Columna de ReneX: La fuga de un idiota
Martín de los Santos no es un loco ni un genio incomprendido. Es un estúpido en el sentido más exacto y peligroso del término. Y lo que debería inquietarnos no es su caída, sino cuántos más están en camino de convertirse en su copia…
El caso de Martín de los Santos no es sólo un nuevo escándalo judicial que involucra a un influencer. Es la validación en tiempo real de la teoría de la estupidez humana de Carlo Cipolla.
Según el historiador económico italiano, el estúpido es aquel que perjudica a otros y, de paso, a sí mismo. De los Santos encarna esa definición con precisión quirúrgica. Cada uno de sus actos, desde la agresión a un adulto mayor hasta su comportamiento frente a la Justicia, revela no sólo una peligrosa impulsividad, sino una estructura mental anclada en la torpeza, el narcisismo y la negación de la realidad.
Lo más preocupante, sin embargo, no es la conducta de un individuo. Es el ecosistema que lo sostiene. Instagram, TikTok y otras redes sociales dejaron de ser vitrinas de creatividad o plataformas de comunicación para convertirse en fábricas de egos inflados.
Son territorios fértiles para una generación que, marcada por la frustración, el abandono emocional o la carencia de referentes sólidos, busca construir desde el absurdo una identidad artificial, diseñada exclusivamente para la mirada ajena. En ese teatro del ridículo, cualquier idiota con cámara frontal puede sentirse protagonista de una épica personal.
Banalización del fracaso personal
De los Santos es un producto de ese fenómeno. No hay que escarbar demasiado para advertir que su comportamiento responde a rasgos propios de un perfil psicopático: ausencia de culpa, mitomanía, impulsividad, agresividad, incapacidad de reconocer límites o errores. Su puesta en escena está siempre marcada por la megalomanía, el desprecio por los demás y una permanente necesidad de atención.
La agresión física a un hombre mayor fue solamente el principio. La fuga, la actitud desafiante frente a la jueza en su formalización, y la posterior cadena de errores públicos -todos registrados con gusto morboso por las mismas redes que lo encumbraron- sólo evidencian su desconexión con la realidad y el hundimiento progresivo en su propia estupidez.
No estamos ante un caso de locura, sino de inmadurez extrema. Y esa inmadurez es celebrada. El influencer ya no necesita talento, inteligencia ni formación. Basta con tener rabia acumulada, tiempo libre y una audiencia dispuesta a consumir lo grotesco. La celebridad ya no se construye por lo que se crea, sino por la intensidad con la que se destruye la dignidad. De los Santos es un ejemplo visible de una tendencia mucho más profunda: la banalización del fracaso personal convertido en contenido.
Toda estupidez es contenido viral
Su historia no debería ser tratada como una rareza, sino como una advertencia. En sociedades donde los vínculos se deterioran, donde los afectos escasean y donde el reconocimiento viene por likes más que por logros, el riesgo de multiplicar a los “mártines” es real. Las redes sociales, en vez de corregir, refuerzan el desvarío. Lo que antes se ocultaba por vergüenza, hoy se exhibe con orgullo.
Lo trágico es que, tras la caída, muchos como él no comprenden lo que ocurrió. Siguen atrapados en una lógica infantil, como si la vida fuera un videojuego donde basta reiniciar para seguir. Pero fuera del mundo virtual, los actos tienen consecuencias. Las víctimas existen. Y las estupideces no se borran con filtros.
Martín de los Santos no es un loco ni un genio incomprendido. Es un estúpido en el sentido más exacto y peligroso del término. Y lo que debería inquietarnos no es su caída, sino cuántos más están en camino de convertirse en su copia. Porque si todo fracaso emocional puede convertirse en espectáculo, y toda estupidez en contenido viral, entonces lo que tenemos enfrente no es una crisis de influencers, sino una epidemia de inmadurez.
ReneX/@Eneatipo7
