Columna de Ele Eme: Bien por Zaldivia, pero…

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Por El Ágora
Actualizado el 17 de mayo de 2023 - 4:30 pm

La nominación de Matías Zaldivia al próximo microciclo de La Roja es una excelente noticia para el central argentino-chileno, pero a la vez la cruda constatación de que nuestro fútbol no despega.

Por ELE EME / Foto: ARCHIVO PHOTOSPORT

El entrenador de la selección chilena absoluta de fútbol, Eduardo Berizzo, ha mandado decir (porque él habla pocazo con la prensa, como si aún no se enterara de que los periodistas son el nexo que tienen los protagonistas de este deporte con el hincha, en definitiva con “la marea roja”) (o como si lo supiera, pero no le importara, que es peor)… Continúo: Berizzo ha mandado a decir que Matías Zaldivia ha sido convocado para un nuevo microciclo de nuestro representativo. Todo esto, en el marco de las clasificatorias (eliminatorias para nosotros mientras sigamos con este DT) para el venidero Mundial, a realizarse en Norteamérica.

En cuanto a rendimiento futbolístico, nada que decir. Zaldivia ha contribuido a afirmar definitivamente a la defensa de Universidad de Chile (llegando a la mitad del campeonato de Primera A los azules registran la mejor defensa junto al puntero, Huachipato). Se complementa a la perfección con Luis Casanova (otro que debió haber sido citado, seguramente su sangre 100% chilena lo perjudicó) y, cuando Pellegrino juega con línea de tres defensores, con Nery Domínguez.

Antes de seguir necesito aclarar que mis células no hay un solo gramo de xenofobia. De hecho, mis mejores amigos son extranjeros. No los conozco aún, pero hay que tener paciencia; queda mucha vida. Y lo sé, porque chilenos ya no fueron.

Seguimos. Han sido desastrosas las experiencias que yo recuerde de futbolistas nacionalizados que han jugado por la roja. Caupolicán Peña echó mano de Jorge Américo Spedaletti como carta salvadora para desbancar a Perú del Mundial de Argentina ’78. Jugó los 90 minutos en Lima y no logró revertir la eliminación. Era de esperarse. No por el ex la U, Unión y Everton, sino porque era muy ingenuo pensar que un solo jugador pudiera más que todo un proceso caracterizado por ser errático (convocó a más de cincuenta jugadores) y carente de identidad y regularidad (el triunfo en Ecuador con tanto de Miguel Ángel Gamboa alcanzó a ilusionarnos, pero esa golondrina no hizo verano).

El siguiente caso marcado por el fracaso fue la inclusión a última hora, para las finales contra Paraguay en la Copa América de 1979 de Óscar Roberto Fabbiani. Se estorbaba sistemáticamente con el otro centrodelantero, Carlos Caszely, y terminó siendo reemplazado en dos de los tres encuentros, en Santiago y Buenos Aires (en el José Amalfitani, estadio de Vélez). Y eso que venía de salir trigoleador de nuestra primera división (de 1976 a 1978).

Duele más la nominación de Zaldivia al echar un vistazo a jugadores de su puesto de la calidad de Elías Figueroa, Alberto Quintano y Fernando Astengo. ¡¿Cómo no hemos sido capaces de moldear a su imagen y semejanza a uno solo de sus sucesores?! Sé que hay centrales de renombre como formadores en las “cadetes” (así se decía antes) locales. Algunos casos son los de Adrián Rojas, Ronnie Radonic y Luis Mena (que derivó hacia las divisiones femeninas).

Se decía que iban a dar de qué hablar e incluso llegar a las alturas de la tríada mencionada Miguel Riffo, Waldo Ponce e Igor Lichnovsky (que sigue jugando), pero por diferentes razones no lo hicieron. Y la generación dorada terminó teniendo al medio de la defensa a un tapón, muy empeñoso, pero tapón al cabo (Gary Medel) y su compañero de zona exhibía una aguda crisis vocacional, ya que nunca se decidió entre su faceta de futbolista y la de proctólogo (Gonzalo Jara).

Nada tengo contra Matías Ezequiel Zaldivia, pero cada vez que nominan a algún futbolista nacido en otras tierras a nuestra selección queda plasmado la hecatombe silenciosa de nuestras divisiones inferiores, nuestra inoperante dirigencia y, en definitiva, de nuestra genética.