Columna de Rodrigo Araya: 8 de marzo y la vigencia de una fecha
Las revisiones que se han producido gracias al 8M, a lo que esta fecha representa, han sido de gran fecundidad y para nada inmovilizadoras.
Aunque su denominación oficial es Día Internacional de la Mujer, lo que se conmemora el 8 de marzo no sólo ha tenido impacto en sus vidas.
Lo que esta fecha nos trae es un recordatorio: los órdenes sociales son una creación humana, no de la naturaleza. Por lo tanto debe (como exigencia moral) someterse a revisión para identificar si provoca injusticia social al perjudicar a ciertos integrantes de la sociedad.
Pero no a integrantes individuales, sino a colectivos, a identidades, se asume debido (entre otras cosas) a esta fecha.
Es que el movimiento feminista nace gracias a un doble descubrimiento: la sociedad en que vivimos tiene un orden androcéntrico, y las mujeres son perjudicadas por este orden. Estos dos descubrimientos llevan a una conclusión: hay una identidad (mujer) que ha recibido un mal reconocimiento en la sociedad, pues se les ha venido viendo como no-hombres, y no como si-mujeres.
Esta conclusión tiene una cosa buena y una mala.
La buena: permite disminuir autopercepciones dañinas, como “no ingresé a la universidad porque soy tonta”, “no me dieron el trabajo porque no lo merezco”, “perdí la elección porque no soy buena candidata”. Ello ya que la barrera no es el “yo” sino la pertenencia a un cierto “nosotros” que es mal reconocido en la sociedad.
La mala: nos mete en una espiral, en un sinfín. Como ya está dicho, la condición arbitraria y no natural del orden social legitima que sea puesto a revisión para identificar si perjudica a ciertos integrantes de la sociedad. Pero esta revisión no puede ser permanente, no puede ser inmovilizadora.
Las revisiones que se han producido gracias al 8M, a lo que esta fecha representa, han sido de gran fecundidad y para nada inmovilizadoras.
Tres muestras.
Un artículo de Donna Haraway (“Situated Knowledges: The Science Question in Feminism and the Privilege of Partial Perspective”), publicado en 1988, hace un aporte clave en el ámbito académico: complementa la prevención hecha por la Hermenéutica -el conocimiento está condicionado por la temporalidad en que fue producido- de un modo maravilloso: no sólo por el ahora, sino también por el aquí.
Esto no sólo ayuda a engrosar los cuestionamientos a la pretensión de objetividad que tiene buena parte de la comunidad científica, sino que otorga una pista para operacionalizar esta crítica, ya que sugiere que todo conocimiento nace desde una posición específica del investigador (o investigadora). Por lo tanto, a todo conocimiento se le puede preguntar desde qué posición fue generado, y cómo esta posición influyó en su generación.
Un ejemplo simple: por algo los trabajos sobre feminismo los iniciaron mujeres, ya que a los hombres el orden androcéntrico que les favorece resultaba invisible.
Así como el androcentrismo asigna a las mujeres una posición en la dicotomía público-privado sobre la que se fundamenta, a los hombres les asigna exigencias sobre la masculinidad que resulta deseable para figurar en lo público. El 8M permite que las emociones dejen de ser un imperativo ético ineludible para lo masculino, y esto nos permite reír, cocinar, adornar, saludarnos con un beso en la mejilla y, lo que me parece más valioso, ser cuidadores. De hijos, hijas, padres, madres, desvalidos, da igual. Cuidadores. El capítulo de “Friends” en que se muestra a un ser masculino como cuidador de Emma (“The One With The Male Nanny, temporada 6, episodio 9”) no sería imaginable antes de este cuestionamiento. Así como no es casual que músicos como Miguel Bosé y The Cure hayan usado la misma expresión: los chicos no lloran. O que Jorge González lo sintetizara con su tantas veces coreado: “Porque Dios también es hombre”.
Y último: el feminismo, entre otras causas, se ha propuesto generar condiciones para que las mujeres salgan del espacio privado (la casa, lugar de reproducción de la especie) al que ha sido relegada por el orden androcéntrico, y así lograr que obtengan el reconocimiento de ocupantes legítimas del espacio público.
Esto tiene varias consecuencias, como la necesidad de modificar la vida privada para quitar de ella la relación de poder que allí se da entre lo masculino y lo femenino.
Me interesa destacar otra consecuencia, que entiendo como un aporte para repensar la esfera pública y nuestras democracias. La comprensión de lo público como espacio para la razón y lo privado para la emoción quita a la política su capacidad de convocar, de re-ligar a una ciudadanía a la que los símbolos del Estado ya no le bastan para sentirse identificada.
Lo que representa el 8M contribuye a que la política y a la experiencia cotidiana dejen de ser líneas que no se intersectan, a que política y subjetividad tendrán el encuentro fecundo que imagino Norbert Lechner. En definitiva, que tengamos no sólo Patria, sino también Matria.
Una lectura advertida de esta columna detectará fácilmente que en ella abundan las dicotomías, y además son muy cercanas al maniqueísmo, lo que en sí es el peor homenaje que se le puede hacer al Día Internacional de la Mujer.
Les evito el ejercicio con una confesión de parte: es la demostración que aún me queda mucho por aprender de esta fecha.
Feliz día a todos quienes creemos en la vigencia del 8M.
RODRIGO ARAYA
Periodista de la Universidad de Chile, con estudios de posgrado en el área de Comunicación y Cultura. Desde 1996 se dedica a la docencia universitaria. Sus ámbitos de estudio son Teoría del Periodismo, Comunicación y Cultura y Pensamiento Poscolonial. Ha publicado textos en revistas y capítulos de libros, en castellano e inglés.
