Derecho al aborto y el fariseísmo de los que abogan por la vida (parte 1)

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Por Marcela del Sol
Actualizado el 29 de septiembre de 2022 - 5:04 pm

El senador republicano Cristóbal Urruticoechea, con sus declaraciones tan bárbaras y retrogradas respecto de la mujer, dejó en claro, una vez más, que la casta hipócrita de este país sigue actuando y plenamente vigente.

 

El 28 de septiembre se conoce como el día de la despenalización del aborto y, como tal, las calles son transitadas con mujeres vestidas de verde, pañuelos al cuello y enrollados en las manos. El origen de este hito se remonta al año 1990, cuando durante el 5to Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, se decidió hacer de esta fecha la que trascendería al reconocimiento paulatino de la autonomía corporal de las mujeres, en muchos países.

Chile forma parte de aquellos que, dando pasitos de accidentada prima ballerina, van probando los límites de los sectores conservadores, permitiendo el término del embarazo bajo claras causales, empujándonos a una nueva forma de subyugación bajo la cual quieren convencernos de estar medianamente en avance hacia la justicia con nuestros cuerpos, sin perder la cordialidad con los sectores de poder a quienes les duele más las remociones de curas pederastas, que el futuro de un hijo indeseado, probablemente destinado a sucumbir a sus manoseos, a cambio de una cazuela después de la misa.

En este punto de menciones abominables, no podemos ignorar la desidia practicada por el senador republicano Cristóbal Urruticoechea, a través de sus graves dichos, aseverando que «una mujer que ha sido violada y aborta no se ‘desviola’, ni física ni moralmente», en relación a su ímpetu por derogar el aborto y encarcelar a aquellas mujeres que optaran por uno.

Asumiendo que Urruticoechea tiene pleno uso de sus facultades y no es víctima de algún ventrílocuo maquiavélico, debemos poner atención en la permisividad institucional con la que este tipo de personajes, quienes parecieran habitar un mundo diseñado por ejecutivos de bebidas de fantasía, parecieran siempre ir acompañados.

Estas conductas me producen un sentimiento que no puedo sino llamar “efervescencia sanguínea”: la opinión de hombres con respecto del aborto y sus posiciones moralistas, con tufo a paternalismo obsoleto, el mismo que históricamente les ha convencido que su opinión es necesaria y, peor aún, válida en cualquier espacio. Incluso en aquellos que, dada su naturaleza, la mera incursión de los hombres es una transgresión violenta. Por ejemplo: el derecho de la mujer a abortar con dignidad.

Sus fundamentos son repetitivos y añejos: se auto proclaman defensores de la vida, de los inocentes y agreden a todos los cuerpos gestantes, sin ponderación en el más allá de lo celular. Se oponen directamente a la inmoralidad del aborto: sostenida por el adiestramiento a convicciones seculares que entienden como una posición de superioridad de diversas corrientes (al fin y al cabo, incluso el budismo es opresor de la mujer), sin prestar atención a la divergencia intrínseca y trascendente entre parir y vivir.

El asunto de lo que significa “vida” es ampliamente debatible. Aparentemente, la gente pro-vida no es más que grupos de conservadores santurrones (aunque felizmente dispuestos a masturbarse y a cercenar la posibilidad de vida de esos gametos, aplastándolos entre papeles confort y sus guatas al no ofrecerles un espacio de sacra concepción). El centro de este movimiento es la religión: una cepa social desconectada de la realidad global. Es lo único que podría explicar cómo sus argumentos de pro-vida, carecen de educación sexual real e información acerca de anti-concepción, en su prédica pestilente a misoginia, amante del tradicionalismo patriarcal tan acostumbrado a dictar el comportamiento de las mujeres, que busca hacer nada por esas “vidas inocentes asesinadas” cuando llegan al mundo.

El discurso pro-vida es profundamente vacuo en lo que respecta a aquello esencial para sostenerse por sí mismo, para no sonar como un villancico aprendido en misas dominicales: no propone resguardo hacia los niños nacidos, no contempla alimentarlos ni educarlos, ni proveerles de hogares seguros en donde puedan desarrollarse como ciudadanos con iguales derechos y deberes a ellos; los que se pasean con fetos gigantes, adefesios hechos de engrudo y pañuelos celestes atados a sus cuellos tratados con toxina botulínica en Miami, last weekend. Porque son mezquinos a la hora de pensar que los impuestos para sostener a quienes se encuentran sectorizadas en los márgenes alejados de las calles verdes y noches iluminadas, aquellas más vulnerables de la comunidad, sean distribuidos de tal manera. En ese momento, sin un ápice de vergüenza, le refriegan en la cara a la mujer pobre el descaro que tiene de querer “todo gratis”.

Que trabajen, como ellos, les gritan. Olvidando que la oportunidad a plazas

laborales es privilegio de quienes han tenido, perdón la reiteración, el privilegio de acceder a educación, al aprendizaje de un oficio, al techo que no se llueve y a la guata llena que les permita, siquiera, querer emprender.

En este punto me gustaría recordar que fue también un 28 de septiembre (de 1888), cuando Brasil declaró la libertad de vientre, aboliendo la esclavitud de las hijas e hijos de mujeres esclavas.