda con pleno derecho a cambiar a Chile.
En ese empeño, en esa conciencia plena de estar siendo protagonistas de la historia, esa “que es nuestra y que la hacen los pueblos”, nos iluminaba la “sonrisa ancha” de la Amanda de Víctor; dábamos “Gracias a la vida”, con la Violeta; saludábamos con gran respeto al general Carlos Prats; y admirábamos al “compañero presidente Allende” discurseando en la Asamblea de las Naciones Unidas:
“Vengo de Chile, un país pequeño, pero donde hoy cualquier ciudadano es libre de expresarse como mejor prefiera, de irrestricta tolerancia cultural, religiosa e ideológica, donde la discriminación racial no tiene cabida”.
Tras este rescate personal y colectivo de la memoria, no puedo sino concluir con una certeza vivencial que no admite dudas: pertenezco a una generación de cientos de miles de chilenos que podemos decir que entre la noche del 4 de septiembre de 1970 y la madrugada del 11 de septiembre de 1973, vivimos los mil días más felices de nuestras vidas.
