Columna de José Antonio Lizana: El Festival de ayer y de hoy
El Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar llegó a ser en los ochenta algo más que un espectáculo televisivo, era una ceremonia doméstica que reunía a la familia completa, en el lugar que nos encontráramos frente a un televisor.
Recuerdo mis vacaciones en casa de mi abuela Elbita, en Guacarhue, Sexta Región. Las noches olían a campo húmedo y a fritura reciente, y mientras afuera el silencio rural parecía inquebrantable, adentro el mundo cabía en una pantalla.
Así vimos desfilar a Soda Stereo, G.I.T., Los Enanitos Verdes, Opus, John Denver, REO Speedwagon, Modern Talking y Europe, entre tantos otros. A veces no conocíamos a los artistas, pero eso daba lo mismo, quemábamos las horas viendo sus shows como quien mira una fogata, hipnotizados. Comíamos maní tostado en cucuruchos de papel, pan amasado tibio, sopaipillas infladas como globos humildes y choclos cocidos con mantequilla que nos dejaban los dedos pegoteados de verano.
Lo bueno no es para siempre
Con los años, el Festival fue mutando. La parrilla artística comenzó a desteñirse, como esos afiches que el sol castiga hasta volverlos pálidos.
El certamen que alguna vez nos trajo sonidos nuevos terminó rumiando fórmulas probadas, rostros reciclados y polémicas prefabricadas. Y entre luces robóticas y animadores sonrientes, el Festival empezó a funcionar como esa cortina gruesa de humo que se corre cuando conviene. Mientras el país discute alzas, reformas a medias o escándalos políticos, cinco noches de farándula bastan para anestesiar la conversación pública.
Porque, queramos o no, el Festival marca el fin del verano. Es el reloj emocional de Chile. Durante cinco días el país se faranduliza con total entusiasmo, opinamos de vestidos, de chistes, de pifias y de gaviotas como si en ello se nos fuera el destino. Pero la resaca llega puntual. Termina el megaevento y marzo nos suelta el primer combo en el mentón con el regreso a clases, la vuelta al trabajo, los permisos que se vencen y las cuentas que se apilan como platos sucios. La música se apaga y queda el zumbido áspero de la realidad.
Y el futuro trae incertidumbre
Hoy el panorama es más incierto. Con una nueva gobernatura, elegida mayoritariamente por un país que decidió apostar por un modelo que promete eficiencia, pero que adelgazará los beneficios sociales, un espejo que muchos miran hacia la Argentina de Javier Milei.
Aquí el Festival adquiere otra textura. Ya no es sólo entretenimiento, es un bálsamo y, a la vez, una distracción conveniente. Mientras discutimos si el humorista cruzó la línea o si el cantante merecía doble gaviota, hay otras líneas que se redibujan sin cámaras ni aplausos.
Pero fue lo que eligió nuestro electorado, y la democracia también implica hacerse cargo de sus consecuencias. Habrá que habitar estos cuatro años con la misma mezcla de esperanza y escepticismo con la que esperábamos la siguiente canción en los ochenta, sin saber si sería un himno o un bostezo.
Por mientras, prendamos el televisor. Perdámonos un rato en esa droga farandulizante que nos suspende la gravedad. Dejemos que la Quinta Vergara vuelva a brillar con sus gaviotas y antorchas de papel, porque dicen que el “monstruo” no es tan bravo como lo pintan.
