Columna de Luis Mora Obregón: Lo que calla la política
Hay silencios que pesan más que las palabras. Hay verdades que todo el país ve, pero que nadie en el poder se atreve a pronunciar, como si nombrarlas pudiera derrumbar un edificio construido sobre cinismo, cálculo y pactos tácitos.
Chile mira hoy una crisis migratoria que no empezó ayer. No cayó del cielo. No la inventó un gobierno, ni dos.
La sembró un sistema político que prefirió mirar para el lado mientras se abrían puertas sin control, mientras se prometía un país que no existía, mientras se instalaba, sin decirlo, un experimento social y económico cuyo costo hoy pagamos todos.
Porque todo comenzó con una idea simple: traer mano de obra barata para abaratar costos y aumentar ganancias.
Fue pragmatismo disfrazado de humanitarismo; fue economía vestida de solidaridad.
Y nadie dijo en ese momento que el Estado chileno, pequeño, desfinanciado y empobrecido, no tenía la capacidad ni la estructura para sostener una migración masiva, irregular y desbordada.
Pero aquí está el punto central: ningún presupuesto público se diseña para atender a una población fantasma.
No hay ley de Presupuestos que incluya hospitales para quienes no están registrados, escuelas para quienes no aparecen en el sistema, viviendas para quienes no existen en la contabilidad del Estado.
Y aun así están aquí, porque son seres humanos con hambre, miedo, hijos, sueños y urgencias.
Y nadie puede culparlos por buscar sobrevivir.
La culpa, si existe, está más arriba.
Hoy vemos el barrio Meiggs tomado por feriantes migrantes que venden lo que pueden para comer.
¿Son delincuentes por hacerlo? No.
¿Están invadiendo el espacio público? Sí.
¿Es culpa de ellos o de un Estado que jamás previó, ordenó ni integró?
La respuesta es evidente.
Lo que indigna no es la presencia de los migrantes.
Lo que indigna es la ausencia de una política de verdad.
Porque mientras la tele muestra persecuciones, detenciones, protestas y carpas, Chile entero sabe que la raíz del problema fue política y empresarial, no humana.
Pero nadie lo dice.
Como si la verdad fuera un territorio prohibido.
En cada debate escuchamos culpables inventados, frases hechas, promesas recicladas, pero jamás una explicación honesta: la migración irregular masiva quebró la estructura del Estado.
Colapsó salud. Desbordó la educación. Aceleró el padrón automotriz. Reventó los servicios básicos.
Y dejó en evidencia una precariedad institucional que venía escondida desde hace décadas.
Pero la política calla.
Calla porque nadie quiere pagar el costo de haber abierto las puertas sin plan.
Calla porque decir la verdad implica reconocer errores históricos.
Calla porque en Chile gobierne quien gobierne, el modelo económico sigue intacto, protegido, blindado, asegurado por una Constitución que garantiza alternancia pero no transformación.
Y ese silencio es el más violento de todos.
El trabajador chileno compite con salarios imposibles.
El Estado se estira como un elástico viejo que ya no da más.
Y mientras tanto, los poderosos siguen ganando lo mismo, o más, que antes.
El país observa.
El país siente.
El país sufre.
Y aun así, nadie en el Congreso se atreve a decir la frase que lo resume todo: “No dijimos la verdad cuando había que decirla.”
Pero alguien tiene que escribirlo.
Alguien tiene que romper el silencio.
Porque un país no se hunde por crisis, sino por mentiras.
Y no se reconstruye con discursos, sino con verdad.
