Columna de Luis Mora Obregón: Un Chile para que Mateo sonría mañana
La política solo tiene sentido si pone el bienestar de la gente en el centro. Pensiones que permitan vivir, salud que cure y acompañe, seguridad que proteja sin abusos, justicia que no se compre…
No escribo desde la vereda del odio; escribo desde la memoria y el cansancio. Nací en un país que aprendió a vivir con el miedo: los toques de queda, las sirenas, las miradas esquivas, las ausencias que nunca volvieron. Aprendimos demasiado pronto que la impunidad es un atajo cómodo para los poderosos y un laberinto infinito para los demás.
Durante la dictadura se instaló una desigualdad que todavía nos marca como una cicatriz abierta. Un Chile de los ricos y un Chile de los pobres, un país partido en dos. Unos pocos acumularon riquezas impensadas, mientras la mayoría sobrevivía entre el miedo, la censura y la pobreza.
Ese modelo no se desmontó con el retorno a la democracia: se modernizó, se maquilló, pero siguió siendo el mismo. Hoy todavía vemos a familias enteras endeudadas, jubilaciones miserables, sueldos que no alcanzan, y un sistema de salud y educación que separa a los que pueden pagar de los que solo pueden esperar.
Y, aun así, hay quienes defienden ese pasado con una frialdad que duele. Los mismos que piden indultos para quienes torturaron, mutilaron o desaparecieron a compatriotas. Como si los crímenes de lesa humanidad fueran simples errores del tiempo.
No lo son. No lo serán jamás.
Que no aprenda del miedo
Porque cada cuerpo desaparecido es una historia rota, y cada silencio impuesto fue una herida colectiva que aún no cierra.
También veo otras heridas: corrupción en las instituciones, negocios disfrazados de modelos, delincuencia desatada, servicios públicos desbordados. Y mientras tanto, la política se transforma en un ring: “Los míos contra los tuyos”, “los buenos contra los malos”. Esa simplificación nos empobrece el pensamiento y nos roba futuro.
No idealizo a nadie. Sé que ningún gobierno es perfecto. Pero sé también que la política sólo tiene sentido si pone el bienestar de la gente en el centro. Pensiones que permitan vivir, salud que cure y acompañe, seguridad que proteja sin abusos, justicia que no se compre. Eso no se negocia.
Por eso escribo: porque no quiero volver a ver tanques en las calles ni uniformes amedrentando al pueblo. Porque no quiero un país que olvide lo que costó recuperar la democracia. Quiero un Chile que nos devuelva la honra de llamarnos hermanos. Que ponga verdad donde hubo silencio, reparación donde hubo daño, responsabilidad donde hubo abuso. Un Chile que reconozca que la ley es para todos y que la memoria no es venganza: es prevención.
Yo no pido milagros: pido decencia. Pido líderes que expliquen, no que inflamen; periodistas que investiguen, no que agiten; jueces que juzguen, no que transen; empresarios que compitan, no que capturen; ciudadanos que participen, y que no se resignen.
Escribo por mi nieto Mateo, que me mira y se ríe con sus dientes nuevos. Ojalá cuando crezca no tenga que aprender el miedo que yo aprendí. Ojalá pueda heredar un país donde la palabra “dignidad” no sea consigna, sino costumbre. Para que Mateo sonría mañana, hoy nos toca defender la verdad, cuidar la democracia y no permitir jamás que el horror se repita.
Luis Mora Obregón es escritor y autor de los libros “Memorias de una herida abierta”, “Caminos de barro, palabras de fuego”, “Memorias de un club de barrio” y “Marcelo Bielsa: el día que todo cambió”.

Luis Mora Obregón es escritor y autor de los libros “Memorias de una herida abierta”, “Caminos de barro, palabras de fuego”, “Memorias de un club de barrio” y “Marcelo Bielsa: el día que todo cambió”.